Todas las personas y sociedades necesitamos encontrar maneras de acercarnos sin dejar de ser diferentes. Desde tiempos antiguos, los seres humanos han construido puentes por una necesidad elemental: superar aquello que los separa. El puente nace, por tanto, de una idea profundamente civilizadora.
El ingenio humano ha podido vencer obstáculos sin destruirlos. Los puentes no eliminaron los ríos: permitieron atravesarlos.
La arquitectura expone sus diferentes elementos. El arco permite construir estructuras sólidas. Se sostiene gracias a la distribución de fuerzas entre sus partes. Cada piedra transmite parte del peso a las demás. Ninguna sostiene por sí sola toda la construcción. La clave de un arco es su punto de equilibrio. Los acueductos romanos nos hablan de ello. Algo que puede transmitirnos una lección social: una democracia necesita de pilares sólidos, instituciones y normas que la sostengan.
Los cimientos de un puente son los valores compartidos. Su piedra angular es la confianza. El respeto, uno de sus fundamentos.
Construir puentes significa sustituir el insulto por el argumento; la descalificación por la escucha; la amenaza por la palabra; la imposición por la búsqueda de acuerdos; el odio por el reconocimiento de la dignidad del otro. La violencia nos deshumaniza.
En los puentes colgantes, observamos cómo los cables y tensores trabajan conjuntamente para sostener grandes distancias. La interdependencia y la responsabilidad compartida son factores importantes.
Reconocer que dependemos unos de otros nos hace ver que las diferencias no tienen que desaparecer para que exista una estructura común. Somos capaces de encontrar acuerdos pese a nuestras divergencias.
El puente une dos sitios separados. Se apoya firmemente en ambos extremos. Se construye avanzando desde ambos lados, pero apuntando el uno al otro. Hemos de encontrar puntos de encuentro para construir en dirección al otro. Estas dos orillas reflejan la existencia legítima de diferentes posiciones.
Los puentes sociales no se construyen de una vez y para siempre. Requieren de participación, cuidado y renovación generacional. La fuerza de la cooperación renueva sus estructuras, que necesitan mantenimiento y diálogo permanente, incluso para reparar sus daños. Su conservación es una responsabilidad compartida.
Reconstruir un puente es un acto de memoria y esperanza. La reconstrucción física no resuelve automáticamente las divisiones humanas, pero puede convertirse en un símbolo de reconciliación.
Nuestra política necesita de puentes para construir una auténtica cultura democrática. Apremia una reingeniería cultural y cívica, pues estamos llamados a construir el puente que viene: el de las próximas generaciones. Estas no recordarán las diferencias que tuvimos, sino lo que fuimos capaces de construir a pesar de ellas.
Tenemos sobre nuestros hombros una gran tarea colectiva: dejar de levantar muros, pues podemos construir puentes, caminos para entendernos. Nuevas sendas para reconocernos como parte de un mismo país. De un mismo núcleo de fuerza. ¡Seamos puentes!
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Helena Fonseca Ospina es administradora de negocios.