El huracán César causó serios daños en la zona sur después de 26 horas de lluvias ininterrumpidas. No es la primera vez que se producen inundaciones en esa región del país, estos fenómenos tienen carácter cíclico y todo parece indicar aún no hemos llegado a la cresta del ciclo actual, que algunos estiman en cincuenta años. En 1955, año récord por el nivel alcanzado por el desborde de los ríos en la zona sur, las lluvias duraron casi setenta horas. Solo que en aquel entonces esa región del país aún estaba cubierta de bosques que retenían el agua y además... los suelos. Los centros de población eran pocos, con gran cantidad de espacios libres y no había necesidad de construir en la orilla de los ríos más peligrosos.
¿Qué sucederá ahora si se repite un temporal de esa intensidad? No es difícil imaginárselo. Es más, en base al "Atlas de amenazas naturales de Costa Rica" se puede ubicar las zonas vulnerables y sobre esta base hacer una estimación gruesa sobre los posibles daños e incluso el número de víctimas, según las horas y condiciones en que se produzca el evento.
¿Debemos permanecer impasibles y esperar a que esto suceda, como algo inevitable, para ir a repartir una ayuda siempre insuficiente, o podemos hacer algo para prevenir y mitigar un desastre de tal magnitud?
En el capítulo 4 de "El Estado de la nación" de 1995, publicación hecha por CONARE-DEFENSORIA y PNUD, se dedica un subcapítulo al tema de los desastres bajo el título "La evaluación de los riesgos de desastres es aún incompleta" donde se afirma "En los procesos de preparación, elaboración de planes de contingencia, prevención, recuperación y desarrollo de actitudes y capacidad de respuesta de la población, se ha trabajado muy poco... En relación con lo anterior, es verdaderamente relevador el hecho de que aún no se ha preparado un plan de capacitación a nivel comunal, institucional y político, que oriente a la población frente a todas las situaciones analizadas." Observando estas mismas limitaciones, hace cinco años, después del terremoto de Limón y del huracán Juana, la Escuela de Planificación y OVSICORI de la Universidad Nacional, elaboraron un proyecto, conocido por sus siglas como TOR, para capacitar y organizar a las comunidades para prevenir y mitigar los desastres.
Este proyecto cuyo monto se estimó entonces de 137 millones de colones, fue presentado a la Comisión Nacional de Emergencia y después de ser ajustado con los técnicos de esa Institución, se preparó para ser puesto en marcha. Se condicionó, entonces, su puesta en marcha a la consecución de financiamiento exterior. Los suecos estuvieron interesados en financiarlo si era un proyecto centroamericano. Se elaboró para cumplir con este requisito, un proyecto a ese nivel y se presentó. Lamentablemente el organismo regional que debía decidir, tenía que escoger, por su monto, entre ese proyecto y otra serie de proyectos menores con intereses creados y hasta ahí llegó la cosa.
En la tesis de licenciatura en planificación de Epifania Blanco y Maribel Valenciano titulada "Análisis del Sistema de Planificación para la Atención de Desastres Naturales" defendida frente a un tribunal integrado, entre otros, por el ingeniero Jorge Manuel Dengo, se sostiene que el sistema nacional de emergencias, si bien tiene un grado de desarrollo importante en su parte técnica e institucional, se encuentra incompleto por no haber integrado a las comunidades que son su base. Esta limitación lo hace vulnerable frente a un desastre de gran magnitud que afecte centros poblados importantes, sobrepasando la capacidad de respuesta institucional. Como se puede apreciar, en este caso, la intelectualidad costarricense ha venido estudiando y preparando respuestas frente a este problema, a la que la clase política no ha sabido responder.
Es necesario desarrollar a la mayor brevedad posible los estudios de vulnerabilidad de la población humana, de la infraestructura y de la estructura económica de las regiones amenazadas, por parte del gobierno y asignar recursos de FODESAF para las tareas de prevención. Pero como el mejor estudio, si bien puede informar y alertar, no garantiza la capacidad de respuesta en terreno, es preciso integrar al sistema a las comunidades organizadas.
Entregarles la información existente sobre su región y brindarles la capacitación en organización y planificación estratégica, para que elaboren sus propios planes de prevención y mitigación. Ofrecerles, al mismo tiempo, los recursos y el apoyo institucional, para que de manera oportuna puedan prepararse y, si es del caso, a trasladar sus comunidades a lugar seguro.
El proyecto TOR, o cualquier otra opción mejor, si la hay, basada en la organización y en la planificación participativa de las comunidades, son una necesidad impostergable, cuya puesta en marcha no puede esperar en un país con el nivel de riesgos que tiene el nuestro.
No tengo razones para dudar de la sinceridad de los funcionarios y gobernantes, que conmovidos por las secuelas humanas y económicas de los desastres, han corrido a repartir ayuda y a ofrecer socorro frente a las cámaras de televisión, pero estaré convencido de que esa actitud es producto de la nobleza de espíritu y de una convicción profunda, cuando tomen las decisiones necesarias para prevenir y mitigar los desastres, que ahorren pérdidas y sufrimientos innecesarios a la población.