Amanda Fiatt, o Mandy como es conocida en redes sociales, tenía 24 años en ese entonces, era estricta con su cuidado de salud. Desde los 13 años mantenía control con la misma ginecóloga, tenía los mejores hábitos de salud, cada año para su cumpleaños se realizaba exámenes de control y conocía la importancia de prestar atención a cualquier cambio en sus senos.
Su abuela se había encargado de enseñarle a realizarse el autoexamen desde la adolescencia, en parte porque el cáncer de mama había dejado una huella profunda en su familia: su bisabuela, su abuela y dos tías abuelas habían padecido la enfermedad por la línea paterna.
Aquella historia familiar hizo que la vigilancia formara parte de su vida desde muy joven, aunque nunca imaginó que, precisamente a esa edad, tendría que enfrentarse al mismo diagnóstico que había marcado a otras mujeres de su familia.
Una masa extraña que lo cambió todo
Todo ocurrió después de un control médico en el que no se detectó ninguna anomalía. Poco tiempo después, al palparse uno de sus senos, encontró una masa extraña y de gran tamaño, el bulto era evidente y, además, le dolía.
En aquel momento nada parecía ser de riesgo, incluso, su juventud también parecía jugar en contra de alguna sospecha.
En un primer momento, su ginecóloga consideró que no era preocupante y le recomendó esperar seis meses. Mandy, sin embargo, sintió que debía investigar lo que estaba ocurriendo y pidió que le realizaran un ultrasonido.
El estudio confirmó que había una lesión, pero la recomendación de esperar volvió a aparecer. Mandy decidió no quedarse tranquila.
En apenas tres meses, la masa creció considerablemente, hasta alcanzar un tamaño que ella compara con el de una pelota de tenis, mientras el dolor se intensificaba. Aquella evolución la convenció de que necesitaba una segunda valoración.

Insistir a pesar de lo que decían los especialistas
Se realizó otro ultrasonido y, esta vez, recibió la recomendación de practicar una biopsia. Incluso entonces, varios médicos consideraban improbable que se tratara de cáncer debido a su edad.
Uno de los especialistas, un oncólogo con amplia experiencia que anteriormente había atendido a familiares de Mandy, le manifestó que se sorprendería enormemente si el resultado era maligno.
Aun así, respaldó la decisión de realizar el procedimiento. La biopsia terminó por confirmar aquello que tantos habían considerado poco probable: Mandy tenía cáncer de mama.
Ella misma reconoce que su insistencia fue determinante para avanzar en el diagnóstico. No porque tuviera conocimientos médicos ni porque supiera exactamente qué estaba ocurriendo, sino porque conocía su cuerpo y percibía que algo no estaba bien.
Con el paso del tiempo, incluso llegó a valorar de otra manera el hecho de que la masa le doliera. Piensa que, si no hubiera sentido molestias, quizá no habría insistido con la misma determinación.
Su historia no significa que toda masa dolorosa sea cancerosa ni que un síntoma específico permita identificar por sí solo una enfermedad.
Lo que Mandy aprendió es que los cambios persistentes merecen atención y que, cuando una persona siente que algo no está bien, tiene derecho a solicitar una valoración más profunda o una segunda opinión. En su caso, escuchar esa intuición terminó marcando una diferencia.
La noticia que cambió sus planes
La confirmación del cáncer llegó después de un episodio que Mandy todavía recuerda con cierta incredulidad. Al recibir el informe médico, lo interpretó de manera equivocada y creyó inicialmente que no tenía cáncer.
Fue una familiar médica quien le explicó el verdadero significado del resultado. Cuando comprendió la noticia, acudió a su padre para contarle lo ocurrido.
La reacción de su familia fue inmediata: lágrimas, preocupación y el temor natural ante una enfermedad que ya conocían de cerca. Mandy, en cambio, intentó asumir otro papel. En lugar de permitirse una reacción inmediata de miedo, se concentró en tranquilizar a los demás y en repetirse que todo iba a estar bien.
Recuerda que aquella forma de responder pudo estar relacionada con las experiencias que había vivido anteriormente, entre ellas la enfermedad de una prima que padeció leucemia durante la infancia. “Yo creo que eso también me marcó. Uno aprende de las cosas que vive, aunque en el momento no se dé cuenta”, reflexiona.

