¿Qué tienen en común los líderes que pasan de la democracia al autoritarismo? Daniel Zovatto, analista internacional, traza las coincidencias
Más allá de ideologías, los líderes que derivan en autoritarismo comparten rasgos como la personalización del poder, el ataque a instituciones y el uso instrumental de la ley
Una de los rasgos comunes que tienen los líderes autocráticos es su desdén por la libertad de prensa y sus esfuerzos por acallar a este sector crítico y fiscalizador. Óscar Navarrete
Una de los rasgos comunes que tienen los líderes autocráticos es su desdén por la libertad de prensa y sus esfuerzos por acallar a este sector crítico y fiscalizador. (Óscar Navarrete /La Prensa (Nicaragua) para La Nación)
No existe un perfil único del líder autoritario. Tampoco hay una fórmula psicológica que permita anticipar con certeza quién terminará erosionando la democracia. La clave, advierte el analista internacional Daniel Zovatto, está en la combinación entre las inclinaciones del dirigente, las oportunidades institucionales que encuentra y la capacidad de resistencia de los demás actores del sistema.
Aun así, los líderes que llegan al poder por la vía democrática y luego derivan hacia prácticas autoritarias suelen compartir una serie de rasgos políticos —aunque no necesariamente ideológicos— que permiten identificar patrones.
Los rasgos que se repiten
Daniel Zovatto, analista internacional, esbozó las acciones que comparten los líderes electos por vías democráticas, pero que terminan en una deriva autoritaria. (IDEA/IDEA)
El primero es una concepción plebiscitaria del poder. La victoria electoral deja de entenderse como un mandato temporal sujeto a reglas y pasa a interpretarse como una autorización directa para ejecutar la voluntad del “pueblo”. Bajo esta lógica, jueces, organismos electorales, contralorías, parlamentos y medios independientes dejan de ser contrapesos legítimos y se convierten en obstáculos.
El segundo rasgo es una marcada aversión a la autonomía institucional. Estos dirigentes tienden a no tolerar que funcionarios, magistrados, periodistas o legisladores actúen con independencia. Confunden fiscalización con sabotaje e independencia con insubordinación.
En tercer lugar, aparece la personalización extrema del poder. Los partidos suelen ser débiles o subordinados al líder, y la lealtad personal sustituye la deliberación interna. La competencia profesional queda relegada frente a la fidelidad política.
El cuarto elemento es la transformación de conflictos políticos en disputas morales absolutas. El adversario deja de ser un competidor legítimo para convertirse en corrupto, antipatriótico o enemigo del pueblo.
El quinto rasgo es el pragmatismo institucional. Lejos de rechazar el marco legal, estos líderes lo utilizan de forma selectiva: respetan las reglas que los benefician, reinterpretan las que los limitan y sustituyen las instituciones que no controlan. Este uso instrumental del derecho es lo que la literatura denomina “legalismo autocrático”.
Zovatto subraya que no todos los populistas derivan en autoritarismo, ni todos los líderes autoritarios son populistas. El riesgo surge cuando la pretensión de representar exclusivamente al “verdadero pueblo” se combina con la capacidad institucional para eliminar controles.
Cuando la sociedad cede
Ese discurso suele apoyarse en promesas recurrentes: romper con la “vieja política”, restablecer el orden frente a la inseguridad o la inestabilidad, gobernar sin intermediarios y “limpiar” el Estado de corrupción o privilegios. El punto de inflexión, sin embargo, aparece cuando el dirigente se presenta como el único representante legítimo de la ciudadanía. A partir de ahí, cualquier control puede ser retratado como un ataque a la soberanía popular.
Las crisis juegan un papel clave, aunque no determinante. No generan automáticamente autoritarismo, pero sí modifican las prioridades de los votantes y reducen su tolerancia hacia procesos que perciben como lentos o ineficaces.
Una crisis económica puede erosionar la confianza en las élites; una crisis de seguridad puede llevar a aceptar restricciones de derechos a cambio de protección; los escándalos de corrupción pueden abrir espacio a liderazgos que prometen “limpiar” el sistema; y una crisis institucional prolongada puede hacer que la concentración de poder parezca una solución viable.
En ese contexto, se produce una transacción: sectores de la ciudadanía toleran vulneraciones democráticas porque priorizan la seguridad, la estabilidad económica, la identidad partidaria o la derrota del adversario. Según Zovatto, diversos estudios muestran que las personas pueden rechazar el autoritarismo en abstracto y, al mismo tiempo, justificar prácticas antidemocráticas cuando benefician a su propio bando.
El líder autoritario electo no necesariamente crea el malestar social, pero sí lo organiza, lo polariza y le asigna responsables concretos.