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Beckham, Shakira, Bardem: los ‘aficionados bien’ se apoderan del fútbol

El nuevo orden del deporte incluye a hombres y mujeres marca divirtiéndose en sus palcos mientras el mundo los mira

MIAMI GARDENS, Florida, 11 de julio de 2026. Ken Paves, Harper Beckham, Victoria Beckham, Romeo Beckham y David Beckham asisten al partido de cuartos de final de la Copa del Mundo de la FIFA 2026 entre Noruega e Inglaterra, en el Miami Stadium, en Miami Gardens, Florida, el 11 de julio de 2026.

Foto: Justin Setterfield/Getty Images/AFP.
David Beckham y su familia en el partido entre Inglaterra y Noruega en el pasado Mundial. Foto: Justin Setterfield/Getty Images/AFP. JUSTIN SETTERFIELD
MIAMI GARDENS, Florida, 11 de julio de 2026. Ken Paves, Harper Beckham, Victoria Beckham, Romeo Beckham y David Beckham asisten al partido de cuartos de final de la Copa del Mundo de la FIFA 2026 entre Noruega e Inglaterra, en el Miami Stadium, en Miami Gardens, Florida, el 11 de julio de 2026.

Foto: Justin Setterfield/Getty Images/AFP.
David Beckham y su familia en el partido entre Inglaterra y Noruega en el pasado Mundial. Foto: Justin Setterfield/Getty Images/AFP. (JUSTIN SETTERFIELD/Getty Images via AFP)

La imagen ya es la esperada. Está presupuestada. Robada del básquet –como los pases con la mirada en dirección opuesta de Ronaldinho–, es ahora propia de este fútbol tan irreconocible, con las segundas oportunidades y bocanadas desesperadas de aire que regala el VAR, con el descanso de hidratación (estos nuevos cuatro tiempos y sus cambios de ritmo en la posesión de la bola y su publicidad, faltaba más), con las tarjetas rojas que no penalizan a los jugadores, con selecciones que deben viajar a otro país después del partido para tener un lugar donde pasar la noche, con ciudades sede y cosmopolitas en las que la mayoría de sus habitantes no tiene ni idea de lo que es la Copa Mundial de la FIFA.

Es el nuevo orden del deporte, sumado, claro, a la imagen maravillosa, pulcra, inmaculada, de un millonario que es tan millonario que no necesita pagar la entrada que solo los millonarios pueden costear. Está más que tranquilo porque no tiene que tocar la caja chica para su boleto, el de su esposa o el de sus hijos, los amigos, algún colega también millonario o compinches varios. Son las localidades reservadas, que no salen a la venta, a las que se accede solo por invitación –o gratis, durante tres segundos, para el 99,99% de la población a través de la televisión, claro–. Para estar ahí más de ese tiempo se necesita ser, pertenecer, conocer. Lo malo de la argolla es estar afuera, dicen por ahí. Pero no tan rápido; se requiere de otros condimentos: admiración –u odio– de una buena plataforma publicitaria. En resumen, ser marca.

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