Revista Dominical

Historia de una amistad inolvidable y muy josefina

Remembranza de la ciudad de San José de principios de los años 40, desde las vivencias de dos niñas que, hace 76 años, se graduaron del sexto grado de la escuela Juan Rafael Mora Porras

Corría el mes de marzo de 1940 y un par de avispadas niñas casi no habían podido conciliar el sueño. Desde temprano, ambas estaban listas para asistir a su primer día de clases.

Con sus uniformes aplanchaditos, zapatos limpios, bultos listos y repletas de ilusión; se apresuraron a caminar el kilómetro y medio de sus casas en Barrio Cuba, tomaron la calle 20, cruzaron la línea del tren y pasaron por el Barrio Bolívar.

Luego, las niñas subieron la cuesta de El Bebedero, cruzaron la avenida 10, tomaron la acera del Cementerio Extranjero, recorrieron el Barrio Santa Lucía, pasaron por el costado oeste del Hospital San Juan de Dios hasta el Paseo Colon -la vía más elegante del país- y brincaron sobre la línea del tranvía. Finalmente, caminaron una cuadra al oeste y les quedó de frente la imponente y hermosa escuela donde todo era grande, muy grande.

Las cuatro gradas amplias, las ocho interminables columnas sosteniendo el frontón triangular, aquella inmensa puerta, los hermosos mosaicos del piso brillante de limpios, sus corredores y el inmenso patio interior: las niñas estaban por fin dentro de la Escuela Juan Rafael Mora Porras, inaugurada tan solo cinco años antes por el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno, en 1935. Aquel inolvidable primer grado se les fue muy rápido, la mayor ilusión fue aprender a escribir y leer bajo el cuidado y perseverancia de la maestra Emilce Molina.

Durante los próximos seis años aquellas niñas asistirían puntualmente a la escuela, obteniendo el conocimiento del abecedario, la fonética, formación de palabras, leer textos, cuidar la caligrafía, consolidación del vocabulario y la dicción. También aprendieron el reconocimiento de las cantidades numerales y las operaciones básicas. Además recibieron la formación cívica, el reconocimiento de los elementos patrios y la identidad nacional. Vivir en sociedad, adaptándose a las reglas y normas, fue otro punto importante de su experiencia escolar.

El entorno físico entre sus casas y la escuela, así como el rico tiempo histórico que les tocó vivir, despertó curiosidad en ellas y era motivo de los comentarios de sus padres. La suma de todo ello, sin duda, ayudó a formar a las protagonistas de la historia: las niñas Ligia Palma Solano y Claudina Mora Cascante.

A la salida de la escuela, el Paseo Colon les debió parecer una vía muy amplia y diferente a las otras calles. Al observar al oeste, las pequeñas se encontraban con el obelisco -inaugurado en 1932-, el monumento dedicado a Cristóbal Colon con sus 10 metros de altura y cuatro caras adornadas al pie con cuatro placas de bronce alusivas al descubrimiento de América. Aquella avenida pavimentada con cemento con sus tres vías -dos para vehículos y una para el tranvía-, fue decorada con postes de dobles lámparas de alumbrado, áreas verdes con poyos, arbustos y aceras a lo largo de las catorce cuadras, de cien varas de longitud cada una.

Las residencias a lo largo del Paseo Colón eran de comerciantes y de profesionales en diversas ocupaciones. También había embajadas y consulados de muchos países constituyéndose en una de las áreas más elegantes de la ciudad.

Vivencias

Como era costumbre, las maestras de la Escuela Juan Rafael Mora Porras permanecían con el grupo todos los seis años. Las aulas se compartían en horarios alternos con los varones. Para el segundo y tercer grado le correspondió acompañar al grupo a la maestra Mireya de Solórzano.

Con el tiempo, a las niñas les agradaba la importancia que la escuela le daba a las actividades culturales, donde ser organizaban frecuentes presentaciones de drama, poesía y musicales para conmemorar las fechas cívicas y otras celebraciones del calendario escolar. El salón de actos era el magnífico escenario para realizarlas.

Inolvidables eran los paseos escolares atravesando Barrio México y descendiendo luego a las márgenes del Río Torres, donde se disfrutaba de algunos playones y áreas verdes para observar patos, en unas aguas que para la época aún se mantenían limpias. Las maestras utilizaban el paisaje para que las alumnas practicaran el dibujo.

Al inicio del cuarto grado, al grupo de Ligia y Claudina llegó una noticia que las llenó de profunda tristeza: la niña Mireya de Solórzano había muerto y fue sustituida por la niña Clemencia Porras, quien sería la maestra los próximos tres años.

Los niños de la Escuela Juan Rafael Mora provenían de caseríos cercanos: Barrio México, Pitahaya, Don Bosco, Santa Lucía. Aprovechando el prestigio que iba adquiriendo la institución concurrían alumnos de todas las clases sociales y diversas extracciones religiosas. Al centro de estudio, además, acudían también algunos extranjeros establecidos en el país; muchos habían huido del horror que se daba en Europa con motivo de la Segunda Guerra Mundial.

Por cierto, en diciembre de 1941, el gobierno costarricense había declarado la guerra a los países denominados del Eje: Alemania, Italia y Japón. Por este motivo, al inicio del curso lectivo de 1942, los alumnos y personal de la escuela temían ser bombardeados. En esa línea, las autoridades habían dispuesto de un sótano como refugio, así que en muchas ocasiones se efectuaron pruebas de evacuación. De alguna manera los comentarios de maestros y padres sobre la guerra y sus consecuencias despertaban la curiosidad de los escolares.

Uno de los paseos inolvidables era caminar hasta La Sabana para disfrutar de las áreas verdes, así como del elegante edificio del aeropuerto recién inaugurado en 1940. Subir a la azotea para divisar algún avión y permanecer en el inmenso interior de la terminal fueron experiencias inolvidables.

Los regresos a casa, que hacían juntas las niñas Ligia y Claudina, nutrió de grandes recuerdos a las pequeñas. Al llegar a la esquina suroeste del Cementerio de Extranjeros, en calle 20 y avenida 10, ambas se detenían para observar el paso de algún cortejo fúnebre.

Los fuertes e imponentes caballos negros con sus ornamentos tirando de la carroza fúnebre, con vidrios que permitían observar el ataúd y coronas de flores guindando a los costados del carruaje se quedaron en sus memorias. Había que sumar a la escena el conductor, que desde un alto sillín y su sombrero de copa guiaba, junto a sus colaboradores, la conducción de los animales.

Con mucha emoción se integraban a la comitiva hasta el Cementerio General y después salían en carrera para evitar llegar tarde a sus casas. En una oportunidad esperaban con curiosidad un cortejo, cuando consternadas observaron a doña Mencha, la maestra, quien les dirigió una fuerte mirada.

Cruzaron la avenida 10 rápidamente y luego, en carrera, llegaron sofocadas a la casa. Al día siguiente iban muy preocupadas y tenían razón. A mitad de la mañana la niña Clemencia les pidió ponerse de pie y, delante de toda la clase, las reprimió verbalmente. La maestra les advirtió que no debían distraerse ni atrasar el viaje a casa, aunque estuvieran en quinto grado.

El sexto grado pasó rápido. Con los últimos conocimientos y experiencias adquiridas prepararon el acto de graduación organizando una obra de teatro, poemas y los recuerdos de una niñez inolvidable.

Claudina y Ligia aún se mantienen en comunicación para rememorar aquellos tiempos. Hace 76 años que eran compañeras de escuela y hoy, con gran cariño, siguen siendo compañeras de la vida.