Para contar su historia, la de una periodista pícara e ingeniosa, no basta con empezar con un “Había una vez...”. Para hacerlo, hay que situarse en las aulas, casar los lápices con el papel y darle rienda suelta a la memoria.
Si no es por su nombre, decenas de generaciones la recordarán por los productos que ingenió: cuentos, historietas y dibujos que por quince años se plasmaron en la revista Tambor, el suplemento Zurquí y cualquier otro proyecto didáctico que imprimiese La Nación.
“No hay asunto más serio que la risa”, dice su autora, Ana Coralia Fernández, para luego añadir: “No hay asunto más serio que trabajar para los niños”. Lo asegura con su voz de cuentera y los ademanes que solo acumula una experimentada narradora, al repasar uno de los capítulos más importantes del periodismo infantil criollo.
El 19 de setiembre de 1986 se incorporó al equipo de Tambor, a unos meses del lanzamiento de la revista, con la asignación de llevar el producto a los escuelas y observar su recepción. Y no perdió esa costumbre cuando asumió la dirección del producto, porque al igual que los niños aprendieron de lo que ella escribía, Fernández entendió de sus reacciones que debía hablarles a través del color.
Las páginas impresas bajo su tutela debían ser lo suficientemente divertidas como para que un niño quisiera leerlas, antes que jugar con un trompo o una cuerda, y también lo bastante rigurosas como para que un padre se aconsejara de ellas.
“Éramos unos bichos muy raros”, cuenta entre carcajadas al recordar a su equipo: personas que, antes que periodistas, debían ser creativas. Era indispensable que conservaran su capacidad de asombro y asumieran la responsabilidad de informar a los más pequeños de las casas, porque lo único certero es que crecerían para dirigir al país.
Por eso no vacilaba en apersonarse a las rotativas de La Nación, aunque fueran las 2 de la madrugada, para cerciorarse de que todo estuviera bajo control. El trabajo le exigía pasión, pero también sacrificios a aquella madre y esposa joven dispuesta a detener la impresión de miles de ejemplares cuando descubría, de reojo, un error.
“En la revista teníamos un doble reto: teníamos que ser lúdicos y entretenidos, y teníamos que ser la revista que el chiquillo pidiera en vez de un pedazo de pizza o en lugar de tenis, pero útil, porque si el padre no encontraba en la revista utilidad, no la compraba. Entonces nosotros le incluíamos material didáctico que sirviera para hacer las tareas, que tuviera cosas recortables, material realmente importante”, afirma.
Hoy, Ana Coralia se siente orgullosa de haber sido una semilla de cultura, literatura e información para los niños, los padres y los maestros de una Costa Rica en la que el narcotráfico y la inseguridad ciudadana no ocupaban el centro de las preocupaciones cotidianas. En su lugar, recuerda, planeaba los temas de Tambor para una ciudadanía que, al igual que hoy, aspiraba a ser más tecnológica y moderna.
Y colorín colorado, aunque han pasado algunos años desde que este periódico dejó de publicar Tambor y Zurquí, la dicha es que el cuento de Ana Coralia no ha acabado.
Este texto es parte del especial por los 80 años del periódico La Nación. Puede leer los demás artículos https://www.nacion.com/search/?q=80+a%C3%B1os+de+La+Naci%C3%B3n#gsc.tab=0&gsc.q=80%20a%C3%B1os%20de%20La%20Naci%C3%B3n&gsc.page=1.
