Ningún país pequeño se hizo próspero por casualidad. Los que lo lograron fueron aquellos que, un día, se negaron a seguir siendo pequeños. Irlanda, Nueva Zelanda, Singapur, Chile y Estonia no tenían el tamaño ni los recursos para convertirse en referentes mundiales. Lo lograron porque entendieron antes que otros que un país pequeño no prospera vendiendo más de lo mismo, sino integrándose al mundo con lo mejor que sabe hacer. Costa Rica tiene hoy la oportunidad de dar un salto parecido.
No sería el primero. Desde hace más de tres décadas, Costa Rica apostó por un modelo de apertura comercial basado en reglas: tratados con compromisos claros, solución de controversias y estabilidad para quien invierte y produce. El CAFTA-DR, vigente desde 2009, fue la expresión más ambiciosa de ese modelo y transformó nuestra economía más de lo que solemos reconocer. Consolidó el acceso al mayor mercado del mundo, dio seguridad jurídica a la inversión y abrió las telecomunicaciones y los seguros, que durante décadas fueron monopolio del Estado. Llegaron empresas de dispositivos médicos, servicios digitales y manufactura avanzada. Fue un acuerdo para entrar a mercados, y cumplió.
Pero las reglas que supimos negociar hacia fuera no siempre las supimos aplicar hacia dentro. Mientras las zonas francas despegaban, buena parte del país siguió produciendo con los mismos costos y los mismos rezagos. Así nacieron dos Costa Ricas: una conectada al mundo y otra que lo ve desde lejos. La brecha tiene una causa conocida: una agenda de competitividad pospuesta durante años. Carreteras y puertos que avanzan más despacio que el comercio. Trámites que desaniman al emprendedor. Costos de energía que pesan sobre quien produce. Recientemente, el tipo de cambio. Un sistema educativo que todavía no forma suficiente talento técnico y bilingüe. No han faltado diagnósticos. Ha faltado decisión.
El CPTPP, también conocido como Acuerdo Transpacífico, puede ser el puente entre esas dos Costa Ricas y, sobre todo, la decisión que ha faltado. Reúne a Japón, Canadá, Reino Unido, Australia, Singapur, Vietnam, México y Chile, entre otras economías del Pacífico. Sus reglas no se quedan en la frontera: exigen hacia dentro lo mismo que nuestra agenda pendiente reclama desde hace años: eficiencia, transparencia y estándares de primer nivel.
Puede ser la base de un nuevo modelo: pasar de exportar productos a globalizar nuestra producción. Eso significa diversificar mercados, modernizar procesos y darle un verdadero upgrade a lo que hacemos, para que más valor se quede en el país. No sería un salto a ciegas. Otros países pequeños ya recorrieron ese camino.
Irlanda, una de las economías más rezagadas de Europa occidental en los años 80, apostó por la educación, la inversión extranjera y el mercado europeo. Hoy es un centro mundial de la industria farmacéutica y tecnológica. Su lección: atraer inversión no basta; hay que conectarla con las empresas locales.
Nueva Zelanda enfrentó lo que más teme nuestro campo: eliminó casi todos sus subsidios agrícolas. Se pronosticó la ruina del sector, pero sus productores ganaron productividad, invirtieron en ciencia y llevaron su lechería a toda Asia. El campo puede ser la vanguardia de la apertura, no su retaguardia.
Chile, fundador del pacto que dio origen al CPTPP, tejió una de las redes comerciales más amplias del mundo e hizo de su vino, su fruta y su salmón marcas globales. Los tratados abren la puerta; la calidad sostiene el mercado.
Estonia, tras salir de la órbita soviética, apostó por un Estado digital donde los trámites se resuelven en minutos. Su lección toca nuestra agenda pendiente: la competitividad también se construye desde la ventanilla pública.
Y Singapur, sin recursos naturales, hizo de su puerto, de su gente y sus instituciones su principal producto. Trató la competitividad como política de Estado, no como programa de gobierno.
Ninguno esperó condiciones perfectas. Usaron los acuerdos internacionales como ancla para hacer en casa las reformas que les costaba emprender. Eso puede ser el CPTPP para Costa Rica.
Nuestro campo no debe ver este acuerdo como una amenaza, sino como una invitación a ocupar el lugar que se ha ganado. Costa Rica construyó durante generaciones un prestigio de calidad y sostenibilidad que pocos países pueden exhibir. Ese prestigio merece mercados a su altura. El verdadero riesgo no es abrirse, sino quedarse quieto mientras el mundo se reorganiza sin nosotros. Abrir sin rumbo es exponerse; abrir con visión y estrategia es crecer.
Hemos insistido en ello desde este espacio: Costa Rica necesita un nuevo modelo y una agenda de competitividad que deje de posponerse. Ese esfuerzo no pertenece a un gobierno ni a un partido; exige un consenso doméstico tan amplio como el que hace 30 años nos llevó a abrirnos al mundo, cuando gobierno, legisladores, productores, empresarios y academia, desde visiones distintas, coincidieron en que nuestro futuro estaba más allá de las fronteras.
Aquella generación demostró que Costa Rica sabe reinventarse. Hoy nos toca un desafío mayor: que esa transformación llegue a todo el país. Ninguno de ellos era más grande ni más rico que nosotros cuando dio su salto. Simplemente, se atrevieron. Volvamos a coincidir. Es nuestro turno.
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Tomás Dueñas es exministro de Comercio Exterior y exembajador de Costa Rica en Washington y ante la Unión Europea.
Alejandro Patiño Cruz es consultor internacional, exenviado especial ante la Unión Europea y exrepresentante permanente adjunto ante la OCDE.