Antes de que sus versos llegaran a las manos de miles de niños costarricenses, doña Floria Jiménez ya escuchaba música por todas partes. En su casa sonaban las óperas que tanto gustaban a sus padres; su madre la llevaba desde pequeña al Teatro Nacional y su padre imaginaba para ella un futuro frente a un piano.
También hubo ballet, clases de bailes españoles y una niña que, aunque no siempre encontraba espacio en los escenarios que soñaba, descubría otras maneras de expresarse.
Sin embargo la música no desapareció de su vida,sino que cambió de instrumento: las notas se volvieron palabras.
“Yo les digo que yo escucho una voz, una melodía a veces, y sobre esa melodía voy poniendo la letra”, explica. Cuando escribe poesía, cuenta, “las palabras parecen encontrar su propio compás”. No es una fórmula que haya aprendido en un manual, sino una sensibilidad que atribuye a aquella infancia rodeada de conciertos porque “hay música en las palabras”.
“Tenía tantas inquietudes, tantos intereses artísticos, que tenía que decidir solo por uno”, recuerda, entre risas hoy, justo 50 años después del libro que marcó su carrera literaria: Mirrusquita, razón por la cual comienza una conversación sobre la literatura y los niños.
Hablarle a los pequeños
Mirrusquita, mirrusquita, ¿qué es una mirrusquita?
Doña Floria había escuchado esta expresión de su madre y de su tía, una mujer a la que todavía recuerda con cariño y cuya simpatía evoca cuando habla de aquellos años. Era una palabra doméstica, para ella con un sabor de afecto...
“Por supuesto, mirrusquita es algo pequeñito, algo chiquitito...”, explica. Las nuevas generaciones, reconoce, ya no saben qué significa, pero a ella le encanta que su libro conserve el sonido y la ternura de ese diminutivo.
En los setenta, escribió este famoso libro inspirado en esa palabra y en la curiosidad infantil. Para 1974, leyó en el periódico la convocatoria de la Editorial Costa Rica para el Premio Carmen Lyra y se entusiasmó con la posibilidad de concursar y presentó su manuscrito. Ella tenía 30 años.
“Eso fue hace uuuu y vea qué oportunidad más bonita que hoy tenemos de que siga siendo importante”, dice la escritora mientras en sus manos sostiene una nueva edición por el aniversario, la cual cuenta con ilustraciones de Álvaro Borrasé.
“Yo lo que tengo es una historia de gratitud”, dice la autora, empezando su lista de agradecimientos al escritor Carlos Luis Sáenz, quien alcanzó a revisar el manuscrito. Él le aconsejaba sobre la escritura y le entregaba de su puño y letra las correcciones que ella todavía conserva como un recuerdo valioso. “No era un maestro de elogios fáciles, pero eso era lo lindo. En una oportunidad me dijo: ‘Hijita, escribir no es como soplar y hacer botellas. Acuérdese de eso’. Y me quedó para toda la vida”, rememora.
La frase sigue vigente, cada día. Doña Floria se considera exigente con lo que escribe y no confunde la facilidad para encontrar versos con la certeza de haber terminado un buen texto. “Que las palabras fluyan no significa que el trabajo esté hecho”, sentencia.
‘Mirrusquita’ cambió todo

Su carrera comenzó a tomar impulso en aquellos años. Tras ganar el Premio Carmen Lyra con Mirrusquita y publicar la obra, empezó a trabajar como formadora de maestros en la Universidad Nacional. Su formación como filóloga la llevó a impartir cursos de español, lectura crítica, lectura y escritura, y literatura infantil. La docencia le exigió estudiar, investigar y mantenerse al tanto de las transformaciones en la manera de leer y escribir de los niños.
Dos años después llegó otro motivo de asombro: Me lo contó un pajarito ganó el Premio Nacional de Poesía en 1978. “Para mí fue algo lindísimo, aunque mucha gente lo recibió con cierta cautela porque no era normal que algo de literatura infantil ganara premios, porque se veía como algo menor. Y en ese entonces no había distinciones de categorías de solo infantil”.
