Miguel Ángel Sobrado. 7 febrero

¿Por qué América Latina, cuyos ingresos por habitante eran mejores que los de Asia hace 50 años, no se desarrolló y Asia sí?

En primer lugar, China, Japón y Corea, para citar los más destacados, desmantelaron después de la Segunda Guerra Mundial, mediante una reforma agraria, las bases del poder feudal, las cuales impedían el desarrollo mercantil.

Un nuevo contrato social condujo a la industrialización y a la configuración de relaciones políticas progresivamente incluyentes.

Dentro de esos esfuerzos, dos senderos se han abierto prometedoramente, aunque por caminos diferentes, pero convergentes en lo económico que han tenido repercusiones en lo social y político: Uruguay y Bolivia.

En segundo lugar, apostaron por la educación para formar el capital humano necesario para el desarrollo, no cualquier educación.

Como la industria requiere personal cada vez más calificado para concebir y producir productos competitivos, decidieron invertir en gran cobertura educativa, sin exclusiones y de excelente calidad.

En América Latina, en contraste, siendo el continente más desigual en la distribución de la tierra, se mantuvo la estructura de tenencia de la tierra o apenas se modificó.

Fue la continuación de relaciones de poder que desde la colonia habían excluido a las poblaciones originarias sometidas a la servidumbre y a la esclavitud, en el caso de los africanos.

El ejercicio del poder mediante el control de la tierra ha transitado, por ejemplo en Colombia, desde los oligarcas tradicionales hasta los meganarcos terratenientes, lo cual impide el afloramiento de un tejido social que estimule la formación de un nuevo contrato social.

Ligados estrechamente al proceso colonizador experimentado en América Latina están, por una parte, el racismo como justificante de la dominación y, por otra, el modelo de Estado patrimonialista, heredado de España y Portugal.

Racismo latente. El racismo es un componente ideológico del sistema de explotación colonial extractivista basado en las encomiendas como servidumbre de los indígenas y en la esclavitud de los africanos. Un sistema cuyo fin es extraer la riqueza y el fruto de la tierra utilizando manos serviles y esclavas de gente considerada inferior o infrahumana.

El trabajo físico era poco valorado y ejercido por siervos y esclavos. Como lo dice la canción del negrito del batey “el trabajo lo hizo Dios como castigo” y no era digno de ser llevado a cabo por los señores.

El desprecio al trabajo físico, propio de seres inferiores a los que debe extraérseles su esfuerzo, así como a la naturaleza, marcó doblemente la cultura latina: alejando la motivación y el interés de la producción e innovación material y centrando el interés de la élite en aprovechar la mano de obra para la extracción de las abundantes riquezas naturales mineras y agrícolas.

Los diversos grupos de la élite, siguiendo las tradiciones coloniales, luchaban por el control del Estado para beneficio propio. En ausencia de la participación de las poblaciones originarias, predominaban los golpes de Estado y las dictaduras.

En ese contexto, a los Estados latinoamericanos les resultaba difícil aprobar políticas industriales a largo plazo, que, además de visión, requerían invertir en la educación de las mayorías, entre ellas los menospreciados indígenas y negros.

Como se aprecia, no ha sido la falta de recursos naturales, sino la abundancia la causa de la pasividad. La herencia colonial en la formación del Estado ha limitado el desarrollo de los países latinoamericanos.

Nuevos senderos. ¿Cómo romper la inercia que mantiene al continente anclado al pasado? Movimientos sociales han hecho múltiples búsquedas. Algunos culpan del atraso a factores externos y otros, a la cultura local. No obstante, dentro de esos esfuerzos, dos senderos se han abierto prometedoramente, aunque por caminos diferentes, pero convergentes en lo económico que han tenido repercusiones en lo social y político: Uruguay y Bolivia.

Uruguay, más apegado a las tradiciones de la buena gestión europea, logró en este siglo, gracias a la descentralización y participación de las comunidades en la gestión local, convertirse en el país con el mayor índice de ingresos per cápita de la región. Al mismo tiempo que prácticamente erradicó la pobreza extrema y redujo la pobreza a un 7 %, elevó los índices de desarrollo social.

Bolivia, uno de los países más pobres del continente, después de 200 años de gobiernos patrimonialistas de su élite, consiguió, en el primer gobierno indígena de su historia, multiplicar por cinco el producto interno bruto, erradicar el analfabetismo en los niños, reducir la pobreza a la mitad, elevar el nivel de vida y generar una infraestructura sin precedentes.

En ambos casos, hubo una ruptura con la élite patrimonialista tradicional y un proceso de descentralización que involucró a las comunidades, en el caso de Uruguay, y a las etnias, en el caso de Bolivia, en la gestión pública.

Bolivia, aunque el cálculo electorero la llevó a un golpe de Estado, hizo un esfuerzo grande por darles valor agregado a las materias primas creando industrias en alianzas con el capital externo.

Estas experiencias marcan un camino interesante que va más allá del trazado por Lula da Silva en Brasil, basado, en gran parte, en los altos precios coyunturales de los commodities, que no se sostuvo en el tiempo.

Son dos senderos en proceso, pero con elementos estratégicos en común que permiten perfilar la importancia de erosionar y romper con las estructuras que impiden el desarrollo movilizando las fuerzas que pueden configurar el nuevo contrato social.

El autor es sociólogo.