Esta es una historia que no solemos escribir, pero que deberíamos contar más seguido. Es el relato de ustedes, nuestros lectores, quienes durante 80 años han caminado a nuestro lado, han visto pasar generaciones y han crecido entre las noticias que han marcado la historia de Costa Rica.
Sus ojos atentos han sido los testigos de una patria que camina y cuyos pasos han quedado grabados por décadas en nuestras páginas.
Pero, como toda historia, esta también tiene su comienzo. En el marco del aniversario de La Nación, decidí buscar a los suscriptores más longevos del periódico. La forma más sencilla que se me ocurrió fue escribir a la sección Cartas a la columna para encontrar lectores que llevaran más de 20 años acompañándonos.
En menos de 24 horas ya había recibido más de 70 correos electrónicos. Al final, fueron más de 100, cargados de historias suyas, de sus hijos y nietos. Algunas me llevaron hasta las lágrimas, otras me hicieron viajar en el tiempo, y otras tantas me permitieron entender que un periódico puede convertirse en parte de una familia, de sus costumbres y de sus recuerdos más preciados.
Un dato sobre mí: tengo 28 años y crecí junto a mi abuelo Fabio Monge, quien hoy tiene 77 años. Durante años, recibimos y leímos cada ejemplar de La Nación, hasta que este periódico también se convirtió en mi trinchera.
Mi abuelo guarda recuerdos de aquella relación con el periódico, que van más allá de la lectura en casa. Desde los 15 años trabajó en la zona Atlántica y viajó en tren hacia Limón, donde llevaba varios ejemplares para compartir las noticias con otras personas.
“Siempre tenía que comprar más de la cuenta, cuatro o cinco, porque yo sabía que llegando a Puerto Limón, me los iban a quitar”, recordó.
Por eso, este texto está dedicado a la historia del periódico junto a ustedes, que, al igual que yo, también comparten un arraigo más allá de estas páginas.
Aprender a leer entre estas páginas
Entre las primeras respuestas de los suscriptores encontré algo que me conmovió: para muchos, La Nación no llegó a sus vidas cuando aprendieron a leer, sino que fue precisamente entre sus páginas donde comenzó ese aprendizaje.
Don Guillermo Calvo y don Carlos Retana recuerdan haber aprendido a leer con el periódico. Otros evocan a sus padres o abuelos llegando a casa con el ejemplar del día, sin imaginar que aquella costumbre se convertiría en una tradición que sobreviviría al paso de las décadas.
Doña Ligia Calvo, de 89 años, recuerda que su padre convirtió la lectura del periódico en una actividad familiar. “Mi papá se sentaba siempre a leer La Nación y lo leía en voz alta para que nos enteráramos todos de las noticias”, contó.
Aquella costumbre tuvo un efecto que ella misma descubrió cuando todavía estaba en la escuela. Un día, la directora de la Ascensión Esquivel llegó a su casa para felicitar a sus padres por la capacidad de lectura de su hija y por lo informada que estaba a tan corta edad.
Don Carlos Retana guarda una memoria familiar que se remonta a la década de los años 50. Su relación con el periódico comenzó con su abuelo Isaías Retana, quien vivía en Pérez Zeledón y viajaba semanalmente a caballo desde su finca en Pedregosito hasta San Isidro de El General, donde conseguía los ejemplares.
Cuando estaba por terminar la universidad, encontró una sección que consideró increíble: Página 15. Aquel espacio representó una oportunidad para conocer las opiniones de intelectuales nacionales e internacionales y una muestra de la apertura del periódico al debate.
El deseo de don Carlos es que esa característica se mantenga en La Nación: “Ojalá continúe siendo un faro de libertad como lo es en este mundo tan amenazado por los autoritarismos y por las desviaciones del pensamiento político”.
Desde 1969, don Luis Adrián Morales Oliverio es otro fiel lector. Tenía cinco años cuando empezó a ojear sus páginas.
“Toda esa afición por leer La Nación comenzó después de la erupción del volcán Arenal. En adelante y hasta hoy, gracias a Dios, tengo mi Nación diariamente impresa”, escribió.
Para otros lectores, el vínculo con el periódico comenzó mucho antes de asumir el hábito de comprarlo por sí mismo. Así lo refleja la historia de don Ranghild Villalobos, hijo del exfutbolista herediano Max Villalobos.
Ranghild recuerda que su familia adoptó la costumbre de comprar La Nación en 1972, al regresar de México, donde su padre jugó antes de desempeñarse como director técnico en Costa Rica. Desde entonces, y desde hace 54 años, mantiene viva la tradición familiar al recibir la edición impresa día a día en su hogar.
