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Megacárcel, megacuento

El proyecto del Ejecutivo no se va a hacer porque una construcción de esa naturaleza requeriría años, plata, planillas, permisos, planos, etcétera. Pero es un proyecto popular y por eso lo propone

Un guarda de seguridad de apellidos Solano Enríquez y quien laboraba en la Escuela Naciones Unidas, en San José, abusó de dos estudiantes de sexto grado luego de que salieron de un ensayo de la banda estudiantil.
La verdadera discusión en torno a esta crisis va muchísimo más allá de cuánta represión hace falta en Costa Rica. Foto: Shutterstock Shutterstock
Un guarda de seguridad de apellidos Solano Enríquez y quien laboraba en la Escuela Naciones Unidas, en San José, abusó de dos estudiantes de sexto grado luego de que salieron de un ensayo de la banda estudiantil.
La verdadera discusión en torno a esta crisis va muchísimo más allá de cuánta represión hace falta en Costa Rica. Foto: Shutterstock (Shutterstock/Shutterstock)

Hace unos días leí a un periodista quejarse en otro medio por lo problemático que resulta el hecho de que, según lamentaba, la crisis sin precedentes de violencia homicida que desde el 2022 afronta el país esté monopolizada –decía– por dos posturas irreconciliables: el punitivismo y el abolicionismo; esto es, por quienes quieren que nos convirtamos en El Salvador y quienes creen que podemos ser Noruega.

Antes que nada, convendría aclarar que el punitivismo, como cualquier expresión de los populismos, si es antítesis de algo no lo es de eso que ahora se llama con desprecio garantismo o abolicionismo. Los populismos, como los que encarnan Trump, Milei o Bukele, –todos– de lo que reniegan es de la democracia liberal, de los controles y de la división de poderes. Por eso se revuelven contra cualquiera que ponga en cuestionamiento la infabilidad del líder supremo y los seduce el uso indiscriminado de la fuerza y el derecho penal.

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