Doña Floria hoy insiste en que los autores deben conocer a sus lectores, estudiar las nuevas corrientes y comprender los cambios de una infancia que no es la misma de hace cinco décadas. Ella misma ha encontrado en su nieto menor, Miguel, un interlocutor atento, capaz de señalarle cuándo una historia funciona.
“Hay algo en común que debe permanecer en los escritores de literatura infantil: respetar la inteligencia de los niños. La literatura infantil no es un género menor. Es un género con la categoría de la literatura para adultos, pero hay que saber jugar con las palabras, hacer juegos, música, ser divertido. Los niños no deben leer solo para aprender, sino también para divertirse”.
En uno de sus más recientes libros, titulado Nepo en la isla que florece —con el que obtuvo el Premio Carmen Lyra en 2023—, se atrevió a tocar un tema del que nunca esperó escribir, pero que su nieto lo convenció de hacer: hablar de la muerte.
En la historia, Nepo es un niño que lidia con estos sentimientos a través de la pérdida de su abuela. “No basta con decidir que una historia debe tratar un tema importante: hay que encontrar el lenguaje y el tono adecuados para acercarlo a un niño sin convertirlo en una experiencia cruel ni esconderlo detrás de una fantasía que lo desdibuje”, explica doña Floria.
“Es algo curioso porque no le miento: a mi me gusta escribir para niños porque puedo escribir de alegrías, de cosas lindas. He escrito sobre sentimientos difíciles y no me gusta. De hecho tengo varios textos que nunca he publicado. Pero es parte de escuchar a los lectores saber lo que hay que escribir en adelante”, reflexiona.
A esta idea suma otra confesión: “cuando me pongo a escribir poesía para adultos, sufro mucho. Dios mío, me sale tan trágico. Digo yo: por eso es que escribo para niños”, dice entre risas.
El futuro de los niños
A doña Floria Jiménez le gusta preguntarles a los niños para qué sirven los libros. Casi siempre, cuando visita escuelas, recibe la misma respuesta: para aprender.
Entonces ella prefiere no contenerse y les explica que hay algo más. “Hay que quitarles a los niños ese concepto de que los libros, al menos los de literatura infantil, son para aprender. No son para aprender, son para soñar, para imaginar, para vivir aventuras, para desarrollar la imaginación creadora. Es diversión. Los libros son para soñar”, les dice.
En esas visitas a centros educativos, dice, ha encontrado bibliotecólogos que trabajan con una dedicación que la emociona. “Hay bibliotecólogas que trabajan con el alma en sus bibliotecas y en las escuelas. Y le leen mucho, mucho a los niños y ellos son felices. Uno lo nota”, cuenta.
A esta profesión les atribuye una tarea fundamental, sobre todo en un país donde, reconoce, la lectura no siempre forma parte de la vida cotidiana de las familias. “En este momento en los hogares se lee poco o no se lee. En realidad, los niños que tienen en sus casas papás y mamás que leen, dichosos, pero eso no es lo normal. Tenemos que reforzar las bibliotecas, el trabajo de los profesores, hacer actividades.. A veces basta un certificado, un pequeño premio para que un niño encuentre motivos para seguir leyendo”, analiza.
También ella señala que leer, escribir, escuchar y expresarse oralmente son habilidades que se necesitan estimular desde temprano. “Yo lo he visto, un niño que es buen lector es un niño que escribe mejor. Es un niño que escucha a menudo historias. Es un niño que escribe cuentos. Es un niño que sueña, creativo”.
Por eso insiste en que este no es un género de segunda categoría. “No se trata de utilizar palabras complicadas ni de escribir textos que los niños no puedan comprender, sino de respetar su inteligencia sin perder de vista su edad y su experiencia del mundo”, finaliza.