Opinión

Violencia criminógena

Los hechos criminales comienzan a suceder “como en las películas”

El buen salvaje fue solo una ocurrencia de Juan Jacobo Rousseau. Eros y Tánatos, los dos mellizos opuestos, habitan desde el principio la mente –y el corazón– del hombre, como lo expresa la Biblia con la historia de Caín y Abel. La narración que hace Claude Levi Strauss de las costumbres de los yanomanis, perdidos en lo más remoto y aislado del Amazonas, es ilustrativa: sin ninguna de las ayudas con que la industria del entretenimiento actual fomenta el homicidio y el crimen, son perfectamente criminales, y su principal ocupación es perseguirse unos a los otros. Y, sin ir muy lejos, tal como lo atestiguan las figuras de piedra precolombinas en el Museo Nacional, los habitantes de Costa Rica en esa época se entretenían, no con inocentes juegos de futbol como ahora, sino en perseguir al vecino para cortarle la cabeza y colgarla luego de adorno al cinto.

De modo que no pretendemos que la violencia omnipresente en la televisión, el cine, los juegos de video y otros entretenimientos para los niños crea de la nada la violencia con que se manifiesta cada vez más la actividad criminal, sino que, como múltiples estudios lo demuestran, erosiona y suelta los frenos con que trabajosamente la cultura ha venido aherrojando esta fuerza primordial.

Jugar con fuego. Este es el gran pecado que cometen quienes contribuyen tan eficazmente a soltarle los frenos a la bestia que anida en la naturaleza humana, y cuyas manifestaciones terribles, por motivos a veces frívolos o sin sentido aparecen, ya con frecuencia alarmante, en las noticias.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