Columnistas

Página quince: Mis maestros, mis hermanos, mis héroes

Entre el 2003 y el 2006, el autor de este artículo vivió momentos de alegre tristeza junto a los enfermos de sida en un hospital en Houston.

Las trabajadoras sociales del hospital de beneficencia de Houston, donde yo me hacía tratar por el VIH, organizaron un grupo de apoyo al que asistí entre los años 2003 y 2006.

Como ya lo narré en mi reciente texto sobre este tema, a las reuniones concurrían prostitutas, homosexuales, drogadictos, hemofílicos y toda persona contagiada por la enfermedad. Casi sin excepción, se trataba de pacientes en estado terminal. Algunos de ellos se veían tan agostados, tan cadaverosos —los huesos del cráneo, los pómulos, la estructura ósea de la cara estaba ya expuesta— que no podía resistir mirarlos directamente a los ojos.

Generalmente, escogía un punto en la periferia de sus rostros, afectaba naturalidad, y entablaba diálogo con ellos. La idea original —yo era el paciente más saludable— era que hiciera las veces de motivador. ¡Cuánto sobrevaloraron las trabajadoras sociales mi capacidad de liderazgo, mi ecuanimidad, mi agudeza psicológica y mi talento para transmitir inspiración a aquellos seres crepusculares! ¡Eran ellos quienes terminaban motivándome, ellos quienes me sostenían anímicamente!

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