“Todo se me juntó”
El diagnóstico también llegó en una etapa de grandes cambios personales. Mandy venía de atravesar un período de estrés económico y familiar después de la pandemia y acababa de emprender.
Apenas unas semanas antes de conocer el resultado de la biopsia, había abierto tres restaurantes. Su vida estaba llena de proyectos, responsabilidades y planes que apenas comenzaban a tomar forma.
El cáncer irrumpió en medio de esa dinámica, sin ajustarse al momento que ella había imaginado para enfrentar una enfermedad.
De pronto, las preocupaciones relacionadas con el trabajo, los negocios y el futuro adquirieron otra dimensión. Había que organizar consultas, realizar estudios y tomar decisiones que tendrían consecuencias físicas y emocionales. A los 24 años, Mandy tuvo que hacer una pausa forzada para concentrarse en su salud.
Después de recibir el diagnóstico, su primera reacción fue intentar mantener la calma. Cuando se lo comunicó a su novio en ese momento quien es ahora su esposo, Mauricio, apareció una preocupación que no había expresado con claridad hasta entonces: el temor de que él pudiera abandonarla si el tratamiento implicaba perder el cabello o someterse a una mastectomía.
La posibilidad de que su cuerpo cambiara le generaba inseguridad, no solo por su propia imagen, sino también por la manera en que esos cambios podían afectar su relación.
Mauricio le aseguró que nunca la dejaría por esa razón. Para Mandy, aquella respuesta se convirtió en uno de los gestos de apoyo que más agradeció durante el proceso. En medio de una enfermedad que traía consigo muchas preguntas, necesitaba sentir que no tendría que enfrentar también el miedo a perder a las personas que amaba.
Ese mismo día, su padre conversó con el oncólogo, quien les explicó que el caso era particularmente inusual por la edad de Mandy y que el cáncer de mama en mujeres jóvenes puede presentar características que requieren una valoración cuidadosa.
También les habló sobre la densidad del tejido mamario en mujeres jóvenes que no han amamantado y sobre las dificultades que pueden existir para detectar algunas lesiones únicamente mediante la palpación, incluso para un médico experimentado.
El duelo por un futuro imaginado
Uno de los primeros grandes golpes llegó cuando los médicos plantearon la posibilidad de practicarle una mastectomía bilateral (es decir quitar ambos pechos). A sus 24 años, Mandy no estaba pensando en la muerte.
Su mente estaba puesta en el futuro: en casarse, convertirse en madre y vivir la maternidad de la manera en que la había imaginado desde niña. Siempre había soñado con tener hijos y amamantarlos.
Por eso, cuando escuchó que podían retirarle ambos senos, su primera pregunta no estuvo relacionada con la apariencia ni con la reconstrucción, sino con la posibilidad de dar de comer a sus futuros bebés. “Yo quería ser mamá y me imaginaba amamantando a mis hijos”, cuenta.
La noticia representaba mucho más que una cirugía. Era la posibilidad de perder una parte del futuro que había construido en su imaginación, un proyecto de vida que hasta entonces había dado por sentado.
Los estudios realizados en la Caja Costarricense de Seguro Social determinaron que la lesión medía aproximadamente siete por seis por cuatro centímetros, un tamaño considerable.
En medio de las consultas, Mandy comenzó a conversar con su oncólogo sobre las posibilidades de reconstrucción. Hablaron de aspectos relacionados con el procedimiento e incluso de detalles como la posibilidad de tatuarse el pezón.
Ella intentaba comprender cómo sería su cuerpo después de la cirugía y qué alternativas tendría para recuperar su apariencia. Sin embargo, una pregunta de su padre cambió el rumbo de aquella conversación.

La posibilidad de morir que apareció de repente
Mientras Mandy hablaba sobre la reconstrucción, él quiso saber cuál era la expectativa de vida de su hija. El médico respondió que todavía no podía establecerlo porque necesitaba más estudios, pero la pregunta hizo que Mandy se enfrentara por primera vez a una posibilidad que hasta entonces había mantenido lejos de sus pensamientos: podía morir.
