Opinión

Televisión y radio

El lucro en toda su desnudez y violencia

Está en el tapete el régimen de la televisión y la radio. La circunstancia de que su medio de transmisión –el espectro electromagnético– sea titularidad del Estado según lo declara la Constitución, por lo que solo se puede utilizar mediante una concesión, por naturaleza condicionada a los fines públicos correspondientes, implica que su uso por particulares se considera un instrumento para alcanzar los valores y fines superiores de la colectividad. Porque la Constitución, como regla de la sociedad políticamente organizada, es un cuerpo de normas que se explican unas por otras en función del sistema que forman, de modo que una norma no se puede entender aisladamente, o en forma contraria al propósito del conjunto. Tales fines superiores no son los del Estado como organización –dinero, conveniencia para esta o sus funcionarios– sino la consecución y garantía de los derechos básicos para los ciudadanos, que en el caso son los de la comunicación de las noticias y las ideas, libre opinión y cultura.

De modo que el criterio para la adjudicación de las concesiones o licencias no puede ser el de quien pague más, porque la finalidad no es fiscal ni económica, sino el de quien asegure y garantice mejor la consecución de aquellos fines del ordenamiento, cuya determinación y condiciones han de quedar especificadas en las correspondientes cláusulas de la concesión.

Razón y emoción. Particularmente importante es lo anterior en el caso de la televisión, por tres clases de razones: 1) porque, a diferencia de la palabra, caso de la radio, que se dirige a la razón, la imagen apela directamente a la emoción, lo que le confiere a la televisión un poderoso poder de manipulación y condicionamiento; 2) porque las frecuencias usuales en televisión apenas pasan de la docena, lo que permite el control monopolístico por unos pocos, y esto no ocurre en la radio, puesto que hay muchas más frecuencias; 3) porque el sistema actual, muy defectuoso, ha funcionado, no obstante, razonablemente bien en el caso de la radio, no así en el de la televisión, precisamente por ausencia de esa determinación.

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