Si jugáramos una trivia de Costa Rica, de seguro que “playas” y “volcanes” serían dichos. Quizás luego “monos” o “lapas”, y alguien hablaría mucho del mar. Tenemos instaurada la idea de que el país es “verde”, pero aunque ese color predomina nuestras calles y patios, no siempre ha sido así.
No hace mucho tiempo, hace 50 años, Costa Rica se asemejaba más a un potrero que a un sitio idílico donde los turistas recargan energías. Claro que tenía sus curvas y sus valles, y también lo decoraban arroyos, pero estaba casi abandonado, desatendido. No existía, en uno de los pocos países donde hoy se puede beber agua potable del tubo, legislación ni amplio conocimiento sobre cómo proteger los tesoros naturales.
Para llegar adonde estamos y usar esa consigna de “país verde”, primero tuvo que suceder un acuerdo tácito en la población. Y la historia de cómo se construyó, lejos de ser lineal, es mejor contarla como si se pelara una cebolla: por capas.
La Costa Rica sin bosque
Por allá de 1948, luego de que las calles costarricenses quedaran pisadas por la guerra, los gobiernos se propusieron modernizar el país. Y en medio de reformular el sistema comercial y productivo, sus habitantes escuchaban motosierras: al ser la ganadería vital para la economía, se ocupaba tierra plana, deforestada.
Avanzados los años, cuando muchos ya se dedicaban al ganado, estalló la peor crisis económica vista en Costa Rica. Y al salir de este debacle, que dejó profundas huellas en lo social, también se manchó la biodiversidad: para 1987, el país llegó a tener solo un 21% de cobertura forestal, de acuerdo con el Sistema de Información de Recursos Forestales del Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sirefor-Sinac).

Para entonces ya existían esfuerzos, tanto colectivos como institucionales, por resguardar los destellos verdosos y multiplicarlos. Algunos vinieron del extranjero, en forma de científicos de la Organización para Estudios Tropicales (OET) que investigaban las especies nativas, y otros surgieron a nivel local.
En ello fueron pioneros el biólogo Álvaro Ugalde Víquez y el agrónomo Mario Boza Loría, quienes tomaron las riendas del Servicio de Parques Nacionales (SPN) cuando todavía era parte del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), a falta de una institución enmarcada en lo ambiental.
Así que limpiar los trillos y demarcar el camino para declarar ciertas áreas como protegidas fue laborioso, según recuerda Anny Chaves, presidenta del Colegio de Biólogos de Costa Rica.
Para que el Estado decidiera cómo hacerlo y que los ciudadanos aprendieran a sembrar plantas en casa, se necesitaron múltiples opiniones en periódicos, largas conversaciones en el plenario y movimientos comunitarios en consenso.
El primer paso se dio con el área de conservación Cabo Blanco, creada en 1963. Luego vendrían, declarados como parques nacionales, el volcán Poás, Tortuguero, Santa Rosa y Manuel Antonio. Y su mejoramiento fue paulatino, porque hubo un tiempo en que se “protegían” sin los rótulos que hoy avisan que allí no se debe dejar basura.
“Primero fueron lugares muy icónicos y ya después fue un proceso más ordenado, donde decíamos: ‘Nos falta un área marina, nos falta tal zona’”, cuenta Chaves.

Cambiados los aires, aquel modelo de vender carne barata quedó en el olvido ―potenciado por una serie de regulaciones que obligaba a medir la cantidad de plaguicidas― y en su lugar se instauró una economía de servicios, que hacía guiño a la biodiversidad.
La reforestación de Costa Rica, entonces, se apoyó de políticas como el pago de servicios ambientales, que dotaba a la ciudadanía con financiamiento a cambio de restaurar y proteger el recurso hídrico de los bosques, así como los canjes de deuda y la Estrategia de Desarrollo Sostenible.
También influyeron ciertas reformas a la Constitución Política, como la reformulación de su artículo 50, que establece el derecho a un ambiente sano y ecológicamente equilibrado.
“Si a mi vecino lo estaba afectando una chanchera, yo no podía ir y decir que al vecino lo afectaba la chanchera, sino que el vecino tenía que ir a defenderse. Con este cambio, ya cualquier persona podía gestionar en función de ese daño ambiental, siempre y cuando demostrara que era un daño ambiental. Por eso hoy hay tantísimos recursos de amparo ambientales”, agrega Chaves.
La Ley Órganica de Ambiente, que creó instituciones como la Secretaria Técnica Nacional Ambiental (Setena), también sentó la obligatoriedad de realizar estudios de impacto ambiental. Otras reformas a la Ley Forestal permitieron robustecer el sistema de parques nacionales, que tomó inspiración en el modelo estadounidense.
Al mismo tiempo, la educación ambiental tuvo que permear en las comunidades, las organizaciones y las empresas privadas para convertir a la biodiversidad en motivo de orgullo.
“Todo eso influyó en que Costa Rica se convirtiera en un pueblo turístico, en que sea una atracción venir al país por ver naturaleza. Eso terminó de completar y explicar por qué se logra revertir este proceso de pérdida de bosque”, añade Chaves.
Y gracias al aporte de publicaciones de universidades, revistas, organizaciones y museos, tanto locales como regionales, el pin de Costa Rica en el mapa se torna dorado.
Engordar a la gallina de los huevos de oro
Podría decirse que la gallina de los huevos de oro de Costa Rica ―el turismo― nació en un corral de la Primera República, bordeada de gente descalza que, en su mayoría, pasaba sus días en bananales o cafetales.
Y pese a que caminaba en una tierra donde solo residían medio millón de habitantes, esa gallina creció tanto que, para 1931, fue necesario fundar la Junta Nacional de Turismo, hoy Instituto Costarricense de Turismo (ICT).
Allí se discutían todo lo relacionado con recibir a los visitantes extranjeros, que eran muy pocos: comerciantes, profesionales y personas con alto poder adquisitivo, principalmente estadounidenses, que llegaban por barco o en los primeros vuelos comerciales. Sus recorridos se concentraban en San José y Puntarenas, según detalló el ICT a Revista Dominical, y estaban más relacionados con trabajo que con ocio.

