Cultura

Artista y obra

En el lenguaje propio de las artes visuales, “bodegón” y “naturaleza muerta” son términos referentes a las composiciones pictóricas que representan objetos de la vida cotidiana, tales como alimentos, flores, frutas y, en general, cualquier objeto inanimado. Resulta, pues, un tema siempre retomado por los artistas tanto en sus etapas de aprendizaje como a lo largo de sus carreras porque permite un estudio minucioso y pausado del natural, sin las lógicas dificultades que implicaría capturar el apremiante dinamismo de lo animado.

Ahora bien, el hecho de que una fruta o un trozo de carne no se muevan, no significa que el cambio no se opere dentro de sus materialidades. Más aún, el cambio quizás sea más vertiginoso: el cambio del deterioro, de la putrefacción, de la pérdida de la frescura. Detrás de la lozanía se esconde, implícita, la transformación que acerca a la muerte o la desaparición.

El siglo barroco (el XVII) supo heredar a Occidente una reflexión, no en palabras sino en imágenes, del anverso que se esconde inevitablemente detrás de la retórica de la abundancia, propia de las pinturas recargadas con la frescura y el optimismo de los placeres vitales: el gustar, el mirar, el tocar. Me refiero –cómo no– a la “vánitas” (“vanidad” en latín)

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