
En general, las personas construimos un yo a lo largo de nuestras vidas, de tal modo que podemos encontrar tantos como individuos y nombres existen. Ahora mismo, emergieron inesperadamente de mi cabeza, como pececillos en un estanque, los nombres de José Miguel, Rodrigo, Marta. Y, para que no se malicie que fui llagado por un brote de prejuicios, también reflotó del mismo depósito un yo tan sumergido como el de quien les escribe.
Si tuviese que relacionarlo con algo tangible, diría que el yo se parece a los globos de las fiestas de cumpleaños: se infla con helio, un gas más liviano que el aire, y adopta dócilmente la forma y el volumen del recipiente que lo contiene. Un yo proclive a afirmarse de manera irrazonable encuentra en esas propiedades una combinación particularmente conveniente: puede inflarse hasta adquirir proporciones desmesuradas y, al mismo tiempo, amoldarse al carácter y los propósitos de quien lo lleva.
Y no solamente asume la forma, sino también el modo: las palabras usadas, el acento conciliador o confrontativo con que se pronuncian, la gesticulación deliberadamente adoptada, la mesurada o desmedida vehemencia con que se comunican y, sobre todo, la oculta intención que subyace cuando se conversa, se acusa o se pronuncia un discurso.
Fue precisamente al escribir la última palabra cuando el nombre de la presidenta o presidente –como mejor le plazca al yo de ella– saltó como un resorte en mi cerebro, sin darme un segundo para contener el inesperado pensamiento. Quizá haya sido a causa de su actualidad, pero, viéndome pillado por la figura de la presidenta –me agrada usar el sustantivo femenino–, aprovecharé la coyuntura para mencionar dos hechos relacionados con su yo.
Deseo aclarar que no es mi propósito hurgar en el yo de la presidenta. ¡Dios me libre de tan descocada intención! Bastante trabajo tengo ya con el mío, ocupado como estoy en desprenderle las costras que con el tiempo se le han pegado. Entre otras cosas, debo educarlo para que se abstenga de la necedad de calificar de tontos, majaderos, vagabundos o, en la hondura del paroxismo, de comunistas a quienes tienen el derecho de diferir de mis ideas y propósitos.
El primer hecho que observo en doña Laura es el continuo uso del pronombre “yo”, que gotea en varias de sus manifestaciones: “Yo tomé la decisión”, “Yo ya no quiero ver más a Costa Rica en esos foros”, “En esto, yo siempre he sido muy clara”, “Yo no me veo dándole más recursos al Poder Judicial”, “Yo fui enfática”, “Yo no estoy pensando en cambiar el proyecto”.
Fiel al compromiso de no escarbar en su espacio personal, recurriré a la psicología para que describa el yoísmo de cualquier alma que se conduzca por esta senda. Se trata, según esta perspectiva, de una actitud caracterizada por un exceso de individualismo y, generalmente, de egocentrismo, que lleva a priorizar constantemente las propias opiniones y desdeñar las de los demás. Obviamente, carece de escucha activa y empática, y su propósito es obtener validación o aprobación externa.
Este último propósito, casi vecino de la manipulación, me espantó más que cualquiera de las anteriores características.
El segundo hecho se relaciona con una expresión de la presidenta en la que también usó el pronombre “yo”. Un día de mayo dijo: “Yo soy una, de una sola pieza”. Una bonita expresión que, días después, me llevó a preguntarme de qué blando material estaba hecha esa pieza, cuando ella misma, con sus propias palabras, le asestó un golpe que la hendió de arriba abajo.
Lo hizo con otra manifestación pronunciada en los primeros días de junio, que contradijo hasta las antípodas la que había expresado en 2023. En junio dijo: “Ya no quiero más Agenda 2030 colándosenos por la puerta de la cocina”.
Los medios de comunicación ya informaron con profusión sobre la entusiasta y comprometida acogida que, en el 2023, siendo ministra de Planificación, le dio a dicha agenda impulsada por la ONU, y sobre la simplista y burda deslegitimación con que su gobierno la excomulgó durante los siguientes cuatro años.
Me falta mencionar la puerta de la cocina. Le recomiendo que la vigile con celo y no con ojos atravesados por una viga, porque, a estas alturas, por esa puerta ya se han colado tránsfugas de otros partidos políticos, asesores legislativos, dizque diplomáticos, exfuncionarios con causas penales pendientes y, vaya uno a saber, la naturaleza o las piezas de las que están hechas algunas otras criaturas que puedan estar pujando por colarse.
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Alfredo Solano López es educador jubilado.