1983. Centroamérica vivía una semana una protesta y otra un debate por la polarización de la Guerra Fría y el triunfo de la Revolución Sandinista. En Tibás, un grupo de periodistas de Nación Internacional, incluida Grettel Alfaro, cubrían el acontecer convulso de la región.
Dos años más tarde, dada la crisis económica que acechó a Costa Rica, su experiencia en la cobertura de asuntos políticos, económicos y culturales, y sumado a la compra que realizó el periódico de una nueva rotativa, le encomendaron liderar una revista femenina: Perfil.
Sonaba descabellada la idea, porque Alfaro no tenía mayores referencias sobre una revista, al menos en el país, y no había un producto semejante pensado para mujeres. Así que lo tocó innovar con Perfil, a sus 23 años, bajo “la licencia de no saber” que le otorgó el exdirector Eduardo Ulibarri.
Con ese peso sobre sus hombros, logró diversificar la oferta escrita del periódico y armó una revista sobre moda, negocios, espectáculos, hogar, salud, belleza, cultura y sexo, con portadas dedicadas a modelos, periodistas, actrices, deportistas y artistas.
Como su directora, dirigió Perfil por varias de sus etapas: desde que se imprimía en offset a papel periódico hasta que creció al punto de organizar un club que, entre otras cosas, le daba charlas a las lectoras. Su objetivo, sin importar la época, era convertirse en un desahogo para aquellas madres, estudiantes, esposas e hijas con materiales didácticos y entretenidos.

Y como suele pasarle a los periodistas, su trabajo era 24/7. Pero valía la pena, cuenta, porque “cuando uno tiene pasión por lo que uno hace, eso también es parte del gusto y del reto que uno tiene por delante”.
Si le preguntan cómo ella marcó a La Nación y viceversa, dice que se trata de una simbiosis. Su firma se imprimió en el diario por primera vez cuando recién había salido de las aulas universitarias, y luego reapareció a lo largo de distintas etapas de su vida.
Cuando salió de Perfil, en 1987, se tomó un tiempo para su familia. Pero luego volvió en 1993, tras la muerte de Ana Victoria Fernández, y años más tarde se dedicó a los noticieros. Ya pasado el cambio de siglo, en 2007, regresó a La Nación como jefa de información multimedia, durante la época en que el periódico daba un salto a lo digital, para luego ser directora del Grupo Latino de Radiodifusión hasta el 2016.
Si bien su trayectoria en el medio fue itinerante, recuerda esas tres ocasiones en que regresó a la redacción como experiencias valiosas que le permitieron observar el crecimiento y profesionalización del periódico.
“Yo no le puedo decir que hubo un momento en que yo no haya disfrutado este diario”, asegura. Por eso reconoce, tras una trayectoria de más de 40 años en el periodismo, el valor de una prensa independiente que defienda la libertad de expresión.
“En todo el tiempo que yo estuve en el periódico, si se cometieron errores, nunca se hizo con alevosía ni con maldad ni con deseo de venganza”, afirma. “Apoyar a la prensa independiente, apoyar al periodismo profesional, para mí es fundamental para mantener una sociedad equilibrada, una sociedad justa”.
Esa senda del profesionalismo, añade, no debe perderse. Al igual que con Perfil, anhela que La Nación siga siendo un fiel reflejo de la sociedad.
Este texto es parte del especial por los 80 años del periódico La Nación. Puede leer los demás artículos en este link.

