Thelmo Vargas. 21 junio

En la década de 1950, en San Vicente de Moravia, a eso de las 9 de la mañana de un día típico, don Beto, el lechero que bajaba a caballo desde San Jerónimo, silbaba y la clientela (normalmente señoras) salía con ollas muy bien lavadas a recibir la cantidad (en botellas) de leche que sus familias consumían diariamente.

A la carnicería de don Jorge Umaña se llevaba una ollita que su esposa y colaboradora, doña Ida, pesaba y a la cual poco a poco le agregaba la cantidad (en libras u onzas) de manteca de chancho que uno ordenara. La carne se envolvía en hojas de plátano (cuyas matas abundaban para aportar sombra en los cafetales) soasadas y luego se terminaba de hacerlo con hojas de papel periódico (¡en muchas casas estas pasaban a ser reusadas como papel higiénico!).

Para acarrear las compras de la verdulería se contaba con bolsas de yute, fuertes y de larga vida, que decían Costa Rica en vistosos colores. Una distinguida vecina, de apellido Solano, vendía una deliciosa natilla producida en una lechería familiar, y cuando uno la veía venir corría a buscar un tazón de vidrio y se lo entregaba para que, en su próximo viaje, lo devolviera lleno del producto, cuyo precio era 50 céntimos de colón.

Mi familia tenía un tramo de granos en el Mercado Borbón —conocido también como mercado de carretas, para distinguirlo del vecino Mercado Central, que era de carretones— en San José y muchas veces me tocó llevar almuerzo a mi hermano y hermanas, quienes lo atendían.

El almuerzo se llevaba en portaviandas, aparatitos metálicos que mantenían juntas, una sobre otra, cuatro o cinco ollitas. Al final tenía tapa y un agarradero de madera para facilitar el transporte.

En la primera ollita, iban el arroz blanco y las tortillas de maíz (a veces tortas de huevo, que algunos hoy llaman omelettes y que en España llaman tortilla), en la segunda frijoles, en la tercera lengua en salsa (o mano de piedra sudada), en la cuarta ensalada de repollo con tomate aderezada con sal y jugo de naranja agria. En la última se ponía el postre: miel de ayote con hojas de higo, dulce de durazno o de toronja amarguita.

Aunque la tapa del portaviandas era supuestamente hermética, se incurría en riesgos cuando se transportaba sopa. En un frasco de vidrio, iba un fresco de limón, de cas o de alguna otra fruta de estación y, por ende, barata.

Reutilizables. Todos los recipientes de uso cotidiano a los cuales he hecho referencia, y otros que no he mencionado, se usaban una y otra y otra vez. En los pueblos no había mucha basura que no fuera posible convertir rápidamente en abono. Un mundo similar vivió el escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien se quejaba de los objetos modernos cuya vida es flor de un día. “Lo que me pasa —escribió en un corto artículo titulado Para mayores de 40, cuya lectura recomiendo— es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente solo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco”.

Llegó la década de 1960 y algunas cosas comenzaron a cambiar. En marzo de 1963, el volcán Irazú, coincidiendo con la visita del presidente John F. Kennedy, empezó a lanzar grandes cantidades de ceniza sobre el Valle Central. Ese año, un escritor llamado Charles Webb publicó una novela titulada The Graduate, que adquirió fama en 1967 porque sirvió de base para una película del mismo nombre, cuya música de fondo la suplieron Simon & Garfunkel.

En ella, un joven recién graduado de Williams College, llamado Benjamín (papel interpretado por Dustin Hofmann), recibió de un vecino, en una fiesta de celebración de su logro académico, un consejo sobre cuál era la más prometedora área a la que podía dedicarse profesionalmente.

El consejo fue simple: plástico. “El plástico —le dijo aquel hombre de mediana edad, amigo de su familia— tiene un gran futuro”. La película ganó un óscar.

En los años sesenta del siglo pasado, los hippies y otros miembros de lo que se conoció como la “contracultura” usaron la palabra plástico en un sentido peyorativo, para expresar lo artificial que –según ellos— caracterizaba a la generación materialista a la cual pertenecían sus padres, quienes –entre otras cosas— financiaron por mucho tiempo su vagabundería. Una persona plástica era una persona falsa. En tal sentido se usó en The Graduate.

Explosión. El plástico, en efecto, irrumpió en la vida de los seres humanos y de ese material, a una tasa creciente, se comenzaron a fabricar platos, tenedores, envases, bolsas y miles de otros artefactos de uso cotidiano que, por baratos, se someten a la regla: use (una vez) y bote. ¿Dónde? En el basurero, en la calle, en un lote baldío, en la playa, en el caño, en La Sabana o donde sea.

Mucho de este material ha pasado a “adornar” ríos y quebradas, a taquear represas y alcantarillas de las ciudades y a flotar en el mar. Puede que Benjamín (Ben) haya hecho mucho dinero, si le hizo caso al vecino. El hecho es que el plástico llegó para quedarse, pues tiene una vida muy superior a las hojas soasadas de plátano y es más barato que las ollitas donde otrora se guardaba la manteca o se recogía la leche fresca al pie del caballo.

Hoy, muchos, sin ser hippies, abogan por prohibir del todo el uso del plástico. Pero no se dan cuenta de que de plástico también está hecha una gran cantidad de artefactos usados en la medicina moderna (jeringas y hasta válvulas para regular las funciones del corazón), lo que ha reducido el costo de tratar varios padecimientos y ha coadyuvado a aumentar la expectativa de vida de la gente en todo el mundo. De plástico son casi una quinta parte de las piezas de vehículos automotores y la mayoría de los computadores.

Con él se hacen sillas, mesas, prensas, cortinas de baño, tubos, techos, paredes de casas y edificios comerciales. También son de plástico partes de anteojos y de robots sexuales que, con inteligencia artificial, hasta hablan, cantan y lloran. Conforme avance la tecnología de impresión 3D, muchos más artefactos útiles podrán fabricarse con plástico.

Quizá lo malo del plástico es que, a pesar de tener larguísima vida, muchas veces se le usa en la producción de cómodas cajitas para transportar hamburguesas u otra comida rápida cuyo uso no sobrepasa una hora, o una pajilla, todo lo cual un tiempito después pasa a afear y a contaminar las otrora lindas pozas del Virilla. La momentánea comodidad del individuo se alcanza trasladando a la sociedad (de la que él también forma parte) un problema a largo plazo.

Es muy probable que a esta altura del siglo XXI el plástico tenga todavía “un gran futuro”. Mas, ciertamente, se requiere efectuar un serio análisis del costo-beneficio social para, como tribu que habita un planeta que no se sabe si tiene sustituto en algún otro lugar del universo, decidir en qué continuar utilizándolo y en qué no.

El autor es economista.