Revista Dominical

Tinta fresca: Cambiar la historia

A todas mis amigas y conocidas, a TODAS, les han gritado groserías en la calle y las han tocado o tratado de tocar sin su consentimiento

Ilustración: Daniel Solano
Ilustración: Daniel Solano

Cuando tenía seis años, un tipo de mi barrio trató de violarme: me metió por la fuerza a su

casa, me llevó por la fuerza hasta su cuarto, forcejeó con mi pantaloneta mientras me decía al oído cosas horribles, babosas, con la lengua pastosa de los borrachos. ¿Usted cree que yo hubiera querido que un extraño fuera EL PRIMER HOMBRE que tocara mi vagina? Hicimos una denuncia en la oficina del OIJ, mis papás y yo. Me hicieron repetir como un mantra, que me aprendí de memoria y no olvido hasta el día de hoy, toda la declaración, una y otra vez, una y otra vez, frente a personas desconocidas, tratando de dar con la mentira en mi voz, tratando de ver si me contradecía con la declaración anterior. La mano de mi mamá sujetando la mía con firmeza, tratando de decirme que yo no había hecho nada malo: ese es el recuerdo.

Cuando tenía nueve años, iba caminando con mi hermano mayor por el centro de San Isidro del General y el copiloto de un camión de entregas sacó la cabeza por la ventana y me gritó, en la pura cara: “¡Flaca pero rica!”. La vergüenza de mis piernas enclenques, mi pecho plano manifestándose por primera vez en mi conciencia, y la mano de mi hermano sujetando la mía con firmeza: esos son los recuerdos.

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