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El necesario equilibrio entre Estado y sociedad civil

Costa Rica tiene condiciones para hacer ajustes antes de llegar a un punto de no retorno

La impunidad los alienta
La impunidad los alienta

En 1821 Costa Rica tenía escasos 60.000 habitantes dispersos por el territorio nacional. La declaración de independencia los tomó por sorpresa y solo atinaron a responder “hay que esperar a que se aclaren los nublados del día”. Éramos la provincia menos poblada y más pobre de la Capitanía General de Guatemala. Nos daba temor la respuesta de España. Nuestra seguridad era bastante precaria: a los zambos mosquitos teníamos que pagarles un tributo anual para que no se llevaran el cacao de Matina.

El cultivo y el comercio del café, que se inició poco antes de la independencia, había empezado a ampliar nuestros horizontes poniéndonos en contacto con Chile y Londres; no obstante, nuestro Estado incipiente era muy débil y estaba sujeto a presiones localistas que llevaron a la llamada Ley de la Ambulancia, que determinaba la rotación de la capital por las cabeceras de las provincias. Esta debilidad era la expresión de fuerzas locales con un gran arraigo en la estructura social de pequeños productores, donde si bien existían diferencias sociales y económicas importantes, no existían asimetrías extremas, que permitieran, como en otros países, a unos pocos imponerse sobre el resto de la población.

Con Braulio Carrillo, el Estado costarricense empieza a ordenarse. Se suprime el tributo a los zambos mosquitos y se recupera la soberanía sobre el Caribe, pero no es sino con la llegada al poder de Juan Rafael Mora y la amenaza e invasión de los filibusteros que el Estado se centraliza. Mora está bien informado y consciente del peligro que se avecina y prepara al país, a pesar de la oposición de los gamonales, para la guerra.

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