También recibí la historia de don Eduardo Guzmán Alcázar. Su relación con el periódico va más allá de leerlo: prepara fichas y cartulinas con resúmenes fechados de los contenidos que más le llaman la atención. Entre ellos hay artículos de opinión y entrevistas destacadas, como una realizada a Mauren Salguero, a quien, según me contó, conocía desde que daba sus primeros pasos en el periodismo.
Y hay quienes, como don Hugo Mora, pueden decir que estuvieron presentes desde el primer número. En 1946, don Hugo tenía ocho años y cursaba segundo grado en la Escuela Buenaventura Corrales. Vivía con sus padres cerca de la Estación del Atlántico y recuerda que su abuelo italiano lo acostumbró a comprar periódicos en aquel lugar, concurrido por los viajeros del tren.
Las tirillas cómicas y las noticias internacionales fueron las secciones que engancharon a don Hugo. Estas últimas tenían un significado especial para su abuelo, quien seguía con angustia lo que ocurría en Italia al concluir la Segunda Guerra Mundial, en 1945.
También me encontré con la historia de doña Flory Carazo Laurito, quien recuerda que su madre decía que La Nación y ella tenían la misma edad, pues el periódico había nacido unos meses antes que ella.

El periódico que no puede faltar en el desayuno
Si hubo algo que se repitió en los correos que nos llegaron a la redacción, fue una costumbre que parece sorprender incluso a quienes la practican: leer el periódico durante el desayuno y, en muchos casos, empezar por el final: ¡Que no falten los deportes!
Algunos me contaron que sus familias todavía se ríen porque no pueden esperar a terminar de comer para abrir el ejemplar. Otros conservan intacto el ritual de levantarse, preparar el café y buscar las noticias del día.
Don Luis Javier Arias sigue prefiriendo el papel antes que la tecnología. En su casa lo vacilan y hasta lo regañan por ponerse a leer antes de comer.
Doña Jeannette Abdelnour, de 82 años, contó que es suscriptora desde hace 60 años, justo cuando se casó. Aunque, a decir verdad, ella leía el periódico desde unos 10 o 12 años antes de su unión matrimonial, pues sus padres también eran suscriptores.
En San Pablo de Heredia vive doña Shirley Solano, quien conserva una costumbre que comenzó cuando era estudiante en Tilarán, Guanacaste. En aquella época, el periódico llegaba en el bus del mediodía. Ella lo recogía en la parada después de almorzar y de salir de clases.
El interés de doña Shirley se concentraba especialmente en Áncora, donde encontraba publicaciones sobre pintores de la historia. Recortaba aquellas páginas para utilizarlas en las clases de arte del colegio, pues no tenía acceso a otros medios para conseguir el material que le solicitaba su profesora.
También está doña Miriam Cambronero Brenes, de 87 años, cuya historia me compartió su nieto, Adrián Jesús Ulloa Brenes. Para ella, el periódico es una tradición que comienza cada mañana en la mesa del desayuno. Su familia destaca que mantiene intacto el hábito de leerlo de principio a fin.
Para sus seres queridos, ver el periódico sobre la mesa es también una manera de verla disfrutar de aquello que más le gusta. Y, entre tantas rutinas, hay una que no podía dejar por fuera: la de resolver crucigramas.
Por su parte, don Deifilio Zúñiga Umaña, de 93 años, y doña Emma Hidalgo Hidalgo, de 92, llevan más de 40 años como suscriptores, según me contó su hija, Yadira Zúñiga Hidalgo.
Sus padres se mantienen al margen de las redes sociales, pero todavía disfrutan de recibir el ejemplar impreso para estar al tanto de lo que ocurre en Costa Rica y el mundo mientras desayunan.
“Ambos desean agradecer profundamente a este periódico por brindarles la oportunidad de mantenerse ‘conectados’”, escribió Yadira en nombre de sus padres.

De generación en generación
Al leer los mensajes enviados por los lectores, entendí que muchas veces la suscripción no comienza con una persona, sino con una familia. El periódico llega primero a manos de los padres, después lo leen los hijos y, con los años, son estos últimos quienes se encargan de mantener viva la costumbre.
Así sucedió con Gabriel Segura y doña Guadalupe García Soto, quienes han seguido la tradición y el vínculo con el periódico por años.
Algo parecido ocurre con don Carlos Granados, de 65 años. Su padre mantuvo la suscripción hasta su fallecimiento, en 1989. Desde entonces, él se encargó de continuar con ella. Disfruta de las noticias, los reportajes y las secciones, en especial de la Revista Dominical y Áncora. Hasta hace unos meses recibía el periódico impreso, pero ahora lo lee en formato digital.
