
La mandataria Laura Fernández destituyó ayer a su canciller, Manuel Tovar, con un escueto comunicado de prensa, mientras este encabezaba en Nueva York la delegación costarricense en la Asamblea General de la ONU, cuatro días antes de que él mismo debiera pronunciar, el próximo lunes, el discurso del país ante el pleno.
Tovar asumió ese papel debido a que Fernández dijo tener “temas más importantes” de qué ocuparse en Costa Rica, aunque esta misma semana viajó a Barranquilla a reunirse con el presidente colombiano Abelardo de la Espriella.
El motivo del súbito despido, según Casa Presidencial, fue que Tovar asistió el martes a una sesión de alto nivel del Escudo de las Américas, la alianza de seguridad hemisférica convocada por el Departamento de Estado de Estados Unidos, y en la que participó Donald Trump. Según el comunicado, lo hizo “sin dar aviso previo ni informar de su participación” a la mandataria. Por esto, le atribuye “negligencia” y causar “un gran daño de carácter estratégico” por impedirle asistir.
Hasta acá, la versión oficial: un canciller que ocultó a su jefa una reunión en la que participaría el presidente de los Estados Unidos, para acudir en su lugar.
Lo que no cuadra es que la reunión del Escudo de las Américas no era ningún secreto. Días antes, el propio Tovar había hablado de esta y de su agenda en una entrevista con el Miami Herald, replicada por varios medios internacionales, donde adelantó que en ese encuentro de Nueva York se discutirían temas sobre Cuba y Nicaragua.
Esa entrevista se dio poco después de que Tovar se reuniera en Washington con el secretario de Estado, Marco Rubio, encuentro que el propio Departamento de Estado anunció públicamente. Es difícil sostener que la existencia de la reunión con Trump fuera desconocida en Casa Presidencial, ya que su fecha y su temática estaban en la prensa desde al menos una semana antes.
La gobernante precisó luego la acusación diciendo que no ignoraba la reunión, sino que Tovar no le “trasladó la invitación”, que le correspondía personalmente a ella. Es un cargo más fino e imposible de verificar o desmentir. El propio Tovar, en su despedida, evitó confirmar o negar si la mandataria estaba enterada. Ni la respaldó ni la contradijo.
Fernández, ayer, en un acto en Golfito donde Washington entregaba lanchas y vehículos a la Policía de Guardacostas, se deshizo en explicaciones a la embajadora de Estados Unidos, Melinda Hildebrant. Indicó que “hay errores que no se pueden pasar por alto”; se disculpó con ella por su ausencia a Nueva York y le reiteró “el compromiso firme y decidido” de Costa Rica con el Escudo de las Américas.
Hasta ahora no se conocen los entretelones de la decisión, pero cuesta creer la versión de la presidenta. Simplemente, los hechos la desmienten. Lo cierto es que Tovar resultó el sacrificado.
Mientras el ahora excanciller atendía la reunión del Escudo de las Américas con los jefes de Estado del hemisferio, Laura Fernández hacía una pausa en su gira oficial para ir de compras con la primera dama de Colombia. La estampa es incómoda por donde se vea, y no hace falta subrayarla. Si esa incomodidad es atribuible a Tovar o no, es algo que probablemente nunca podremos comprobar.
Pero más allá de la situación, cabe resaltar que la presidenta Fernández decidió voluntariamente no ir a la ONU, en donde, por primera vez, jefes de Estado de peso debatieron en el pleno de la Asamblea los límites de la inteligencia artificial, con el Consejo de Seguridad sesionando en paralelo sobre el tema.
Fernández ya había participado en la primera reunión del Escudo de las Américas, en Doral, ciudad del condado de Miami-Dade, en Florida, pero entonces lo hizo como presidenta electa. La cita de Nueva York era la primera a la que podía asistir ya como mandataria en funciones. Era un escenario en el que la presencia de un jefe de Estado cuenta, y Costa Rica, que acumula cinco años sin asistencia presidencial en la Asamblea General de la ONU, tampoco estuvo ahí para disputar ese asiento.
A eso se suma la candidatura de Rebeca Grynspan a la Secretaría General de la ONU, la más cercana que el país ha tenido jamás al cargo más alto del organismo. En ese contexto es que Fernández decidió quedarse sin canciller, como quien despide al contador en pleno cierre fiscal. Sin entrar a discutir si tenía o no razón en sus motivos, lo cierto es que eligió el peor momento posible para ejecutarlo.
Costa Rica ha construido una identidad internacional basada en el multilateralismo, el desarme y la diplomacia. Esta semana, con una candidata costarricense que posee posibilidades reales de dirigir la ONU y con el mundo debatiendo sobre inteligencia artificial, el país no tenía presidenta presente y, de pronto, tampoco canciller. No se trata solo de un error de cálculo político: es una renuncia simbólica al lugar que Costa Rica se ganó en el mundo, sustituido por una diplomacia reactiva, personalista y clientelar, en la que la relación con un interlocutor específico parece haber adquirido un peso desproporcionado.
Ahora queda una pregunta que debería tener respuesta ya: ¿quién hablará en nombre de Costa Rica ante la Asamblea General de la ONU el próximo lunes? Faltan apenas tres días para un discurso de particular importancia para el país, en un momento especialmente importante para la candidatura de Rebeca Grynspan a la Secretaría General, y Costa Rica ni siquiera tiene claro quién lo pronunciará: ¿Indiana Trejos, la ministra interina de Relaciones Exteriores; la propia Laura Fernández, si decide cambiar de opinión y viajar a Nueva York, o bien el embajador de Costa Rica en la ONU, Boris Marchegiani, el empresario que financió vallas contra jerarcas judiciales y no tiene experiencia en diplomacia? Hay errores, en efecto, que no se pueden pasar por alto.
