
Hace unas semanas fuimos en familia al Museo Nacional, con mis sobrinas Fátima, de seis años, y Valentina, de diez. Decidimos visitar solo una parte para dejarles ganas de volver. A veces, menos es más.
Nos detuvimos frente a una fotografía tomada en los años 70, en una sala de los antiguos calabozos del Cuartel Bellavista. En esa imagen, un grupo de escolares espera frente a lo que entonces era la entrada del Museo, en el costado este del edificio.
Algunos posan para la cámara o se distraen con sus compañeros. Una niña carga una cantimplora y otra aprieta contra el pecho una bolsa plástica con sus útiles. Tal vez olvidó que ese día la clase sería distinta.
En el centro, en primer plano, un niño ensaya su mejor postura, con un brillo en los ojos que parece atravesar la fotografía. Tal vez era su primera visita al Museo. Tal vez estaba feliz de posar frente a la cámara. Seguí observándolo y descubrí que estaba descalzo. Recorrí de nuevo la imagen desde abajo. Era el único.
En el San José de esos años, era poco frecuente ver niños descalzos, aunque esos visitantes podrían venir de una zona rural. En cualquier caso, en ese grupo, el niño descalzo era diferente.
Recordé que no es lo mismo la diferencia que la desigualdad. Lo había comentado el economista Leonardo Garnier, en un episodio sobre educación del pódcast La Telaraña. Decía Leonardo que las diferencias son parte de lo que somos; la desigualdad aparece cuando acaba determinando nuestras oportunidades. La tarea de la educación, señalaba, no es hacernos iguales, sino impedir que las diferencias nos cierren las puertas.
Allí estaba el niño descalzo, con los demás, esperando entrar al Museo y quizá con más ganas que ninguno. Tendría más o menos la edad de mi sobrina Valentina, que lo observaba igual que yo. Esos niños habían salido del aula, aunque no del todo de la escuela: del otro lado de aquella puerta, los esperaba un mundo de nuevos descubrimientos.
Seguimos hasta las Casas de los Comandantes, donde mis sobrinas se encontraron con Mauro Fernández. O tal vez se los presenté yo. Les conté que había sido un antepasado nuestro y uno de los grandes reformadores de la educación costarricense. A finales del siglo XIX ayudó a hacer de la enseñanza pública una responsabilidad del Estado.
Entonces, pensé en mi sobrino Mauro, que nos había faltado ese domingo. Vive en Guanacaste y lo veo mucho menos de lo que quisiera. Un Mauro lleva el nombre del otro, aunque entre los dos se amontone el tiempo: don Mauro viene a ser su tataratataratío. Para comprobarlo, terminamos todos contando tátaras con los dedos.
Entre un Mauro y otro caben más de 100 años. Cabe también buena parte de la historia de nuestra educación pública, que abrió oportunidades para muchas personas y ayudó a transformar el país. Pero algo se complicó en el camino: cada vez cuesta más evitar que algunos se queden atrás.
En otra sala, encontré un texto de mi bisabuelo José Fidel Tristán Fernández, sobrino de don Mauro. En Baratijas de Antaño, mi bisabuelo recuerda la casa de su tío, que estaba en ese mismo sitio. Recuerda la biblioteca, las tertulias, los corredores con orquídeas y la vista de San José. De uno de los corredores cuenta que “el aire circulaba a torrentes”.
Salí al corredor, aunque sabía que no era el de esa casa, demolida para construir el cuartel. Quise sentir ese aire, ver las flores, recuperar aquella vista. La buena vista. Imaginé los libros, las conversaciones, las orquídeas. Imaginé a don Mauro caminando con el birrete en la cabeza que, decían, usaba para pensar mejor. Ese sitio debió ser mágico.
Para entonces, el paseo se me había llenado de gente: Fátima y Valentina, Mauro y don Mauro, José Fidel y aquel niño descalzo que, 50 años atrás, esperaba a las puertas del Museo.
El niño entró, salió y creció. La fotografía, en cambio, lo dejó congelado para siempre, descalzo y con aquella mirada de luz. Hoy debe rondar los 60. Tal vez recuerde el paseo, tal vez no. Me pregunto qué habrá sido de él, qué le habrá dado la escuela que don Mauro ayudó a forjar y qué otras puertas encontró abiertas después de ese día.
Tal vez aquel niño hoy tenga nietos de la edad que tenía él entonces. Tal vez los lleve de vez en cuando a un museo. Me gusta imaginar que conserva algo de aquel brillo en los ojos que me detuvo un momento frente a él, un domingo cualquiera. Imaginar que ha tenido tiempo, en todos estos años, de encender muchas otras miradas.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
