
El fotógrafo Philippe Halsman les pedía a sus modelos que saltaran frente a la cámara. Según Halsman, cuando una persona salta, no puede controlar al mismo tiempo los músculos de la cara y de las extremidades. Entonces, cae la máscara que cargamos y aparece el verdadero yo.
Con esa idea dándome vueltas en la cabeza, escribí hace algunos meses un Elogio del salto. Ahí afirmaba que cuando saltamos, somos, durante unos segundos, las versiones más genuinas de nosotros mismos.
He empezado a sospechar que tal vez no es así. Tal vez la máscara no cae cuando saltamos, sino cuando caemos.
Desde que damos nuestros primeros pasos, comenzamos a caer. También escuchamos voces que nos piden tener cuidado, que no corramos, que no nos subamos ahí, que bajemos rápido.
La vida avanza a golpe de caídas y las cosas caen por su propio peso. Nos caemos de una bicicleta, de una escalera, de un árbol. Un buen día, si tenemos suerte, nos caemos de una nube.
Podemos dejarnos caer, caer dormidos, caer bien, caer mal o caer en cuenta. Es curioso eso de caer en cuenta. Como si para comprender algo, tuviéramos que subir hasta la parte alta de una idea y dejarnos caer. Quizá el pensamiento tenga menos de proceso y más de tropiezo.
Hemos construido una civilización que admira la altura y sospecha de la caída. Aspiramos a ascender profesionalmente, llegar a la cima y tocar el cielo. Evitamos caer en desgracia, caer derrotados o caer en el olvido.
La palabra caer viene del latín cadere. De esa raíz derivaron palabras como caduco y cadáver. También casus, que significa caída, y terminó dando lugar a palabras como caso, casualidad y accidente. Quizá no sea casualidad que llamemos accidente a aquello que cae sobre nosotros.
Las mitologías abundan en historias sobre los que caen. Ícaro termina cayendo cuando el sol derrite sus alas de cera. Antes de convertirse en la figura que conocemos, Lucifer era el ángel caído. En ambos casos, caer es el precio que pagan quienes han querido subir demasiado.
Los famosos también caen, a veces literalmente. Las últimas décadas han dejado una historia paralela de cantantes que pierden el equilibrio sobre un escenario. Juan Gabriel, Beyoncé, Lady Gaga, Madonna y muchos otros han conocido, con mayor o menor fortuna, el lado oscuro de la gravedad.
Esas caídas tienen una vocación democrática. El escenario coloca al artista arriba y al público abajo. La caída elimina durante unos segundos esa distancia y el ídolo vuelve a ser de carne y hueso.
Quizá por eso la prensa amarillista se fascina con las imágenes de un famoso cayendo frente a miles de espectadores. Durante unos instantes, desaparecen vestuarios, coreografía, iluminación, personaje y privilegio. Queda una persona intentando recuperar el equilibrio.
Jennifer Lawrence cayó en las escaleras de los Premios Óscar en 2013, precisamente cuando se dirigía a recibir el premio a la mejor actriz. Después convirtió la caída en parte de su discurso.
Hay algo particularmente preciso en que sucediera en ese momento. Cayó mientras ascendía. La gravedad tiene a veces un oscuro sentido del humor.
Cuando caemos, no podemos escoger el ángulo ni controlar brazos, piernas, cara, dignidad y miedo. Durante un instante, somos solo un cuerpo intentando encontrar nuevamente su lugar en el mundo.
Quizá esa sea una de las razones por las que, después de caer, nos levantamos tan rápidamente. Queremos recuperar cuanto antes la compostura. Que nadie nos vea así. Volver a ser quienes fuimos.
Cuando saltamos, elegimos abandonar el suelo. Cuando caemos, el suelo decide por nosotros. En el salto hay voluntad, preparación y deseo. En la caída, aparecen el accidente, la sorpresa, la angustia y la pérdida del control.
La máscara no cae porque saltemos, como creía Philippe Halsman. Cae porque, por un instante, no podemos sostenerla.
Tal vez la caída no es solamente el fracaso de un cuerpo frente a la gravedad, sino, sobre todo, el momento breve en que no podemos seguir fingiendo que tenemos el control.
En su libro Opio: Diario de una desintoxicación, Jean Cocteau escribió que la vida es una caída horizontal.
Una caída horizontal es distinta de la caída que creemos conocer. No tiene un arriba ni un abajo. No sabemos exactamente hacia dónde estamos cayendo. Tal vez a eso se refiere Cocteau. Tal vez eso sea vivir.
Caemos, nos levantamos, seguimos. Porque quizá la vida consista en aprender que, aunque hagamos todo lo posible por mantenernos de pie, seguimos cayendo. Horizontalmente. Todo el tiempo.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
