No conozco la intención de quienes lo escribieron. Conozco lo que publicaron. Y conozco, sobre todo, lo que dejaron fuera.
¿Faltó espacio? Para enumerar cargos, honores y reconocimientos, sobró tinta. Para los israelíes asesinados, torturados y secuestrados no quedó ni un renglón. No pedía una medalla para ellos. Pedía unas líneas. Ni eso.
Pongamos nombres, porque “otros grupos armados” es una fórmula muy cómoda. Suena a ruido de fondo, a gente que pasaba por ahí. La documentación oficial de Naciones Unidas que recoge los hallazgos de la comisión señala que los ataques del 7 de octubre de 2023 fueron dirigidos y coordinados por Hamás y ejecutados junto con otras seis facciones palestinas, entre ellas la Yihad Islámica Palestina, las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa, los Comités de Resistencia Popular y el Movimiento de los Muyahidines Palestinos. No pasaban por ahí. Participaron en las masacres.
Lo que hicieron Hamás y estos “otros grupos armados” también tiene nombre. En junio de 2024, la comisión atribuyó conjuntamente al brazo militar de Hamás y a esos otros seis grupos crímenes de guerra como ataques deliberados contra civiles, asesinato, tortura, tratos inhumanos o crueles, destrucción o apropiación de bienes, atentados contra la dignidad personal y toma de rehenes, incluidos niños. La atribución es conjunta y no significa que cada grupo cometiera cada delito. Pero está publicada. Bastaba con leer.
Qué detalle tan incómodo. La misma comisión que el editorial cita con tanta devoción para defender la justicia internacional también documentó esos crímenes. Se ve que esa parte venía en letra pequeña.
No hablamos de propaganda israelí ni de un comunicado de su embajada. Hablamos de la fuente del propio editorial. Cuando la comisión señala a Israel, sus conclusiones merecen espacio y reconocimiento. Cuando señala a quienes masacraron civiles en Israel, desaparecen del texto. ¿Qué se está defendiendo entonces: el trabajo de la comisión o solo el trabajo de la comisión cuando señala a Israel? ¿Qué criterio llevó a La Nación a dejar fuera esa parte?
La omisión importa porque detrás de esa lista hay personas. Un bebé de nueve meses asesinado. Familias atacadas mientras se refugiaban en sus cuartos seguros. Muchachos cazados en un festival de música. Niños llevados a Gaza como rehenes. Me revuelve el estómago que sus vidas no cupieran en un editorial de La Nación que celebra la justicia internacional con el propio documento que sí reconoce sus vidas.
El Nobel no amplía competencias ni agrega pruebas. La medalla brilla mucho en Oslo; en un expediente no pesa ni un gramo. Si las condecoraciones resolvieran controversias jurídicas, los abogados podríamos cerrar las oficinas, vender los códigos y dedicarnos a enmarcar diplomas. Sería más barato y bastante más elegante.
Pillay puede tener una trayectoria extraordinaria y sus conclusiones seguir sujetas a un examen riguroso. Las dos cosas caben en la misma frase sin que explote nada. No solo caben. Estoy seguro de que, como jurista, Pillay así lo exigiría. Cuestionar una actuación institucional no es odiar la justicia, es ponerla a prueba. Examínense los actos y los argumentos. Los de Israel, los de sus adversarios y los de quienes los investigan. A todos con la misma lupa.
Investíguese a Israel. Si se prueban crímenes, que respondan quienes deban responder. Mi compromiso con su existencia no incluye un servicio de absoluciones a domicilio. Pero exijo la misma determinación contra quienes atacan a sus habitantes, secuestran civiles y organizan, financian o respaldan esos crímenes. El sufrimiento palestino merece protección y justicia. El israelí también. No voy a restarle al primero para reclamar el segundo.
En junio de 2024, la propia Pillay pidió que todos los que cometieron crímenes rindieran cuentas. Todos. El editorial celebra su trayectoria, pero omite esos hallazgos. Le aplaude el premio y deja fuera una parte incómoda de su trabajo.
La Nación puede celebrar a Pillay. Yo puedo pedirle que explique su selección de hechos. Respetar al periódico no me obliga a aplaudir su editorial. Y mucho menos a fingir que no noté lo que le faltaba.
Para celebrar una trayectoria bastan los homenajes. Para defender la justicia universal, hay que hacerse cargo también de las víctimas que incomodan al argumento. Aunque para La Nación no salgan en la foto.
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Abraham Stern es abogado y escritor.