Las protestas que sacuden Francia desde setiembre nacieron de reclamos que cualquier universitario costarricense reconocería como propios: estudiantes de secundaria que exigían mejores condiciones en los liceos, a los que luego se sumó un amplio descontento por el costo de la vida.
Sin embargo, el pasado sábado 17 de octubre esas demandas quedaron sepultadas bajo el humo: ayuntamientos asaltados e incendiados, comercios saqueados y cientos de detenidos. Las propias autoridades francesas atribuyeron buena parte de la violencia a grupos encapuchados vinculados a la extrema izquierda.
Para quienes vivimos la juventud en una época de ideales románticos, esas imágenes despiertan una alarma inevitable y nos obligan a reflexionar desde este lado del Atlántico.
La lección es sencilla de enunciar y difícil de practicar: una causa justa no garantiza un movimiento sano. Cuando una protesta legítima es capturada por quienes ven en el desorden un fin en sí mismo, los primeros perjudicados son los propios estudiantes, cuyas demandas desaparecen de la conversación pública y quedan asociadas, para siempre, a la destrucción.
Migrar con respeto
Europa vive, además, otro debate que conviene mirar con serenidad: el de la integración de quienes llegan. Un viejo refrán anglosajón condensa el principio elemental de la convivencia: “When in Rome, do as the Romans do” (cuando estés en Roma, haz lo que hacen los romanos).
Hay que distinguir con claridad entre el derecho humano a migrar para superarse y la imposición cultural. La migración que nace del esfuerzo, respeta la legalidad y busca integrarse aportando a la sociedad que la recibe, es un motor de desarrollo humano. Lo vivo en carne propia, con el orgullo de un padre cuyo hijo emigró a los Estados Unidos para jugar fútbol universitario, obtuvo una maestría, se casó con una ciudadana de ese país y construye hoy su futuro profesional respetando las leyes y los valores de su nuevo hogar. Esa es la migración que dignifica.
Que quede claro: esta reflexión no tiene contenido racista ni xenófobo. Costa Rica ha sido históricamente destino de migraciones muy positivas. Cubanos, peruanos, centroamericanos y personas de muchas otras latitudes han aportado enormemente al desarrollo cultural, económico y social del país. Vinieron a integrarse, a respetar nuestra idiosincrasia y a engrandecer el suelo nacional.
El problema nunca ha sido el migrante. El peligro real es el extremismo ideológico que, como un caballo de Troya, se infiltra en las causas populares y se vale de las reglas de la democracia para socavarla desde sus cimientos.
Banderas que se contradicen
Esa lógica se ha visto en algunos campus de Europa y Norteamérica, donde sectores radicales pasaron de la preocupación humanitaria a justificar a Hamás, la organización que perpetró la masacre del 7 de octubre de 2023 contra civiles israelíes y, en no pocos casos, a tolerar expresiones abiertas de antisemitismo.
Israel es la única democracia de su región, y quienes dicen defender las libertades deberían ser los primeros en reconocerlo. Lamentar el sufrimiento de los civiles de ambos pueblos es un deber humanitario; disculpar a un grupo armado teocrático es otra cosa muy distinta.
La contradicción se vuelve evidente cuando algunos colectivos enarbolan la bandera palestina en una mano y la del orgullo LGBTIQ+ en la otra, sin reparar en que, en la Gaza gobernada por Hamás, la homosexualidad es castigada penalmente y la diversidad sexual vive perseguida, mientras Tel Aviv es una de las ciudades más abiertas a la diversidad en el mundo. Sin saberlo, terminan defendiendo a quienes no les permitirían existir.
En Costa Rica, afortunadamente, no hemos presenciado saqueos, incendios ni destrucción masiva como los de Francia. Pero asoma un riesgo latente. Veo con preocupación a algunas voces políticas jóvenes a quienes, como a Nerón, parece no importarles ver arder las instituciones y la paz social con tal de imponer su forma de pensar.
Del romanticismo a la madurez
Esta efervescencia me provoca una inevitable nostalgia. Mi generación luchó con fervor por la universidad pública. Nos emocionaban las canciones de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés y de tantos otros que, con una poética innegable, nos ofrecían un ideal socialista.
Desde la comodidad de la juventud estudiantil, aquel paraíso parecía perfecto. El paso de los años nos permitió verlo caer a pedazos: millones de personas sometidas a carencias materiales básicas bajo regímenes totalitarios, y líderes que discurseaban contra el capitalismo mientras resguardaban sus fortunas en dólares.
La madurez nos enseñó que el romanticismo ideológico promete el paraíso en el discurso, pero, en la práctica, reparte la ruina.
La tarea de la universidad
Costa Rica es una sociedad democrática y, para sostenerse en el tiempo, debe ser también un país de orden, de respeto y de derecho.
Debemos defender con celo el derecho a marchar, a disentir y a proteger la educación superior. Pero la lección de Francia es que la vigilancia debe ser constante para no incendiar lo bueno que tenemos.
Corresponde a la comunidad universitaria –a esos jóvenes estudiosos, preparados y con verdadero pensamiento crítico– conducir sus propios movimientos con rigor y madurez, y no permitir que intereses ajenos, agendas geopolíticas extremistas o flautistas de Hamelín radicalizados se apropien de sus necesidades reales, deslegitimen sus causas y terminen destruyendo desde dentro la convivencia y la paz que tanto nos ha costado construir.
esteban.perez0051@gmail.com
Jorge Esteban Pérez es juez penal del Poder Judicial y exdirigente estudiantil de la Universidad de Costa Rica (UCR).
