El periódico llegaba a la casa para los adultos (en teoría), pero por años un niño podría robarle una página antes de que su padre terminara de leerla. Podría ser un suplemento, una historieta, un dibujo, un cuento.
A veces era Zurquí; otras, Tambor. Más adelante sería Hablemos de niños, pensado para los padres; también existía un programa llamado La Nación en el Aula, pensado para que el periódico entrara en la escuela; y, hasta la fecha, Viva, sigue siendo un espacio cálido lejos de la nota dura.
Todas eran distintas puertas hacia una misma idea: que un periódico también puede ayudar a formar lectores, a que niños encuentren curiosidad, juego, que aprendan, pero sobre todo se diviertan.
Son muchos cálidos recuerdos. Que lo diga quien dirigió Tambor y Zurquí, la periodista Ana Coralia Fernández. “Tuve el honor de ser una niña que disfrutaba La Nación de pequeña y cómo la vi pasar de blanco y negro a regalarnos historietas a full color. Era un regalo maravilloso... Recibir el periódico con color era como el hombre llegando a la Luna”.
En su casa siempre compraban La Nación. Cuando decidió estudiar periodismo, los caminos terminaron llevándola hasta el diario: visitó la rotativa, la fotografiaron y publicaron una pequeña nota sobre ella. “De ahí se hizo un cordón umbilical”, cuenta.
Ya adulta, Fernández había trabajado en Radio Nacional en programas para niños, lo que la llevó a ser fichada para Tambor. Zurquí ya existía y ella se incorporó a ese universo infantil desde la innovación. La idea, dice, “era hablarle a niños atentos, despiertos, curiosos, pero no estereotipados. Había que ofrecerles materiales entretenidos sin tratarlos como lectores menores”.
El primer número de Tambor apareció el 23 de marzo de 1986. La publicación combinaba educación, ciencia, cultura, lectura, historietas y pasatiempos. Sus páginas podían llevar a los niños a una entrevista imaginaria con He-Man, el Pitufo Papá, Spider-Man o Ulises 31, pero también a conocer a Cocorí o Marcos Ramírez.
Había textos sobre geografía, historia, tradiciones y ciencia escritos en un lenguaje adaptado a ellos y acompañados de ilustraciones. También había cuentos, poemas, dibujos y espacios para que los propios niños enviaran sus trabajos.
Además, se hablaba de ejercicio, juegos al aire libre, prevención de drogas, cambios durante el crecimiento, medioambiente, discriminación y bullying (aunque no con ese nombre). Niños de distintas provincias escribían para contar experimentos, enviar recetas, preguntar por temas que querían ver en la revista. “Tambor intentaba entrar en el mundo cotidiano de sus lectores para, desde allí, abrirles otras ventanas. Ahora el tiempo nos dio la razón”, dice Fernández.
Ella recuerda especialmente las series educativas sobre los parques nacionales y las provincias de Costa Rica, que llegaban en pequeños cuadernillos, y Protagonistas de la historia, con personajes y fechas de la historia nacional. Ana Coralia visitaba escuelas, cuenta, “para saber qué veían, qué productos consumían, qué les interesaba y qué querían preguntar. “Era un sueño”.
Zurquí había llegado antes. Nació el 16 de enero de 1979 pensada para niños de primero a sexto grado.
Con los años, Zurquí se convirtió en la esencia de los miércoles. Sus páginas llevaban cuentos, acertijos, juegos, manualidades y actividades; la ilustración fue una de sus grandes fortalezas y por allí pasaron artistas como Vicky Ramos, que comenzó a dibujar para el suplemento cuando tenía 19 años, además de Marco Morales, Félix Arburola, Álvaro Borrásé, Camila Iglesias y Milena Herrera, todos referentes actuales de la ilustración.
La relación tampoco terminaba en la página impresa. Leamos con Zurquí llevó clubes de lectura a distintos lugares del país; en el periodo documentado llegó a tener alcance nacional. “Era muy lindo porqueq luego uno iba de gira a una escuela unidocente en la ruralidad y veía que tenían páginas pegadas en las paredes. Fue algo muy hermoso”, resume Ana Coralia.
Salto a las aulas
Para Eduardo Ulibarri, quien dirigía La Nación durante buena parte de aquella época, todas esas iniciativas formaban parte de algo más amplio.
La apuesta, recuerda Ulibarri, consistía en hacer de la lectura algo lúdico sin perder la metodología y en mantener una relación con los programas del Ministerio de Educación Pública. “El periódico podía convertirse así en “una ventana más refrescante para el aprendizaje”, explica.
“Por supuesto, también había una estrategia, una intención de largo plazo: formar a los lectores del futuro”, asegura.