“El país volvió a ver lo que hacían lugares como México, el Caribe o Estados Unidos —que ya promovían sus hoteles y carreteras— y aprovechó esas buenas ideas de ellos. Con los años, Costa Rica le dio su propio sello al modelo, enfocándose en la naturaleza y el cuidado del ambiente, un modelo turístico sostenible y sello que se mantiene hasta estos días”, manifestó la institución.
El público de entonces, que se quedaba poco tiempo en las ciudades, dista del actual: familias, mochileros y pajareros “superinformados”, que buscan ver un perezoso en las ramas o ballenas “saltando”.
Con el paso de las décadas, Costa Rica encontró en sus 51.100 km² una oferta capaz de distinguirlo de otros destinos de la región. El mayor impulso llegó en los años 90, cuando apostó por el turismo ecológico y desarrolló programas de sostenibilidad, entre ellos el Certificado para la Sostenibilidad Turística (CST), para ofrecerse como un “destino verde”.
Costa Rica protege un 5% de la biodiversidad mundial. Esa afirmación casi parece una frase publicitaria, pero no tiene márgenes de error (...). Nosotros no lo vemos porque vivimos acá, pero este país es verdaderamente excepcional a nivel biológico
— Gerardo Ávalos, biólogo de la UCR
Miel sobre hojuelas
Eso sí, la transformación de un país ampliamente deforestado a uno que hoy tiene más del 60% cubierto con bosque ―según el Sirefor―, no ocurrió sin resistencias.
Si bien el ordenamiento de la áreas protegidas consiguieron integrarse a la oferta turística, su establecimiento también abrió una larga historia de conflictos con las comunidades.
“Todo era miel sobre hojuelas porque se hacían expropiaciones que no se pagaban a tiempo, además de restricciones de uso”, explica Gerardo Ávalos, biólogo y docente de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Inevitable fue que las hojas también empezaran a caer como si trajeran signos de dólar: donde la apreciación a la flora y la fauna son el sustento de cientos de familias, también se discuten megaproyectos a manos de corporativas que buscan aprovecharse de sus recursos.

“Ahorita la filosofía es: si no produce plata de forma inmediata no es valioso. Estamos en este inmediatismo de monetización que nos hace ver el corto plazo, cuando nosotros tenemos que irnos décadas atrás, porque estos son conquistas generacionales”, señala el biólogo Ávalos.
La problemática se agrava, a su juicio, por el debilitamiento de la presencia institucional en materia ambiental mientras el narcotráfico se escabulle por las ramas.
Por ejemplo, el próximo año, el Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) enfrentará un recorte presupuestario de 1,886 millones. Revista Dominical consultó a la institución por cuáles rubros, programas e instituciones se verán afectados, pero como respuesta recibió el enlace a una comparecencia de la ministra, Mónica Navarro, en la Comisión de Asuntos Hacendarios del 6 de octubre.
Entre otras cosas, allí dijo que no se destinarán recursos para recuperar la presencia policial en áreas protegidas ni detener la tala ilegal, la minería y el narcotráfico en la zona sur. En su lugar, aseguró que financiará la seguridad con cooperación internacional.
“Un país debe desarrollarse en muchos frentes. Si nosotros desarrollamos únicamente turismo, nos convertimos dependientes de esa fuente de ingreso. También, todos los beneficios que generan las áreas protegidas los estamos perdiendo por el narcotráfico”, señala Ávalos.
“El narcotráfico está destruyendo el tejido social. Porque en áreas que antes dependían del turismo, ahora ofrece una fuente de ingresos alternativa. ¿Y qué está sucediendo? Está destruyendo la conexión entre comunidades y parques. Eso lo vemos en el Caribe Sur. Hay áreas donde los guardaparques ya no entran".
Al mismo tiempo, los océanos se calientan, las lluvias son cada vez más intensas y los golpes de calor atacan nuestra salud. Lo que nos queda, a quienes seguimos jugando la trivia, es recordar cómo se germinó nuestro “país verde”.
Tener dos océanos a los pies no es una dicha que deba tomarse como gratuita: si bien relaja estar ante sus brisas, no podemos, ni debemos, dejar de abrigar la biodiversidad.
“Tenemos que hacer un reality check, vernos al espejo y ver donde estamos parados. Nosotros somos un país pequeño. No tenemos recursos estratégicos, por ejemplo, a nivel de minería. No tenemos petróleo en cantidades industriales, aunque los tuviéramos, ¿quién lo va a explotar? Compañías extranjeras que se llevan el 90% de las ganancias y que nos dejan empobrecidos y con un ambiente destrozado (...) Nuestra estrategia debe ser usar la biodiversidad a nivel de biotecnología, de ciencia de materiales, de una manera que nos permita encontrar nuevos productos".
— Gerardo Ávalos
