Durante los últimos días, los demócratas del mundo hemos presenciado con estupor y alarma el rápido distanciamiento del gobierno de Donald Trump respecto a Ucrania. Pero el proceso tiene otra faceta, aún peor: su complicidad con el autócrata criminal ruso, Vladimir Putin.
Sobre él pesa la responsabilidad de la brutal agresión contra el pueblo ucraniano, en febrero de 2022; la sangrienta guerra desatada entonces y las destructivas consecuencias humanas y materiales que ha traído para el país, Europa y el resto del mundo.
Una secuencia de hechos, que comenzó el 9 de octubre, permite aquilatar la gravedad de la deriva en que se ha sumergido el presidente Trump.
Ese día, eliminó temporalmente sus sanciones a Rusia sobre la venta de diésel en el mercado internacional. Al hacerlo, responsabilizó falsamente a los ataques de Ucrania contra sus refinerías y puertos por el incremento en los precios de ese y otros hidrocarburos en el mercado internacional y su impacto en los bolsillos de los consumidores estadounidenses poco antes de las elecciones de medio periodo, el 3 de noviembre.
La realidad es que el descalabro en los mercados energéticos internacionales responde a la fallida guerra contra Irán desatada por Estados Unidos e Israel en febrero. De modo que es Trump, y no el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski y sus eficaces ataques contra la infraestructura energética de los agresores, el principal responsable de las alzas.
La eliminación de las sanciones a Rusia tendrá un efecto marginal en los precios a los consumidores, pero le permitirá a su régimen obtener una fuerte inyección de recursos para continuar con su guerra sucia y total contra Ucrania, y su guerra híbrida o gris contra Europa.
El 10 de octubre, tras decir que los ucranianos deberían tener otro presidente, Trump anunció un imaginario “cese de fuego energético” entre los beligerantes. Ninguno de los dos países sabía de él. Aun así, Zelenski optó por respetarlo durante tres días, pero los reanudó ante la falta de reciprocidad de Putin. No tenía otra opción.
Los ataques ucranianos contra refinerías y puertos de embarque de hidrocarburos rusos han sido sumamente efectivos para ralentizar la maquinaria de guerra invasora. Quedarse de brazos cruzados, para complacer el abrupto cambio de Trump, habría sido temerario e ingenuo.
El lunes 12 y el martes 13, Rusia lanzó una nueva oleada de misiles balísticos contra blancos civiles en Kiev, la capital ucraniana. Esta vez, las usuales alertas tempranas de la inteligencia estadounidense brillaron por su ausencia. El miércoles 14, circuló la noticia de que Starshield, el enjambre satelital militar de baja órbita que es parte de Starlink, compañía de Elon Musk, había sido degradado para el uso de las fuerzas ucranianas. Su operación es clave para la eficacia de los drones.
Musk adujo que las instrucciones sobre su operación no eran responsabilidad de su compañía, sino del Departamento de Defensa. La versión oficial desde Washington fue que no existió orden alguna al respecto, y que la falta de oportuna alerta sobre los misiles balísticos fue producto del mal tiempo. No hay forma de rebatirlo, pero la convergencia de ambos golpes contra las defensas ucranianas, precisamente en medio de las críticas de Trump, levanta justificadas sospechas.
Pareciera que el flujo de información de inteligencia militar y la operación plena de Starshield se han reanudado. Sin embargo, el viernes 16, Trump decidió exceptuar a Rusia de una serie de nuevas sanciones que le había impuesto el Congreso estadounidense el mes pasado. Impidió, así, someterla a más estrecheces y, por ende, facilitarle su guerra y debilitar la respuesta de los agredidos.
El acercamiento a Rusia, el distanciamiento de Ucrania y el desdén por el impacto de todo esto en los agredidos y sus aliados europeos no sorprende. Ha sido, junto a su admiración por gobernantes autocráticos, una proclividad del presidente Trump desde el inicio del conflicto, e incluso antes. Ahora, sin embargo, lo ha llevado a un extremo más peligroso.
Frente a la virtual guerra de exterminio en que ha derivado la invasión contra Ucrania, premiar a Putin con nuevas fuentes de ingresos, erosionar las defensas ucranianas y amenazar con más restricciones a la ayuda militar resulta inaceptable. Por algo, contrario a otros momentos, importantes sectores de su propio Partido Republicano han planteado fuertes críticas, que difícilmente podrá ignorar. A ello se une un respaldo mayoritario de la ciudadanía a la causa ucraniana.
La esperanza es que, aunque no sea por convicción, sino por conveniencia política, Trump cambie de rumbo y no abandone a Ucrania.
Europa y países de otras latitudes han mantenido su ejemplar apoyo. El pueblo ucraniano, aunque abatido, tiene ímpetus de sobra para seguir luchando por su supervivencia nacional. Estados Unidos no debe volverles la cara.