Zurquí, incluso, llegó a convertirse en un motor de circulación: durante una época, los miércoles estuvo entre los tres días de mayor circulación del periódico precisamente por el suplemento. “Me complace mucho la huella que marcaron estos espacios para impulsar la lectura y la curiosidad en el afán del conocimiento hacia los niños, y también de facilitar herramientas para el sector docente. Mi mamá toda la vida fue educadora así que es satisfactorio que un periódico pudiera aportar en la búsqueda activa del conocimiento”, explica Ulibarri.
El consagrado escritor Carlos Rubio recuerda cuando Ana Coralia Fernández lo sorprendía con lo que le correspondía hacer: un día tenía que hacer una receta y probarla; otro día escribir un poema. “Todo eso me ayudó a convertirme en el profesional que quería ser”, rememora.
Rubio trabajó en planilla de Tambor entre 1989 y 1992 y en Zurquí fue colaborador frecuente.
Tantas décadas después, destaca que si bien, en aquel entonces, La República tenía un suplemento llamado Aprendamos, estas revistas nunca fueron creadas como una “competencia, sino como un apoyo a maestros, familias y niños.

“Grupo Nación se ha preocupado por esa formación en el campo estético. No solo de formar lectores que tengan capacidad crítica sino que tengan un goce hacia el humanismo. Esas caracteristicas son importantes para insertarse en una vida democratica: en la medida que distingamos lo bello, lo amable, lo bondadoso, podemos aspirar a ser mejores ciudadanos y eso se cultiva desde pequeño”, reflexiona. También destaca que La Nación hizo en los noventa fuerte campaña para favorecer la lectura, lo que incuía talleres y encuentros tipo campamento en tiempos de vacaciones escolares, aunado a las publicaciones de libros ilustrados Leer para disfrutar.
Aunque estos espacios desaparecieron (Tambor tuvo sus últimas emisiones en hacia finales de los noventa y Zurquí hacia finales del 2000), aún existe una sección vinculada con la niñez, una que en abril próximo soplará los 40 calendarios.
Se trata de Viva, revista que nació con una agenda cultural y de entretenimiento más amplia, y que hacia finales de la década del 2010 pasó a integrarse al Cuaderno A de La Nación. Desde allí también ha funcionado como una puerta de entrada para los lectores más jóvenes (en su diagramación siempre ha primado las fotografías, las gráficas y los colores, a diferencia de las otras secciones del periódico donde la protagonista es la nota “más dura”). También ha sido una hoja de consulta para los padres que buscan qué hacer con sus hijos.
También, Viva también parte de la tradición que traía Teleguía, que durante décadas acompañó la programación de la pantalla chica (este suplemento fue cerrado en 2018). Además, a la fecha Viva conserva una página dedicada a pasatiempos e historietas, un pequeño territorio al que el lector puede entrar por curiosidad, juego o simplemente por el placer de encontrarse con algo distinto entre las habituales abrumadoras noticias.
“Como editor y padre de familia, pienso que Viva ha sabido ganarse un lugar especial en la vida de los más chicos de la casa, conectándolos con la cultura y el entretenimiento de una manera natural y entretenida”, cuenta Alexánder Sánchez, quien ingresó al periódico a comienzos de la década de 2010. Fue redactor de cine en Viva, también escribió en Teleguía y hoy edita la sección.
“Además, es importante porque guía a los padres con reseñas de cine y series, y con una agenda cargada de planes y eventos familiares para compartir. Y, al mismo tiempo, sus historietas y pasatiempos diarios les dan a los niños un espacio propio para divertirse, leer y acercarse al periódico desde muy temprano”.
Para Carlos Rubio, la relación entre La Nación y la niñez tiene además otro espacio vigente a destacar: el suplemento Áncora.
“Antes de Áncora, ya se abría espacio para discutir de literatura para niños en la sección de Opinión, como ocurre a la fecha, pero con Áncora fue muy especial porque encontrabas, por ejemplo, publicaciones de la doctora Emma Gamboa, críticas a Cocorí de Joaquín Gutiérrez, reflexiones de Fábula del Bosque de Centeno Güell. En ese tiempo había un ecosistema en el que esta literatura no era considerada arte. Que La Nación abriera estos espacios lo deja muy bien parado en la historia”.
Rubio también destaca que Áncora “ha mostrado la apertura para presentar articulos sorbre teoría crítica e historia de la literatura costarricense y universal... Ha llenado un campo porque francamento otros espacios lo omiten y dicen que esto no merece ser estudiado pero a mí nunca se me ha negado un artículo relacionado a lo infantil”.
La Nación ha encontrado, a la fecha, maneras de reservar una esquina (o varias) para quienes todavía están aprendiendo a mirar el mundo.
Desde quien escribe estas líneas (que aprendió a leer gracias a estas páginas) hasta el niño o la niña que mañana leerá alguna nota —¿lo hará en el impreso o en un teléfono?—, La Nación ha estado servida, disponible para que alguien la tome, la abra y descubra.
Y quizá lo más entretenido de esta historia sea pensar que, muchas veces, antes de que ese niño sepa que está empezando a leer La Nación, ya habrá encontrado una razón para no soltarla.
