Editorial

Editorial: No perdamos la identidad nacional

La iniciativa de denunciar la Convención Americana y abandonar la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sobra decirlo, habría implicado un fuerte golpe al prestigio de Costa Rica y la ruptura de una vieja y destacada política de Estado

Edificio de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en Costa Rica, símbolo del Sistema Interamericano de Protección de los Derechos Humanos.
Crédito: Shutterstock
Edificio de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en Costa Rica, símbolo del Sistema Interamericano de Protección de los Derechos Humanos.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos en Los Yoses. Crédito: Shutterstock

En sus 45 años de existencia, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH) se ha constituido en una de las instituciones más respetadas del mundo, con enorme legitimidad en las sociedades sujetas a su jurisdicción y en otras beneficiarias de garantías similares o deseosas de disfrutarlas en el futuro próximo. Su jurisprudencia trasciende el continente americano y no en balde se le considera la más protectora y avanzada. Hoy, representa la última esperanza para víctimas, grupos vulnerables y la defensa del Estado de derecho en las Américas.

En la década de los noventa, el Perú de Fujimori pretendió sin éxito abandonar la jurisdicción de la Corte. Posteriormente, la Venezuela de Chávez y Maduro denunció la Convención Americana y se sustrajo de esa jurisdicción. La Nicaragua de Ortega y Murillo no comparece ante la Corte y desacata sus fallos porque la considera un tribunal intervencionista y confabulado con la comunidad internacional para desestabilizar a su gobierno.

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