Al salir de aquella consulta, Mandy lloró junto a su padre. Le pidió que no volviera a preguntarle delante de ella cuánto tiempo podía vivir. No quería concentrarse en una cifra que nadie podía ofrecerle todavía.
Necesitaba enfocar sus energías en aquello que sí podía hacer: seguir las indicaciones médicas, prepararse para el tratamiento y avanzar paso a paso. Aquel fue, según recuerda, el único momento en el que sintió que realmente se derrumbó.
Entre lágrimas, se preguntó por qué le estaba ocurriendo aquello si había procurado cuidar su salud y ser una buena persona. La pregunta, sin embargo, comenzó a transformarse en medio de esa conversación.
Perder uno de sus pechos
A partir de entonces, Mandy resolvió hacer todo lo que estuviera a su alcance. Los resultados de los estudios posteriores comenzaron a ofrecerle noticias alentadoras. A pesar del tamaño de la lesión, los médicos determinaron que el tumor estaba encapsulado.
Además, las pruebas genéticas no encontraron alteraciones que justificaran retirar ambos senos. Finalmente, solo necesitó una mastectomía del pecho izquierdo y no tuvo que someterse a quimioterapia ni radioterapia. Entre el diagnóstico y la cirugía transcurrieron menos de tres meses.
Todo ocurrió con rapidez, aunque para ella cada jornada estuvo cargada de incertidumbre. La posibilidad de perder un seno, a una edad en la que apenas comenzaba la vida adulta, significaba enfrentarse a una transformación física que no había elegido y para la que necesitaba prepararse emocionalmente.
La fe antes del quirófano
Durante las semanas previas a la cirugía, Mandy encontró en su fe una forma de enfrentar la incertidumbre. Rezaba el rosario, meditaba y buscaba diariamente espacios de oración.
Su relación con Dios adquirió un significado distinto, especialmente al comprender que había circunstancias que podía controlar y otras que estaban completamente fuera de sus manos.
Podía cuidar su alimentación, mantenerse activa dentro de sus posibilidades, seguir las indicaciones de los médicos y cumplir con los controles. Lo que no podía controlar era el resultado de cada examen ni la manera exacta en que evolucionaría la enfermedad.
Aprender a distinguir entre ambos escenarios le permitió concentrarse en el presente y reducir, en la medida de lo posible, la angustia que le generaba pensar en todo lo que todavía no sabía.
Mandy asegura que durante aquel período experimentó una tranquilidad que la sorprendía incluso a ella misma. Se considera una persona impulsiva en otros aspectos de su vida, pero durante el cáncer sintió una paz que le permitió atravesar las distintas etapas con mayor serenidad.
No interpretaba la fe como una garantía de que todo sucedería de la manera que deseaba, sino como una forma de aceptar las dificultades y continuar avanzando.
“Si yo confiaba en Dios para recibir todas las cosas buenas que me había dado, también tenía que aprender a confiar en Él en los momentos difíciles”, dijo Mandy.
Esa actitud no eliminó las preguntas ni el temor, pero le ayudó a enfrentar la cirugía con una sensación de entrega y confianza. Sabía que su cuerpo cambiaría y que todavía había aspectos del tratamiento que desconocía, pero estaba dispuesta a hacer lo necesario para cuidar su vida.
Amanda llegó al quirófano sin saber exactamente cómo despertaría. Dependiendo de los hallazgos durante el procedimiento y de las decisiones médicas, podía salir con un implante, con expansores o sin una reconstrucción inmediata.
Aquella falta de certezas era difícil, pero no logró desplazar la tranquilidad que había construido durante los meses anteriores. Su mayor temor no era únicamente el dolor de la operación, sino la sensación de que, al despertar, su imagen corporal habría cambiado para siempre.
“Yo tenía miedo de que esa fuera la última vez que viera mi cuerpo como lo conocía. Sabía que cuando despertara todo iba a ser diferente”, recuerda. A los 24 años, enfrentarse a una mastectomía implicaba despedirse de una parte de su cuerpo con la que había crecido y aprender, a partir de entonces, a relacionarse con una nueva imagen.
La primera vez frente al espejo
Al día siguiente de la mastectomía llegó uno de los momentos que más temor le habían generado durante todo el proceso: verse por primera vez. Mandy decidió hacerlo sola.
