Columnistas

Dos Nobel, una mesa opulenta y la ilusión de la eternidad

¿De qué vale, en verdad, el título de Premio Nobel frente al olvido? En vida, para ser tratado a cuerpo de rey en agotadoras, y a la vez placenteras, giras por restaurantes, como esa de que disfrutaron Asturias y Neruda

Escritores Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias
Los escritores Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias. Archivo LN

A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los Premios Nobel de todos los tiempos. A quiénes entre ellos he leído, a cuáles no leería nunca, a cuáles otros no volvería a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Sus nombres están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas, sobresalientes; otras, perdidas entre la hierba.

Rubén Darío se arrepentía de haber firmado un manifiesto en contra de don José Echegaray, cuando lo recibió en 1904, ocasión en que fue zaherido por una turba iconoclasta y justiciera, que encabezaba Valle-Inclán, porque, según rezaba el manifiesto, su obra era melodramática y anticuada. Lo decía nada menos que el pleno de la generación del 98.

¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el Premio Nobel en 1967, las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y no era para menos. Y antes de hacer su triunfal viaje en tren a Estocolmo, volvió a su país natal, y fue revestido con los honores de rigor: una copa de champaña en el Palacio Presidencial, las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, y más de algún concierto de marimba.

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