Lo que nos cuenta PISA 2025 de la educación en América Latina
¿Cuán dispuestas están nuestras sociedades a construir las condiciones para que el acceso a una buena educación no tenga que depender de un acto heroico?
Los resultados de PISA 2025 se suelen leer en clave de ranking: quién subió, quién bajó, qué país se acerca o se aleja de la OCDE. Pero los datos van mucho más allá.
Mercedes Mateo
Los últimos resultados de las pruebas PISA dejaron malos resultados para América Latina y el Caribe. La región sigue en la mitad baja del desempeño mundial en los tres dominios evaluados: uno de cada dos estudiantes de 15 años no alcanza el nivel mínimo de competencias ni en lectura, ni en matemática, ni en ciencias.
En la OCDE, esa proporción es de uno de cada cinco. En promedio, nuestros estudiantes están entre cuatro y cinco años de escolaridad por detrás de sus pares de los países desarrollados, y la brecha con la OCDE, aunque se redujo desde 2022, lo hizo sobre todo porque los países de mejor desempeño del mundo cayeron, no porque la región mejoró.
Pero los promedios ocultan otro dato:dentro de un mismo país conviven dos sistemas educativos. En Chile y Uruguay, los países con mejor desempeño lector de la región, el 10% de los estudiantes con mejores resultados alcanza 556 y 549 puntos, respectivamente, por encima del promedio de Singapur (535), el líder global. En el otro extremo, el 10% con resultados más bajos obtiene apenas 313 puntos en Chile y 297 en Uruguay, por debajo del promedio de Kenia (320), uno de los países con menor desempeño del mundo. Son cerca de 250 puntos de distancia entre estudiantes de un mismo país: más de una década de aprendizaje de diferencia.
Sabemos que el origen familiar predice buena parte de la trayectoria escolar de un niño. Nacer en un hogar de bajos ingresos y bajo capital educativo representa una desventaja estructural real.
Pero PISA 2025 sugiere una segunda vía, distinta, más positiva: la familia puede jugar un rol clave y al alcance de todos cuando la escuela se convierte en parte de la conversación familiar. Lo que PISA recoge es relativamente sencillo: si alguien le preguntó al estudiante, al menos una vez en la semana, qué había hecho en la escuela. Si hubo una conversación sobre algo que no le había salido bien. No es ayuda con la tarea, pero es una señal: la de que la educación importa.
A nivel global, este acompañamiento ha caído en los últimos tres años, sobre todo entre los estudiantes de contextos más desfavorecidos. El porcentaje de estudiantes que dijo que sus padres les preguntaban semanalmente sobre su día escolar bajó de 77% a 71% entre 2022 y 2025.
Mercedes Mateo, jefa de la División de Educación del BID y autora de este artículo, sostiene que PISA es un llamado a la acción. (BID/Foto cortesía)
En América Latina, los padres apoyan en promedio menos a los estudiantes que en la OCDE, y la caída entre 2022 y 2025 en la región fue del doble: de 68% a 57%, es decir, 11 puntos porcentuales frente a 6 en la OCDE. Y afectó particularmente a los estudiantes socioeconómicamente desfavorecidos. Es decir, el gesto ayuda a cualquiera que lo reciba, pero quienes más lo necesitan son, también, quienes menos lo están recibiendo hoy.
La OCDE asocia este tipo de involucramiento con actitudes más positivas hacia el aprendizaje y con mejores resultados en prácticamente todos los países. En ciencias, concretamente, cuando las familias les preguntan al menos semanalmente qué hicieron en la escuela, los estudiantes obtienen hasta 26 puntos adicionales de desempeño: más de un año de escolaridad. En la región se observa el mismo patrón: 31 puntos más de desempeño en promedio y 18 puntos después de considerar el perfil socioeconómico de los estudiantes y sus escuelas. Esta asociación es positiva y estadísticamente significativa en los 12 países de la región con datos disponibles. (Fuente: OCDE, PISA 2025, cuestionarios de contexto del estudiante).
La educación es tan buena como el valor social que tiene
El acompañamiento en casa es solo una manifestación, la más íntima, de algo más grande: el lugar que una sociedad entera le da a la educación en su imaginario colectivo. Pero el involucramiento de la familia, si bien es una palanca al alcance de cualquier adulto, no es un mecanismo que compense automáticamente la desigualdad.
Ese valor social de la educación se expresa en cuánto invierte un Estado en su sistema educativo, en la calidad y consistencia de la política pública y en el estatus de sus docentes. Se refleja, también, en los propios sueños de los jóvenes, cuando consideran la educación como una vía real hacia un futuro mejor.
En Antioquia, en Colombia, Sami, una maestra de un programa de alfabetización de adultos, aprendió a valorar la lectura viendo a su propio padre, que nunca supo leer, multiplicarse trabajando para que sus 16 hijos sí pudieran hacerlo. Harminson aprendió a leer a los 35 años, no porque alguien se lo exigiera, sino porque quería poder responderle a su hija de ocho años cuando le pedía ayuda con la tarea. Olivia solo pudo ir a la escuela seis semanas en toda su infancia y hoy, a los 77 años, sigue aprendiendo a leer, convencida de que “nunca es tarde”.
Las familias no deberían tener que hacer este tipo de sacrificios para poder ofrecer una buena educación a sus hijos. Pero tienen un papel importante: mostrarles, cada día y en cada gesto pequeño, que la educación importa.
Los resultados de PISA 2025 se suelen leer en clave de ranking: quién subió, quién bajó, qué país se acerca o se aleja de la OCDE. Pero los datos van mucho más allá. Debajo de esos números, hay una pregunta más profunda: ¿cuán dispuestas están nuestras sociedades a construir las condiciones para que el acceso a una buena educación no tenga que depender de un acto heroico?
PISA es un llamado a la acción. La evidencia existe. Sabemos que los programas que logran mejores resultados comparten instrucción sistemática desde los primeros grados, tutorías frecuentes ajustadas al nivel real de cada estudiante y acompañamiento sostenido a los docentes. Los retornos son claros.
La educación es tan buena como el valor que una sociedad esté dispuesta a darle. Las historias de quienes hacen enormes sacrificios para aprender o para que sus hijos aprendan son inspiradoras, pero no deberían ser una condición para el acceso a una educación de calidad. La pregunta que nos toca responder es cómo construimos sistemas que garanticen esa oportunidad para todos.
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Mercedes Mateo es jefa de la División de Educación del BID.