A eso de las seis de la tarde —en algún calendario de los años ochenta— Carlos Cortés tomaba su sexta taza de cafe y él sabía, muy fácilmente, que era su sexta servida no porque llevara la cuenta estricta de la cafeína que ingería, sino porque sus manos se ponían a temblar.
A esa hora, la redacción estaba entrando en ese momento extraño en que un periódico deja de ser un lugar de trabajo y se convierte en un ser vivo cargado de nervios.
Había que dejar todo revisado, existía la posibilidad de una exclusiva de último momento, un reportero podía llegar con una historia que cambiara la portada... Los teléfonos sonaban, los editores discutían titulares, alguien corría detrás de una fotografía y, mientras tanto, el reloj avanzaba hacia una hora que parecía acercarse demasiado rápido.
Carlos Cortés conoció bien aquella tensión y en el marco de los 80 años de vida del periódico rememora aquellas cafeteras sin fondo, recuerda las bromas entre los compañeros... Recuerda mucho, pero sobretodo, rememora una época en que el periodismo todavía estaba aprendiendo en qué podía convertirse.

Buscando el rumbo
Cuando Carlos Cortés entró por primera vez a La Nación, en 1982, el periódico era una criatura de papel. Las noticias se escribían en máquinas, y los reporteros llenaban cuadernos. Él entró como asistente de redacción y a los meses pasó a tiempo completo cubriendo Cultura. Tuvo un impasse en el Ministerio de Cultura y al año regresó a la redacción, pero la efervescencia social de los ochenta le apareció como un rabioso caballo que supo que debía jinetear.
Entre 1985 y 1988 trabajó en la revista Rumbo Centroamericano mientras pasaba demasiado: Nicaragua vivía su revolución; El Salvador y Guatemala estaban atravesados por guerras civiles; Costa Rica, aunque intentaba mantenerse al margen, aparecía también en el mapa del trasiego de armas y de las operaciones clandestinas.
Entonces Cortés —quien tenía poco más de veinte años— comenzó a viajar para contar todo aquello. Terminó entrevistando a hombres que parecían pertenecer a otra escala de la historia: Ríos Montt, Daniel Ortega, Humberto Ortega, Vinicio Cerezo... No era poca cosa.

“Me sentí en un libro... Entendías que ibas con la legitimidad que te daba un medio responsable y tenías claro cuál era el compromiso que tenías con los lectores”, recuerda el periodista sobre el nerviosismo de contar todo con la fidelidad que ameritaba.
Después regresó a La Nación y aquella revista pasó a llamarse solo Rumbo (la cual fue antecesora directa de lo que es hoy Revista Dominical). Al tiempo, Cortés dirigió suplementos, estuvo al frente de proyectos, fue jefe de cierre, luego jefe de información y alcanzó a ser jefe de redacción, pero mientras su nombre iba avanzando por el organigrama, también cambiaba aquello que tenía delante de los ojos.
“Estábamos viviendo un momento especial porque el periodismo estaba cambiando. La investigación adquiría fuerza. La crónica encontraba nuevas formas. Los datos empezaban a ocupar un lugar más importante. Y las páginas dejaban poco a poco de ser simples superficies donde se acomodaban columnas de texto”.
La aparición del periodismo investigativo, el interpretativo, el narrativo, el de datos, el diseño gráfico, la infografía, el fotoperiodismo; un crisol de géneros se abría a los ojos de aquella generación y Cortés sentía la fruición de pisar territorio inexplorado.
Una fotografía podía contar algo que el texto no alcanzaba a explicar. Una infografía podía convertirse en una historia. Un diagrama podía reconstruir un suceso. Un asalto bancario podía narrarse mediante un mapa; el secuestro de unos magistrados podía convertirse en una secuencia que permitiera al lector seguir los movimientos y entender aquello que, contado únicamente con palabras, podía resultar confuso. “Todo lo que hoy parece natural en un periódico entonces no lo era”.
Cortés reflexiona sobre el lugar que ocupa hoy un periódico como La Nación en el sentido de existir con todas las posibilidades expresivas.
“Un medio de comunicación es un cuerpo vivo, es un cuerpo social, es una institución y está tan vivo como el resto de la de la sociedad. Lo único que suministra la materia prima del debate democrático, que es la base de la opinión pública, es la información y es un buen periódico, como es el caso de La Nación. De otra manera, no podríamos debatir los asuntos públicos. De otra manera el gobierno y el Estado responderían a una lógica del secretismo y de una cierta corriente autoritaria. Y lo único que puede abrir las puertas al debate, para decirlo de esa manera, es un medio como La Nación, aunque todo cambie”.
La página cambió, los títulos comenzaron a obedecer a las reglas de los buscadores y las métricas dejaron de contarse en ejemplares y empezaron a registrarse en una pantalla. El café continúa, expectante, silente, humeante. Tal vez el periódico cambió de piel, pero no de pulso.
Este texto es parte del especial por los 80 años del periódico La Nación. Puede leer los demás artículos en este link.
