Bruno Dobrusin. 13 enero

TORONTO – Mucho se ha escrito sobre el “futuro del trabajo”, y en gran parte con perspectivas sombrías. Una seguidilla de estudios predice que la automatización cambiará a sectores enteros y dejará en el paro a millones de personas. Un artículo escrito en el 2013 por dos profesores de Oxford incluso sugirió que las máquinas reemplazarían el 47 % de los empleos en los Estados Unidos dentro de “una o dos décadas”.

Conclusiones como esta sustentan la narrativa de que resulta inevitable que en el futuro haya escasez de empleos. Sin embargo, esta visión se apoya mayoritariamente en el sector corporativo, basándose en tendencias negativas de la llamada economía de los minitrabajos (gig economy), pero ni los trabajadores ni los sindicatos han intervenido mucho en la conversación. Si eso cambiara, el futuro del trabajo podría verse muy distinto.

Hay tres supuestos que sesgan los pronósticos del impacto de la automatización sobre el empleo. Es esencial abordar cada uno de ellos para proteger los derechos de los trabajadores y cambiar la perspectiva fatalista de la narrativa predominante.

El primero es que las tareas completamente automatizadas desplazarán a los trabajadores en el futuro cercano, pero ese enfoque es poco más que una conjetura. Incluso quienes usan los mismos conjuntos de datos pueden llegar a conclusiones diferentes. Por ejemplo, un estudio realizado en el 2017 por McKinsey, basado en datos similares a los del artículo de Oxford del 2013, llegó a la conclusión de que apenas un 5 % de los empleos estadounidenses se podían automatizar totalmente, pero que cerca del 60 % podían serlo en parte. En otras palabras, la automatización no significa que el trabajo humano tenga que desaparecer, sino que puede volverse más productivo.

Si algo demuestran las tendencias actuales es la importancia de democratizar el modo como se integra la tecnología a los procesos empresariales. Cuando grandes corporaciones introducen innovaciones para acelerar la producción –como aparatos móviles para cronometrar a los trabajadores de bodegas en las instalaciones de Amazon–, la consecuencia no prevista puede ser una baja de la productividad. Para muchos trabajadores, la manera en que se adopta la tecnología puede tener más peso que la tecnología misma.

El segundo supuesto es que la automatización no traerá beneficios a la mayoría de los trabajadores. Sin embargo, las personas y la política (no las máquinas) determinarán su destino. Si aceptamos la visión de que la tecnología elevará la productividad general (un punto en discusión, dados los bajos niveles de aumento de la productividad en los países de la OCDE en la última década), entonces los trabajadores y los líderes políticos tendrían que centrarse en lograr un mejor equilibrio entre trabajo y calidad de vida.

Hace más de un siglo que se libró la lucha por una jornada laboral de ocho horas y los espacios abiertos por el debate actual permiten negociar una semana laboral más corta. Algunos sindicatos ya lo están haciendo y en el futuro otros deberían unírseles.

Finalmente, a pesar de toda la publicidad, la automatización no es el problema más acuciante para la fuerza de trabajo. Puede que la tecnología sea disruptiva, pero las mayores preocupaciones de los trabajadores actuales son las que sienten más directamente: subempleo, empleos precarios y salarios estancados. Según el informe del 2018 Perspectivas sociales del empleo mundial de la Organización Internacional del Trabajo, 1.400 millones de personas en todo el planeta se desempeñan en “formas vulnerables de empleo” en el sector informal, en comparación con los 192 millones de desempleados.

No hay dudas de que las nuevas tecnologías afectan a los trabajadores de algunas maneras adversas. Siempre ha sido así, y la gente seguirá desplazándose de un sector económico a otro. Pero, si bien la innovación tecnológica crea nuevas oportunidades, la economía de los miniempleos actual, en particular, refleja cómo también puede debilitar los derechos de los trabajadores y aumentar la inseguridad laboral. Los temores de los trabajadores son reales, razón por la que el movimiento sindical ha estado luchando por defender a aquellos que se encuentran en situaciones vulnerables. Un valioso avance para asegurarse de que la automatización no deje a nadie detrás sería ampliar el concepto de transición justa (just transition), que se utiliza actualmente en los casos de reubicaciones debido a la situación climática, a las disrupciones ocasionadas por la tecnología.

Pero no debemos aceptar la narrativa ansiosa de un mundo sin trabajo. La tecnología y el desarrollo económicos son ámbitos en disputa, y los sindicatos deben centrarse en mejorar las condiciones de los lugares de trabajo, organizar a los trabajadores en los nuevos sectores económicos y desafiar los modelos de negocio autoritarios que dan poca injerencia a los empleados sobre cómo funcionan las compañías en las que trabajan.

Hay señales positivas. En el sector de los servicios está creciendo la organización laboral. Los empleados están presionando por mejores salarios en algunas de las mayores corporaciones del mundo. Y en Estados Unidos los trabajadores están pidiendo –y, a menudo, recibiendo– un sueldo digno que les permita vivir. El próximo paso es asegurarse de que los efectos de la automatización tengan una mayor prominencia en la organización sindical. El futuro del trabajo no está predeterminado, y la historia todavía se está escribiendo. Como siempre, la pregunta más importante es quién la escribe.

Bruno Dobrusin es coordinador de la campaña One Million Climate Jobs en la Green Economy Network.

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