Miguel Sobrado. 29 julio

La corrupción es un atributo moral sostenido y reproducido por el sistema político latinoamericano, que ha convertido el Estado en un botín del grupo ganador.

El Estado es una empresa de todos y su gestión debe regirse por resultados y rendición de cuentas de los jerarcas.

No debe confundirse el control de personas y procedimientos reglamentarios estrictos, que entraban y encarecen la gestión, con la eficiencia y los buenos resultados.

Si fuera solo un atributo moral, bastaría con quitar a los corruptos y colocar seres virtuosos, como se denominan a sí mismos, pero resulta que cambiamos los actores políticos con arreglos cosméticos, y los mismos vicios de corrupción vuelven a aflorar entre los “virtuosos”, porque se mantiene el sistema patrimonial que los genera.

El moralismo cosmético termina encubriendo la ineficacia del sector público y promoviendo, en la práctica, las alternativas y salidas corruptas como forma de “resolver” el entrabamiento.

El patrimonialismo, como forma de gobierno, no está orientado por un programa nacional que tense y dirija la gestión pública, que articule las diversas instituciones por metas comunes medibles y evaluadas regularmente.

Tampoco existe la rendición de cuentas y responsabilidades personales, como demandan el ordenamiento republicano y la Constitución. En su lugar, hay consignas populistas y moralistas, una especie de religión civil que aglutina a los devotos del clientelismo.

Gremios empoderados. Una vez en el poder, se reparten, de acuerdo con su peso e influencia, las instituciones del Estado para fortalecer sus negocios. De tal manera que cada uno va por su propio derrotero y la articulación es escasa y secundaria.

Cada institución es orientada por el grupo que la controla para obtener el máximo beneficio particular en vez del interés público, al cual debería servir dentro del Estado.

Dentro de este espíritu de archipiélago institucional, lleno de controles sobre los funcionarios, no sobre los resultados de su trabajo, florece la “mordida” como salida fácil para quien necesita el servicio.

El Estado patrimonialista se asemeja a una empresa privada cuando el patriarca desaparece y sus herederos, en vez de contratar personal eficiente para sacar adelante el negocio, nombran a los tíos y sobrinos en puestos para los que no están calificados con el fin de que obtengan ingresos altos.

Solo es cuestión de tiempo para que la empresa pierda bríos y empiece a transformarse en un archipiélago de intereses contrapuestos antes de la decadencia.

En mi libro conjunto con el Dr. Juan José Rojas, de la Universidad de Chapingo, titulado América Latina: crisis del estado clientelista y la construcción de repúblicas ciudadanas, explicamos, contrastando la colonización hispánica en la región con la inglesa en los Estados Unidos, los orígenes históricos del Estado clientelista y proponemos mecanismos de cambio mediante políticas sociales basadas en la organización de los grupos y comunidades.

Fukuyama. Más tarde, en el 2014, fue publicada la obra monumental, por su contenido y alcances históricos, de Francis Fukuyama, Orden y decadencia de la política, donde, empezando por China y la India, y continuando con los imperios de Oriente Próximo y Europa, analiza las causas de su auge y decadencia.

El factor esencial de su crecimiento fue la unidad de dirección alrededor de un proyecto nacional, administrado por grupos especializados: mandarines, jenízaros, mamelucos o burócratas subordinados a la meta común. Al mismo tiempo se separaba a los grupos conquistadores de la gestión pública.

Como causa de decadencia y fracaso de estos Estados destaca el debilitamiento de la autoridad central y el fortalecimiento del patrimonialismo, entendido como el gobierno de los intereses particulares por encima del proyecto nacional.

En cuanto a Europa, Fukuyama destaca cómo lo países del norte y el Reino Unido tienden a permanecer dentro del proyecto nacional con un esquema descentralizado, mientras Italia, Francia, España y Portugal coquetean casi permanentemente con el patrimonialismo.

La influencia política de estos últimos se traslada a América Latina, dando origen a los sistemas políticos latinoamericanos, mientras la influencia inglesa y alemana se asienta en los Estados Unidos.

Desigualdad. Nuestras formas de gobierno latinoamericano, vergüenza del planeta por la desigualdad, no es problema de personas ni de religiones, sino de un sistema que ha configurado a ciertas personas a ser pasivas, dependientes a lo largo de la historia.

Un sistema al cual contribuye en gran medida el enfoque asistencialista de la política social y a la centralización institucional, que excluye la participación de las comunidades. Esta configuración, sin embargo, no es determinante, la actividad organizada es la base del cambio.

La cultura no se cambia con teorías ni manifiestos, solo a través de la actividad práctica, en la cual la gente se apodera de la organización.

Una política social que impulse la organización autónoma es capaz de cambiar la esencia de las relaciones de dominación clientelistas que sustentan el patrimonialismo.

Es una tarea que choca con las estructuras de poder y exige la transformación progresiva del Estado. Debe ser descentralizado y exigir cuentas en todos los niveles. Una tarea impostergable.

El autor es sociólogo.