Editorial

Editorial: Del fraude al golpe en Venezuela

La certificación de resultados electorales espurios es un golpe de Estado contra la soberanía popular

La líder opositora venezolana María Corina Machado habla con los medios de comunicación, acompañada por el candidato presidencial opositor Edmundo González Urrutia, tras los resultados de las elecciones presidenciales en Caracas el 29 de julio de 2024. (Foto: AFP)
Edmundo González Urrutia. FEDERICO PARRA

El fraude electoral que se consumó la noche del 28 de julio, tras el cierre de los centros de votación en Venezuela, se ha transformado en un cínico e inaceptable golpe de Estado contra la soberanía popular.

Si hace cuatro semanas el Consejo Nacional Electoral (CNE), instrumento del oficialismo, proclamó el inexistente triunfo de Nicolás Maduro en la contienda presidencial, el jueves su Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), otro engranaje del régimen, emitió una vergonzosa sentencia en la que “certifica de forma inobjetable” el espurio resultado. Además, declaró en “desacato” y “desobediencia” al candidato opositor, Edmundo González Urrutia, quien se impuso por casi el 70 % de los votos, y pidió a la Fiscalía —también carente de independencia— que presente cargos contra quienes publicaron las actas de votación que documentan su triunfo.

El TSJ carece de jurisdicción en materia electoral, por lo cual su decisión es inválida incluso en el contexto de la precaria “legalidad” venezolana. Pero lo más grave no es esta extralimitación de funciones, sino que la “certificación” proclamada carece de bases fácticas que la respalden: al contrario de la oposición, el CNE nunca publicó las actas de resultados mesa por mesa ni ha aceptado una auditoría independiente; tampoco lo hizo el TSJ, que simplemente se refirió al “material electoral peritado” como base para convalidar los resultados divulgados por el órgano electoral. Según estos, Maduro ganó con el 52 % de los votos.

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