Quería experimentar su propia reacción sin tener que aparentar fortaleza frente a otra persona, responder preguntas o tranquilizar a quienes la acompañaban.
Necesitaba un espacio íntimo para descubrir cómo se sentiría al encontrarse con una imagen diferente. Antes de mirarse, rezó y agradeció por lo que estaba viviendo.
En ese momento, intentó recordar que la cirugía no era el final de su historia, sino una parte del camino que debía recorrer para seguir adelante. Se convenció de que aquella experiencia podía conducirla hacia una vida larga y feliz, aunque todavía no supiera exactamente cómo sería esa nueva etapa.
Cuando finalmente se miró, descubrió que la realidad era distinta de las imágenes que había construido en su cabeza. Le habían colocado expansores y le habían retirado el pezón del seno izquierdo, pero su reacción no fue de rechazo hacia su nueva apariencia.
En lugar de sentirse devastada por el cambio físico, experimentó una profunda gratitud y rompió en llanto mientras daba gracias a Dios.
“Yo pensaba que me iba a impactar muchísimo verme así, pero cuando me vi, lo que hice fue darle gracias a Dios”, cuenta. Aquella experiencia no significa que una mastectomía carezca de consecuencias emocionales o que todas las mujeres vivan el proceso de la misma manera.
En el caso de Mandy, sin embargo, ese primer encuentro con su imagen corporal se convirtió en un momento decisivo para comenzar a aceptar la transformación.
Una nueva etapa
Con el paso del tiempo y los buenos resultados de sus controles, Mandy comenzó a identificar las lecciones que le había dejado la enfermedad. Una de las principales fue descubrir que podía enfrentar situaciones difíciles con una fortaleza que no sabía que tenía.
Entendió que los problemas no desaparecen simplemente porque una persona decida tener una actitud positiva, pero que la manera de afrontarlos puede influir en cómo se vive cada etapa.
“La diferencia no está en que uno no tenga problemas. Está en la actitud con la que decide enfrentarlos”, afirma. Esa idea comenzó a acompañarla en otros ámbitos de su vida.
El cáncer le había mostrado una parte de sí misma que antes no conocía y la había obligado a replantearse algunas de las inseguridades que, hasta entonces, podían ocupar demasiado espacio en sus pensamientos.
La mastectomía tampoco destruyó su autoestima. Paradójicamente, Mandy asegura que su autoimagen mejoró. El cáncer le hizo comprender que su cuerpo es mucho más que su apariencia y que tiene una capacidad enorme para resistir, recuperarse y acompañarla en circunstancias difíciles.
Una historia que salió de la habitación
Mucho antes del cáncer, Mandy había sentido el deseo de crear contenido y comunicarse con otras personas. En 2020, después de un accidente de tránsito, decidió abrir un canal de YouTube porque siempre había soñado con tener visibilidad y desarrollar proyectos relacionados con la comunicación.
Durante la pandemia publicó videos con constancia, pero la audiencia no llegó como esperaba. Prácticamente nadie veía sus contenidos y, con el tiempo, terminó abandonando el proyecto.
La creación de contenido quedó en pausa mientras Mandy continuaba con sus actividades y sus planes personales. No imaginaba que, años después, una experiencia que al principio le produciría miedo y desconcierto terminaría dándole una nueva razón para retomar aquella iniciativa que había dejado atrás.
Cuando recibió el diagnóstico, Mandy trabajaba en un colegio. Antes de retirarse, solicitó la oportunidad de impartir una charla a estudiantes para contarles lo que estaba viviendo y conversar sobre las inseguridades y la importancia de poner ciertas preocupaciones en perspectiva.
La reacción de los estudiantes y de los profesores la sorprendió. Encontró interés y sensibilidad en sus palabras, y aquella experiencia la hizo pensar que su capacidad para comunicar podía utilizarse para algo más que compartir anécdotas.

Su testimonio en redes sociales
Mandy grabó un video en el que contó su experiencia con una intención concreta: que, si algún día otra mujer joven, en cualquier parte del mundo, buscaba información sobre cáncer de mama, pudiera encontrar su historia y sentirse menos sola.
