Los datos sobre nuestros propios tratados contrastan mucho con ese optimismo. Costa Rica tiene 18 acuerdos vigentes, pero los resultados se concentran en tres. El DR-CAFTA absorbe el 47% de las exportaciones de bienes y el 72% de la inversión extranjera directa. La Unión Europea recibe el 19,4% de lo exportado y Centroamérica, el 14,4%.
Los otros 15 tratados, que abarcan 22 países, apenas suman el 12,7%. En 2007, con cinco acuerdos vigentes, los socios comerciales concentraban el 92,9% de nuestras exportaciones; en 2025, con 18, llegaron al 93,5%. Trece tratados nuevos movieron esa cifra poco más de medio punto.
Además, los tres acuerdos exitosos se firmaron con mercados naturales. Europa compra nuestro café desde el siglo XIX y ya teníamos acceso preferencial antes del Acuerdo de Asociación, que consolidó más de lo que creó. El tratado con China, en cambio, terminó el año 2025 con un déficit de $4.182 millones, y las empresas chinas emplean a 290 personas en el país. Japón e India, sin tratado alguno con Costa Rica, generan 6.000 y 2.500 empleos, respectivamente. La inversión no llega por el tratado, sino por las condiciones del país.
Los socios nuevos que aportaría el CPTPP (Japón, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, Malasia y Brunéi) son mercados lejanos y no tradicionales, justamente el perfil de los acuerdos que menos han rendido. El exministro Marco Vinicio Ruiz, quien negoció el tratado con China, reconoce que, ante esos mercados, el productor costarricense queda prácticamente sin apoyo gubernamental.
Los autores admiten que existen “dos Costa Ricas” y que la brecha se debe a una agenda de competitividad pospuesta: carreteras, puertos, trámites, energía, tipo de cambio y educación. Concluyen que “ha faltado decisión”. Entonces, el orden lógico es otro: primero, bajar los costos que nos restan competitividad; luego, abrir. Pedirle al campo que compita con el mundo mientras carga esos lastres es, en sus propias palabras, abrir sin rumbo. Resulta incomprensible la forma en que, según los autores, el CPTPP “puede ser el puente entre esas dos Costa Ricas”.
El ejemplo de Nueva Zelanda es el menos afortunado para convencer al productor de leche. Ese país no es un modelo que podamos copiar en una negociación: es el competidor. Es el mayor exportador de lácteos del mundo, con sistemas de pastoreo de costos muy bajos y una escala que ninguna finca de Los Santos o de San Carlos puede igualar. Que su lechería conquistara Asia no dice nada bueno sobre lo que le ocurriría a la nuestra si se abre el mercado costarricense a sus productos.
Y no hablamos de hipótesis. Desde el 1.° de enero de 2025, los lácteos de Estados Unidos entran libres de arancel por el DR-CAFTA. Entre 2015 y 2025, esas importaciones crecieron un 436%, y las de queso, un 480%. Esa presión aún no se absorbe, y ya se discute abrir la puerta a otro gigante lácteo.
El sector lechero produce 3,3 millones de litros diarios en unas 28.000 fincas, en su mayoría pequeñas y familiares, y sostiene alrededor de 43.000 empleos, casi todos rurales. Es parte de esa Costa Rica que, según los autores, mira el mundo desde lejos. El CPTPP no la acercaría, la expondría.
Costa Rica ya demostró que sabe negociar con inteligencia. En los tratados anteriores, ha sabido excluir y proteger a los sectores sensibles. No se trata de rechazar el comercio, sino de exigir lo que los autores llaman abrir con visión y estrategia: un análisis serio de ganadores y perdedores, y una agenda de competitividad cumplida antes de pedirle sacrificios al campo.
Nuestro campo no ve el acuerdo como una amenaza por temor al cambio, sino porque conoce sus números. Abrirse sin medir el daño no es valentía, es imprudencia.
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Manuel Ossenbach Sauter es agrónomo y productor de leche en la zona de Los Santos.