A pesar de sus múltiples y documentados fracasos, el socialismo continúa siendo un credo que seduce a las masas. Tan solo veamos cómo en nuestro país más de 350.000 personas votaron en la última elección por un partido que proclama abiertamente su simpatía por el mafioso régimen socialista venezolano. ¿A qué debe su encanto una ideología que una y otra vez ha demostrado su irrefutable capacidad de empobrecer al ser humano?
En el 2005, el premio nobel de economía James Buchanan predijo ominosamente que el socialismo seguirá siendo popular en el siglo XXI, no porque sea más eficiente o justo, sino porque le permite a las personas evadir su responsabilidad individual. “La gente teme ser libre; el Estado toma el lugar de los padres”, advirtió.
Buchanan distingue entre el conocido socialismo paternalista –donde una élite pretende imponerles sus valores a los demás– con lo que él denomina socialismo parental, que es cuando la gente aspira a que el Estado tome decisiones por ellos. Lleva razón. Es una constante histórica que siempre hay individuos que buscan ejercer poder sobre otros. Pero para ser un movimiento popular, el socialismo también necesita de gente que aspire a ser controlada.
