
Entre miércoles y viernes de la pasada semana, el presidente chino, Xi Jinping, efectuó una visita de Estado a Washington, cuatro meses después de que su colega, Donald Trump, viajara a Pekín, donde fue acogido de igual forma. En ambos casos, la pompa superó por mucho a la sustancia. No sorprende. A ambos mandatarios les preocupan los símbolos externos como forma de expresar poder; también, hospitalidad mutua. Además, dadas las enormes diferencias entre sus países, difícilmente pueden esperarse acuerdos cruciales de sus encuentros.
Trump y su esposa Melania dieron la bienvenida a Xi y su cónyuge tras su aterrizaje en la base Andrews, cercana a la capital. Fue la primera vez, en 64 años, que un presidente de Estados Unidos tiene tal gesto hacia un colega visitante. Su recepción en la Casa Blanca, la mañana del jueves, estuvo rodeada de un impresionante ceremonial, con bandas y ejercicios marciales e, incluso, el sobrevuelo de aviones. La cena de Estado sirvió para el intercambio de gestos de amistad, junto a poderosos personajes de la política, la tecnología y el espectáculo. Y antes del regreso, el viernes, la coreografía ceremonial también fue cuidadosamente ejecutada.

Nada de lo anterior, sin embargo, le resta importancia a la visita, como tampoco se lo restó a la de Trump. La reciprocidad cuenta, y al menos se puso de manifiesto nuevamente que, a pesar de sus profundas disputas en ámbitos clave, como el comercio, la tecnología y la seguridad, las relaciones entre las dos mayores potencias globales mantienen cierto grado de estabilidad. Y todo indica que se mantendrá así en el corto plazo.
En lo que resta del 2026, Trump y Xi tendrán otras dos reuniones, aunque en contextos multilaterales. La primera, en noviembre, con motivo de la cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés), que se celebrará en la ciudad china de Shenzhen; la segunda, en diciembre, durante la del Grupo de los 20 (G20), en Miami.
En un mundo agobiado por guerras y conflictos, el diálogo y la coexistencia entre estos gigantes es positiva, por modestos que sean los resultados tangibles.
Ambas partes dijeron haber acordado impulsar una “relación de estabilidad estratégica” de índole “constructiva”. La relativa “tregua” en su guerra arancelaria, acordada el año pasado y que vencería en dos meses, fue extendida apenas hasta el 10 de enero, pese a que China quería mantenerla hasta el fin del gobierno de Trump. Este le reclama que no ha honrado a plenitud los compromisos adquiridos entonces, sobre todo en la venta de minerales críticos en las cantidades acordadas.
El lunes se reveló otro acuerdo, alcanzado por el “buró de comercio” establecido tras la reunión en Pekín: la posibilidad de que cada uno de los dos países importe del otro el equivalente de $30.000 millones en diversos productos, con aranceles sustancialmente menores a los actuales.
Sobre la forma de encauzar la competencia en inteligencia artificial, cada vez más intensa, y los riesgos que su desarrollo puede implicar para la humanidad, no se suscribió ningún acuerdo. Trump había dicho que el tema sería un “gran tópico” de sus conversaciones, pero se limitaron a la promesa de continuar el diálogo y establecer canales para informarse de disrupciones críticas.
Los asuntos de seguridad y defensa no recibieron el mismo grado de atención que los comerciales. De nuevo, y como en mayo, el gran coordinador de las conversaciones fue el secretario del Tesoro, Scott Besent. Marco Rubio, jefe de la diplomacia, tuvo mucha menos relevancia, al igual que el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Según los informes de prensa chinos, Xi insistió en que Estados Unidos debería “adherirse” a la “posición correcta” de oponerse a la independencia de Taiwán, que reclama como propia. Estados Unidos no se refirió a ningún cambio de postura, aunque Trump mantiene congelada la venta de $14.000 millones en armamentos ya acordada con el gobierno taiwanés.
Durante los últimos meses, el régimen de Pekín ha incrementado sus presiones sobre la isla, mediante ejercicios militares a su alrededor. Además, mantiene una constante actividad naval en islas y arrecifes del mar del Sur de la China disputados por otros países de la zona. Tal agresividad, sin embargo, no recibió mención ni reclamo alguno –al menos en público– de los estadounidenses.
Estabilidad, con avances mínimos, en el statu quo comercial. Ausencia de acuerdos relevantes en esta y otras áreas. Reducido énfasis en aspectos geoestratégicos críticos. Todo enmarcado por brillos y blasones ceremoniales. Estos fueron los rasgos esenciales de la visita de Estado. No da motivos para la celebración, pero sí para cierto alivio. Al menos, por ahora.
