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Cuando no se quiere reconocer la verdad

ARCHIVO LN/MANUEL CANALES
ARCHIVO LN/MANUEL CANALES

Hace casi un año, asumí la presidencia de la República con el voto de más de un 1.320.000 costarricenses. Lo hice elevando la bandera del cambio y de la lucha contra la corrupción. Cansado de desigualdad, ilegalidad e ineficiencia, el pueblo de Costa Rica demandó una nueva forma de gobernar: más cercana, más transparente, más dispuesta a rendir cuentas. Y todo eso, sin desatender las realidades de un sistema político atrofiado, opaco y dominado por la cultura burocrática del “no se puede”.

A los cien días, emití un balance sobre el estado de la nación. Brutalmente franco, levanté los velos que otros habían mantenido abajo durante décadas para mostrar las vergüenzas de un Gobierno que se había acostumbrado a hacer las cosas mal, a medias, con contratos y alquileres lesivos al interés nacional; con instituciones carcomidas por las malas prácticas administrativas; con programas sociales duplicados, mal otorgados o pésimamente gestionados en contra de las necesidades de las personas menos favorecidas.

Y también dije que, pese a ello, mi gobierno daría la cara por los errores cometidos y haría valer el Estado de derecho, defendería la seguridad jurídica de los contratos suscritos por gobiernos anteriores si estos contaban con los refrendos de ley y, sobre todo, que asumiría la responsabilidad de conducir al país en clave democrática, sin abusos ni arbitrariedades y garantizando en todo momento la supremacía de las responsabilidades que la Constitución impone a quienes temporalmente ocupamos la titularidad del poder Ejecutivo.

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