Editorial

Editorial: El señor dictador

Ortega dio un nuevo salto en su afán de aislamiento y su aproximación al oscurantismo total

This handout picture released by the Nicaraguan Presidency shows Nicaragua's President Daniel Ortega delivering a speech during the commemoration of the 43rd anniversary of the foundation of the National Police at the Revolution Square in Managua, on September 28, 2022. (Photo by Jairo CAJINA / Nicaraguan Presidency / AFP) / RESTRICTED TO EDITORIAL USE - MANDATORY CREDIT "AFP PHOTO / NICARAGUAN PRESIDENCY / JAIRO CAJINA" - NO MARKETING NO ADVERTISING CAMPAIGNS - DISTRIBUTED AS A SERVICE TO CLIENTS
This handout picture released by the Nicaraguan Presidency shows Nicaragua's President Daniel Ortega delivering a speech during the commemoration of the 43rd anniversary of the foundation of the National Police at the Revolution Square in Managua, on September 28, 2022. (Photo by Jairo CAJINA / Nicaraguan Presidency / AFP) / RESTRICTED TO EDITORIAL USE - MANDATORY CREDIT "AFP PHOTO / NICARAGUAN PRESIDENCY / JAIRO CAJINA" - NO MARKETING NO ADVERTISING CAMPAIGNS - DISTRIBUTED AS A SERVICE TO CLIENTS JAIRO CAJINA

La acción transcurre en un país sin nombre, gobernado por un dictador que tampoco lo tiene, aunque sabemos que fue inspirado por Rafael Estrada Cabrera, presidente de Guatemala entre 1898 y 1920. Más que un personaje, es una presencia esquiva, ensimismada, enigmática, insensible, fantasmal y abstraída de su entorno, en el que imperan la crueldad, la postración y la miseria, y con el cual apenas tiene una tenue forma de contacto: el tenebroso y servil Cara de Ángel.

Si algo sobra en ese territorio alienado del mundo, son los elogios para el dictador, que se exacerban el día de la Fiesta Nacional, como relata un narrador-cronista tan impersonal como lo es su protagonista: “¡Señor, Señor, llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria! El presidente se dejaba ver, agradecido con el pueblo que así correspondía a sus desvelos, aislado de todos, muy lejos, en el grupo de sus íntimos”.

Desde su publicación en 1946, los ecos de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, destilado ejemplo del género conocido como “la novela de la dictadura”, no dejan de resonar a lo largo y ancho de América Latina. Hoy, sin embargo, su fuerza se acrecienta y su naturaleza prácticamente se mimetiza en Nicaragua. Allí, el dictador, del cual sí sabemos su nombre, también se sumerge en un primitivismo frío y cruel, encerrado en sí mismo, desvinculado de la realidad y del pueblo, y parapetado tras murallas simbólicas y físicas: como el personaje de Asturias, “aislado de todos, muy lejos, en el grupo de sus íntimos”. Y lo que Cara de Ángel es para este en la novela, Rosario Murillo lo es para Daniel Ortega en la realidad nicaragüense, pero potenciada: vicepresidenta, esposa y virtual médium para convocar ideas y alimentar desatinos.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