Revista Dominical

Cuando hablamos de rescatar la cocina costarricense, ¿qué estamos diciendo realmente? El problema no es sencillo...

Preservar la cocina costarricense exige más que nostalgia. Descubra los recetarios, iniciativas y mercados donde vive nuestra gastronomía tradicional.

Soda El Higuerón, en Grifo Alto de Puriscal
El maíz es una de las bases de nuestra cocina. Rafael Pacheco Granados
Guanacaste. Nicoya. Liberia. Alonso Tenorio
Festival de la tortilla realizado en el Colegio Técnico Profesional de Corralillo en Corralillo de Nicoya, Guanacaste. (Archivo / Marcela Bertozzi)

Nadie diría que no aprecia la cocina tradicional, pero lo que eso signifique es otra cosa. Preservar conocimiento como el de la cocina criolla costarricense requiere más esfuerzo que la nostalgia; es más, exige política pública, esfuerzos privadas y el reconocimiento de quiénes son las personas que conservan y transmiten los saberes del fogón a la mesa.

Así como Perú a inicios de los 2000, o Colombia en la última década, Costa Rica también ha buscado maneras de fortalecer su cocina tradicional. Para muchísimas personas, la mención del gallo pinto o las tortillas bastaría. Sin embargo, el asunto va más allá: piense, por ejemplo, en cuántos tipos de picadillo se preparan realmente —de arracache, de zorrillo, de chayote, de papaya—, cuántos ceviches —de piangua, manzana de agua o frijoles blancos—, cuántas sopas, caldos, panes y guisos... De un fogón en Filadelfia de Guanacaste a una paila en Puerto Jiménez hay mucho trecho, y aunque un tronco común une muchas cocinas, el paso de una comunidad a otra puede cambiarlo todo.

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