Costa Rica vive un acontecimiento histórico: cuatro mujeres presiden simultáneamente los cuatro poderes de la República. Laura Fernández, Yara Jiménez, Patricia Vargas y Eugenia Zamora han llegado a posiciones de enorme responsabilidad. Celebro sus nombramientos y reconozco en ellos el camino abierto por generaciones de mujeres que han contribuido al desarrollo del país, muchas veces sin recibir el reconocimiento merecido.
¿Desde cuándo la libertad de una mujer debe medirse por su adhesión a una determinada postura ideológica? La conquista de espacios de decisión pierde parte de su significado si, una vez alcanzados, se exige a las mujeres pensar de una sola manera. ¿Por qué defender la vida del no nacido tendría que considerarse una posición menos legítima o comprometida con las mujeres? La igualdad no consiste en imponer ideas, sino en reconocer la capacidad de cada persona para deliberar, disentir y actuar libremente conforme a sus convicciones.
Soy una mujer que cree en la dignidad de la vida humana desde su comienzo. Por eso, considero que el ser humano por nacer merece respeto y protección. No ignoro que el aborto suscita profundas discrepancias jurídicas, éticas y personales. Precisamente por ello, considero equivocado presentar la defensa de la vida prenatal como una posición necesariamente incompatible con el avance de los derechos y las libertades de las mujeres.
Mi convicción nace también de una profunda valoración de la maternidad, que considero una de las experiencias más extraordinarias de la existencia humana. La capacidad de acoger, cuidar, proteger y dar vida nos acerca de una manera singular al misterio de nuestra propia existencia. Una mujer que lleva un hijo en su vientre participa de una realidad admirable: la vida de otro ser humano que crece y se desarrolla dentro de ella. Reconocer la grandeza de la maternidad no significa, por supuesto, que la dignidad o la realización de una mujer dependan de ser madre.
Ahora bien, defender la vida prenatal no debería significar desentenderse de la mujer embarazada. Al contrario, implica reconocer sus temores, dificultades y necesidades concretas. Una mujer que enfrenta un embarazo inesperado, una situación de pobreza, abandono o violencia necesita escucha, atención médica, apoyo material y una comunidad que no la deje sola.
Para mí, defender la vida del hijo por nacer exige también proteger y acompañar a su madre. El compromiso con la dignidad humana no puede quedarse en las palabras: debe manifestarse en acciones concretas de amor, solidaridad y responsabilidad.
Esta misma convicción me lleva a recordar que las mujeres contribuimos al desarrollo del país de muchas maneras, no solamente desde los puestos de poder. Lo hacemos cuando dirigimos instituciones y empresas, pero también cuando educamos, cuidamos a nuestros mayores, acompañamos a nuestros hijos y nietos, sostenemos hogares y servimos a nuestras comunidades. Somos, muchas veces, el soporte silencioso –sin aplausos– de varias generaciones, y esa contribución también merece reconocimiento y valoración.
No pretendo que quienes piensan distinto renuncien a sus convicciones. Pido, más bien, la misma apertura y reconocimiento que esperamos cuando hablamos de respeto y pluralismo. Se puede defender la autonomía de las mujeres y, al mismo tiempo, sostener que la vida del no nacido merece protección. También se puede discrepar profundamente de esa posición sin negar la inteligencia, la independencia o la legitimidad de quien la sostiene.
Por supuesto, las cuatro mujeres que hoy ejercen tan altas responsabilidades deben ser valoradas por sus decisiones, su integridad, su capacidad y sus resultados. Como cualquier otra autoridad, están sujetas al escrutinio público. La crítica es válida y necesaria en una democracia, pero debe distinguirse entre cuestionar las decisiones de una gobernante y descalificar su compromiso con las mujeres por sostener convicciones que, fundadas en una concepción antropológica de la dignidad humana, difieren de determinadas posiciones ideológicas sobre asuntos que dividen a la sociedad.
Pido a Dios que estas cuatro mujeres ejerzan sus funciones con sabiduría, honestidad y sentido de servicio, y que sus decisiones contribuyan al bien común. Su presencia en las más altas responsabilidades del Estado constituye una conquista importante, que adquirirá todavía mayor significado si aprendemos a respetar la diversidad de pensamiento entre las propias mujeres.
La libertad femenina no se prueba pensando todas igual. Se afirma cuando ninguna mujer tiene que renunciar a su conciencia para que se reconozcan su dignidad, su capacidad y su derecho a participar plenamente en la vida pública.
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Claudia Quirós Feoli es esposa, madre, abuela y profesional.