Miguel Sobrado. 2 octubre, 2020

Los feminicidios resuenan y chocan cada día más fuertemente contra una conciencia pública en la cual la participación de la mujer se ha modificado y crecido exponencialmente en las últimas décadas.

Varias medidas legales para reafirmar el respeto hacia las mujeres han sido aprobadas, y eso transformó lo transgresiones en delitos, y pena con severidad el maltrato físico y los crímenes.

Todas esas medidas son buenas, contribuyen a calificar y desalentar los comportamientos agresivos, pero resultan insuficientes porque no tratan las centenarias causas culturales generadoras.

A lo largo de la historia, con pocas excepciones, las mujeres fueron vistas como objetos de los cuales apropiarse como instrumento de reproducción y cuidado de la especie, consideradas parte del botín en las guerras, obligadas a todo tipo de servidumbre, productoras de hortalizas y criadoras de aves, o sirvientas a cargo del trabajo doméstico.

En más de una sociedad su papel se diferenciaba poco del de los animales domados, e incluso se llegó a cuestionar si tenían alma. En nuestro país, en el siglo XVIII, si bien se reconocía que tenían alma, no se les consideraba responsables de sus actos.

En ese contexto se gestó en las familias y la sociedad una cultura de subvaloración y dependencia, que se reproducía desde la infancia.

En ese proceso desempeñaron un papel crucial tanto las madres como los padres. La educación familiar subordina las hijas a los hermanos, en el marco de papeles de dependencia preestablecidos.

La violencia y los abusos dentro de la burbuja familiar son reiterados a lo largo del tiempo y las denuncias de niñas y adolescentes seriamente reprimidas.

Educación y trabajo. La educación y la incorporación progresiva de las mujeres al mundo laboral, especialmente el trabajo asalariado, promovió un avance significativo de sus derechos formales, su participación en la vida política e incursión en amplias esferas de la vida social, pero no ha conseguido cambiar la matriz discriminatoria.

Tanto en las familias como en diversas Iglesias se mantiene y cultiva el machismo. En las familias se reproducen los roles y valores asignados a cada sexo. Por otra parte, el peso de las religiones en la cultura les asigna un perfil pecaminoso que debe ser reprimido, especialmente para la soltera, pues para los hombres existen otras valoraciones.

A la par de los movimientos de defensa de los derechos de las mujeres han surgido propuestas para generar una nueva masculinidad, especialmente como terapia para hombres agresores de algún nivel.

A pesar del valioso aporte del feminismo en demanda del establecimiento de prácticas incluyentes para la diversidad sexual y de género, tanto en los hogares y su entorno como en los procesos educativos y de organización productiva, política y social igualitarias, los sectores ultrarradicales de este movimiento reman en sentido contrario, y le hacen un favor al machismo al poner etiquetas excluyentes al trabajo con los hombres cuando se trata de políticas igualitarias.

También surgió la necesidad de incorporar en las escuelas cursos de educación sexual para aumentar el conocimiento de la gente joven sobre sus cuerpos y evitar el embarazo de las adolescentes.

Aunque estas iniciativas son positivas y contribuyen a mitigar el problema, quedan tareas pendientes en el ámbito de la ecología familiar y, asociada estrechamente a esta, la concepción pecaminosa del sexo, terreno en el cual la familia es caja de resonancia de las religiones.

Claro ejemplo de ello es la norma religiosa de abstención sexual antes del matrimonio, precisamente para las nuevas generaciones marcadas por el consumismo, con creciente tendencia a casarse cada vez más tarde.

El sexo tiene un fuerte arraigo biológico. El sexo como mecanismo de reproducción de la especie tiene sus fundamentos en procesos biológicos y mecanismos bioquímicos que, a través de descargas de endorfinas, desencadenan relaciones que pueden ser tormentosas y generar adicción.

Por eso, a algunos enamorados les cuesta incluso soltarse de la mano, impulso que no puede ignorarse ni pretender controlar, demonizándolo y prohibiéndolo como en las religiones. La fuerza del sexo se impone, aun en culturas altamente represivas como la afgana, donde las niñas deben ser asesinadas por su propia familia en caso de tener relaciones antes del matrimonio.

Tampoco puede pretenderse que la sexualidad dependa de un manejo racional a partir solo del conocimiento biológico.

El sexo es un componente en la interacción social que no puede verse fuera del contexto de la cultura y los valores de las personas involucradas. No puede concebirse, por ende, como fuerza biológica a la que hay que descargar instintiva y libremente sin considerar su potencial impacto en las personas y sus relaciones socioculturales.

Las relaciones entre seres humanos no deben abordarse solo como biológicas, dado que se producen entre personas con valores culturales y dentro de un marco ético donde debe predominar el respeto mutuo, un contexto donde los derechos de la otra persona determinan los mutuos límites a los derechos individuales, donde el principio de no hacer daño físico ni moral a esa otra persona oriente relaciones de respeto. Esto es amor al prójimo, en el sentido más amplio.

Como norma, este principio suele ser aceptado en un plano abstracto, pero difícilmente se concreta en sociedades donde diversas creencias y prácticas discriminatorios contra las mujeres se encuentran vigentes. Incluso en sociedades que reconocen formalmente sus derechos, más que el discurso, lo fundamental es el comportamiento en la vida familiar, social, cultural y religiosa de la comunidad.

Reformas. Lo más significativo que pueden aportar las políticas públicas es en el campo de la capacitación en organización cívica y empresarial. El poder de la gente, y de las mujeres en particular, radica en su capacidad de generar su propio ingreso, lo cual les garantiza autonomía, les otorga visión y las libera de la dependencia, y les abre senderos en la vida social.

La educación en general es clave; no obstante, el rol de esta no cubre profundamente amplios sectores.

En materia de educación sexual, está muy lejos todavía de responder a las causas de la discriminación y la violencia. No se trata solo de contenidos; se requiere cambiar la forma indecisa, temerosa e incompleta de entregar los contenidos en los centros educativos.

Un proceso de esta índole precisa una gran preparación y maduración de los docentes y, ante todo, estar preparados sin mojigatería para enfrentar una asignatura vital de manera integral, sin descuidar la ética y ser conscientes de su importancia social.

No se trata de que todos opinen lo mismo y repitan de memoria los textos, sino de que conozcan el tema en profundidad y estimulen el debate y el pensamiento entre los docentes y los estudiantes.

Las políticas públicas son relevantes, pero hay que tener presente que sus efectos se ven a mediano y largo plazo. Lo transformador es la práctica social en lo cotidiano, pues es la que moldea comportamientos y valores.

Las políticas públicas, aunque no resuelven el problema inmediato, contribuyen a gestar condiciones que promueven la práctica de una nueva ecología familiar con roles de cooperación y promoción de talentos, independientemente del género de las personas. Por otra parte, autorizan la operación de organizaciones naturistas que fomentan el respeto por la naturaleza y el cuerpo humano.

Como escribió Paola Zamora el 8 de marzo del 2015 en su red social: “Desnuda soy auténtica, soy esperanza, soy incertidumbre. Desnuda soy hermosa y no porque alguien me lo dijo y no por algo que vi, sino porque lo siento. Pero no chinga que es vulgar, que es violento… machista… lujurioso… Desnuda soy voz viva, risa, llanto, emoción. No chinga donde sería silencio, plana: sin más dimensión que la carne y lo huesos… Desnuda soy mujer no objeto”.

Se trata de medidas que, paulatinamente, rompan los estigmas y las etiquetas, al mismo tiempo que perfilan senderos de nuevas prácticas y valores de respeto en las personas.

El autor es sociólogo.