Política Económica

Competencia perfecta: ¿Cuáles son los efectos macroeconómicos de los eurobonos?

La disponibilidad de financiación y el no tener que rendir cuentas políticas a la hora de solicitarla junto a la autorización presupuestaria, puede debilitar la frugalidad gubernamental

10/4/2018. Tibas, estudio Grupo Nacion. Retrato del economista, José Luis Arce. Foto Jeffrey Zamora.
10/4/2018. Tibas, estudio Grupo Nacion. Retrato del economista, José Luis Arce. Foto Jeffrey Zamora. Jeffrey Zamora R

La discusión en torno a la autorización legislativa para la emisión de deuda gubernamental en los mercados internacionales ha tomado más tiempo que el esperado, no porque los legisladores y el Ejecutivo se hubieran enfrascado en un sesudo análisis sobre los pro y contras – económicos y políticos – de permitir que la nueva administración pueda acceder a un monto considerable de financiación externa – US$6.000 millones entre 2023 y 2026 mediante colocaciones de instrumentos de deuda en los mercados de capitales internacionales – sino más bien porque la polarización y el enfrentamiento que caracterizan, tristemente cada vez con mayor intensidad nuestra política, convirtieron este asunto en un todo o nada y una manifestación de fuerza que, para algunas de las partes en esta disputa, justifica emplear argumentos, en el mejor de los casos, débiles o parciales y, en el peor, generalidades vacías.

En primer lugar, todo lo que concierne a los presupuestos gubernamentales y a su financiación es, en el buen sentido del término, político. Los presupuestos reflejan – o deberían reflejar – las prioridades de gasto del Ejecutivo en función de las políticas públicas que pretende impulsar, mientras que la financiación determina la forma de allegar los recursos para ejecutar esos planes y programas y pasa, evidentemente, por definir qué proporción de esos gastos se financian con ingresos tributarios y que parte con deuda y, con qué tipo de financiación.

Sin embargo, como todo en la vida, cuando el acceso al endeudamiento se encuentra asegurado o resulta excesivo se crean, parafraseando a Arnold Harberger (una idea expresada, casualmente, por este economista en la década de los 90 en un seminario para analizar la crisis de deuda y las reformas que siguieron a dicho shock realizado en Costa Rica), espacios para “parquear” los desequilibrios macroeconómicos en lugar de enfrentarlos y corregirlos.

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