Lo publicó en YouTube y también lo fragmentó para compartirlo en TikTok e Instagram, sin esperar que tuviera una gran repercusión.
No estaba pensando en convertirse en una figura pública ni en desarrollar una carrera a partir de su enfermedad. Simplemente quería contar lo que había vivido y dejar una huella que pudiera servirle a alguien más.
Sin embargo, aquel video se convirtió en el primero de sus contenidos en alcanzar una gran audiencia. Poco a poco comenzaron a llegar mensajes de personas de distintos países, algunas de las cuales se identificaban con su fe, tenían familiares con cáncer o habían encontrado una lesión y no sabían si debían acudir a una consulta médica.
Entre los mensajes que más la marcaron estuvieron los de jóvenes que, después de ver su historia, decidieron hacerse una revisión y posteriormente le contaron que su cáncer había sido detectado a tiempo.
Mandy es consciente de que ella no tuvo una relación directa con esos diagnósticos y no se atribuye el mérito de sus resultados.
Sin embargo, escuchar esos testimonios reforzó una idea que había comenzado a construir durante su enfermedad: que su experiencia podía tener un propósito más allá de ella misma.
Aquello que inicialmente había sido una vivencia íntima y dolorosa estaba ayudando a abrir conversaciones sobre el cáncer de mama en mujeres jóvenes y sobre la importancia de prestar atención a los cambios en el cuerpo.
Su historia comenzó a circular por lugares que nunca había imaginado y a llegar a personas que, como ella en algún momento, necesitaban encontrar una voz con la que pudieran identificarse.
Cuando el propósito se convirtió en profesión
La exposición que alcanzó en redes sociales comenzó a abrirle nuevas oportunidades. Una marca la contactó para convertirla en imagen de una campaña relacionada con el cáncer de mama y, posteriormente, otras empresas empezaron a invitarla a dar charlas.
Mandy descubrió que su experiencia como paciente también podía convertirse en una herramienta de comunicación. Las oportunidades llegaron de manera progresiva y le permitieron explorar una faceta profesional que siempre había deseado desarrollar.
Finalmente, Mandy decidió apostar profesionalmente por las redes sociales. Con el respaldo de su esposo, se propuso asumir la creación de contenido como un trabajo de tiempo completo durante un año. El proyecto comenzó a crecer, llegaron colaboraciones con marcas y surgieron oportunidades para organizar eventos dirigidos a mujeres.
También retomó su faceta empresarial y abrió un estudio de pilates junto con una amiga. Actualmente, su trabajo combina la creación de contenido, las conferencias, los eventos y los emprendimientos.
Su vida profesional ya no se parece a la que tenía cuando recibió el diagnóstico, cuando apenas comenzaba a construir sus negocios y no sabía qué rumbo tomaría su vida después del cáncer.
Mandy reconoce que la enfermedad no fue una experiencia que hubiera elegido. No obstante, considera que el proceso le permitió redefinir sus prioridades y descubrir una dirección que no había logrado identificar con tanta claridad antes. El cáncer no solo modificó su cuerpo y su rutina, sino también la forma en que quería utilizar su tiempo y sus capacidades.
El miedo a que regrese
Cuatro años después del diagnóstico, Mandy reconoce que el cáncer sigue presente como una preocupación. Aunque procura no vivir dominada por el miedo, la posibilidad de que la enfermedad regrese continúa formando parte de sus pensamientos.
Hay momentos en los que esa incertidumbre se hace más evidente, especialmente cuando piensa en el futuro y en los planes que desea construir.
La maternidad es uno de ellos. Mandy conservó el seno derecho porque quiere mantener la posibilidad de ser madre y, eventualmente, intentar amamantar.
Es un deseo que continúa ocupando un lugar importante en su vida. Su intención es formar una familia y, después de tener los hijos que Dios le permita, considerar una mastectomía preventiva para sentirse más tranquila, una posibilidad que contempla a futuro en función de su historia familiar y de sus propias inquietudes.
“El miedo puede estar pero ahora soy una mujer más fuerte, más completa y siento que mi vida tiene un propósito mayor que pretendo llevar a cabo con la guía de Dios que es el que me ha permitido llegar hasta donde estoy hoy”.