La historia de don Carlos, además, guarda un emotivo recuerdo: “Quizá lo que más ha marcado mi historia con La Nación ha sido el día en que mi padre falleció: estaba sentado en su lugar preferido del comedor leyendo el periódico y, en ese momento, sufrió un infarto fulminante. Yo conservo el diario de esa fecha”, escribió.
En otras familias, la suscripción también ha sido una herramienta para aprender y mantenerse informadas. Don José Brenes, vecino de San Rafael de Oreamuno, en Cartago, recuerda que comenzó a recibir La Nación alrededor de 1973, cuando trabajaba como maestro rural en la zona norte de esa provincia.
“El periódico me ha permitido por lo menos tener un conocimiento amplio de nuestra Costa Rica”, expresó.

Historias de amor que también se escribieron
¡Sí, señores!, La Nación también ha estado presente en historias de amor.
Daniel Ho me compartió la de sus padres, Francisco Ho Ramírez y su esposa Pilar Marín, quien tiene 74 años y creció en Nicoya, Guanacaste. Según me contó, fue ella quien siempre tuvo interés en recibir el periódico en casa.
Su mamá aprendió a leer con los ejemplares que recogía diariamente en el correo, pues su abuelo era suscriptor. Y fue precisamente en ese lugar donde conoció a quien se convertiría en su compañero de vida.
“Allí, en el correo, recogiendo La Nación, mi mamá, una bella trigueña nicoyana, enamoró y se enamoró de un flaco josefino guapo de ojos verdes. Desde ese día, hace ya 54 años, están juntos, y por eso siempre quiso poder recibir el periódico en su hogar”, relató Daniel.
También me escribió doña Jeannette, quien asocia el inicio de su suscripción con su matrimonio, y doña Alejandrina Mata Segreda, que lleva 53 años recibiendo el periódico. Ella inició con este hábito cuando, recién casados, vivía en un apartamento con su esposo.
Doña Alejandrina también me compartió la historia de sus dos perras, Sky y Venus, dos compañeras que ya superan los 11 años. Hace unos ocho años, Venus comenzó a llevarle pequeños regalos del patio: ramas, piedras y cáscaras de palmera. A cambio, recibía caricias y palabras bonitas, mientras Sky disfrutaba de la recompensa sin haber colaborado en la búsqueda.
Con el tiempo, Venus descubrió que cada mañana había un objeto que podía llevarle a su dueña: el periódico. Desde entonces, empezó a bajar las gradas hacia el jardín y la cochera para recoger el ejemplar, enrollado y amarrado con una liga o protegido dentro de una bolsa plástica cuando llovía.
Sky se quedaba arriba, esperándola, como si la animara a cumplir su misión diaria. Después, ambas recibían su recompensa: tres galletitas para cada una.

Los lectores que también escriben
Otra coincidencia que encontré entre los lectores es la pasión por contar historias. Por ejemplo, me llegaron cartas escritas a mano, como la de don Wilfrido Leiva, oriundo de El Tejar de El Guarco, en Cartago.
Además, recibí mensajes de lectores que guardan recortes de noticias importantes o que recuerdan a personas conocidas que alguna vez formaron parte de nuestras páginas.
Entre tantas historias también aparecieron colegas periodistas. Entre ellos me escribió don Jorge Umaña, quien desde Orotina mantiene una relación muy cercana con el periódico.
80 años de historias compartidas
Cuando escribí a Cartas a la columna buscaba conocer a quienes llevaban más de dos décadas como suscriptores. Pensé que encontraría nombres, años de fidelidad y quizá alguna anécdota, pero lo que nunca imaginé fue que recibiría historias capaces de llevarme desde una finca en Turrialba hasta una casa en Heredia, y desde una estación de tren hasta una mesa de desayuno.
También me encontré con lectores que siguen prefiriendo el papel, otros que se adaptaron a la lectura digital y otros tantos que, a pesar de los años, mantienen intacta la emoción de abrir la puerta y encontrar el periódico.
Después de esta experiencia me queda una certeza: La Nación no solo ha contado durante 80 años la historia de Costa Rica, también ha estado presente en las historias de quienes la leen.
Por eso, esta vez no quería contarles únicamente lo que ocurre en el país o en el mundo, quería detenerme a conocer a quienes, durante décadas, han estado al otro lado de estas páginas.
A ustedes, que nos reciben cada mañana, que guardan ejemplares, que resuelven los crucigramas, que comienzan por los deportes, que recuerdan a sus padres leyendo el periódico y que hoy nos escriben para compartir sus propias memorias, gracias por dejarnos entrar en sus vidas.
