Don Rigoberto Stewart, estimado libertario de quien aprecio su franqueza y espíritu de lucha -necesarios para una buena discusión- me califica de "liberticida, esclavizador, manipulador, etc." ("¡Cuidado con los liberticidas!", pág. 15 del 29 de nov. 96), por hacer la diferencia entre el pensamiento y la manipulación comercial de los instintos, al efecto de pedir la censura de los espectáculos públicos en la forma en que lo prevé actualmente la ley.
El fundamentalismo que exhibe don Rigoberto lo lleva a absolutizar los derechos y a olvidar que no existen aisladamente, sino en una relación orgánica u holística con los derechos de los demás y con los deberes, en que cada elemento no existe por sí mismo, sino como parte de un todo que debe ser armonioso. E igualmente, a dejar de pensar y cuestionar los hechos y la realidad, en búsqueda de la verdad, que es la actitud racional, para reaccionar en su lugar en forma dogmática, con reflejos condicionados -como las tropas de choque- frente a ciertas palabras que simbolizan los demonios de ese estrecho universo. Una de ellas es "censura", a la que se atribuye el sentido político y el contexto del siglo XVIII, pese a que la realidad ahora es otra, y que los enemigos de la libertad disparan desde otras posiciones.
Me inscribo en el campo de los libertarios racionales, que quieren que el Estado salga de lo que no le corresponde, y que piden la libertad de mercado, pero para las cosas del mercado: los chayotes, las camisas, las escobas, y demás cosas que por estar en el comercio son susceptibles de precio. No para los valores y la condición humana, que tienen valor, pero no precio. Llevados por su error, no obstante, los libertarios absolutos piden libertad para los prostíbulos, las cantinas, las drogas, y para degradar a la población y crear un problema de seguridad, con el comercio de la violencia y el sexo en los espectáculos como mecanismos para atraer multitudes. Defendiendo la libertad no se puede abandonar la razón.
Por eso, creo que se debe diferenciar entre la libertad de pensamiento y de espectáculo, por la misma razón que no se deben confundir las tragedias de Esquilo o de Shakespeare, con el circo romano. Y por eso creo que los valores deben ser el resultado de los principios superiores que presiden la organización social, con la superación intelectual y moral del grupo, y no el subproducto de procesos productivos -como creía Marx, al igual que extremistas de signo contrario como don Rigoberto- o de subastas al mejor postor.
Escribiendo sobre las paradojas de la democracia, Karl Popper, el ilustre ideólogo del pensamiento liberal, autor de La sociedad abierta y sus enemigos, y de las corrientes más aceptadas en teoría del conocimiento, decía que "tenemos necesidad de libertad" para "impedirle al Estado que abuse de su poder, y tenemos necesidad del Estado para impedir que la libertad no lleve a abusos". "Lo que es un problema que, ni puede ser resuelto en abstracto, ni en teoría por las leyes. Es necesario para eso una corte constitucional, y sobre todo de buena voluntad" (La lecon de ce siécle, p.112, Ed. Anatolia, París). Y contemplando el panorama de la degradación de la televisión por el lucro fácil, que la ha convertido en industria del entrenimiento y de convocatoria de masas para vender, en manos de tecnócratas sin escrúpulos morales ni culturales, Popper se lamentaba de que "la violencia, el sexo, el sensacionalismo, son los medios a que los productores de televisión recurren más fácilmente: es una receta segura, siempre apta para seducir al público", porque la democracia no consiste en degradar a todos a un nivel común, sino "de ofrecer a todos las posibilidades mejores y las mejores oportunidades". Y que, pese a que "la civilización consiste esencialmente en reducir la violencia", "la televisión la produce y siembra en los niños, que dependen de su entorno para formar su visión del mundo, semillas de violencia".
Ante esta situación, que califica de un "peligro para la democracia", Popper propone la regulación de la televisión por una especie de colegio profesional integrado por todos los que trabajan en ella, porque "la televisión ha llegado a tener un poder colosal, al extremo de que se puede decir que potencialmente es el más importante de todos, como si hubiera reemplazado la voz de Dios. Y así será en tanto que continuemos soportando sus abusos. La televisión ha adquirido un poder que afecta el seno mismo de la democracia, por lo que ninguna democracia podrá sobrevivir si no pone fin a este poder todopoderoso" (La télévisión, un danger pour la démocratie, Ed. Anatolia, París, 1994). Porque la esencia de la democracia consiste en someter todo poder a control.
Ciertamente que Popper no propone la censura de la televisión en la forma dicha por mí, pero sí su regulación, y por tanto "que nos cuiden", con lo que, según don Rigoberto, también sería un "liberticida, manipulador y esclavizador". Las denuncias del ilustre filósofo, humanista y defensor de la libertad son más graves -y autorizadas- que las mías. Ante la realidad de el autocontrol propuesto por Popper (el Código de Etica de la televisión americana, nunca aplicado, sería el mejor reglamento de la censura), no queda más que pedir esta.
La censura sólo puede recaer sobre los aspectos prohibidos, según la Constitución, la Ley y la Convención, los que nada tienen que ver con la libertad de pensamiento, que no es afectada y se mantiene incólume, según lo he explicado en artículos anteriores. No es algo deseable sino impuesto por la gravedad de los abusos, imposibles de parar de otra manera. En tanto que poder importante de regulación debe estar cuidadosamente regulado por ley, y ofrecer garantías suficientes de defensa y control para los afectados.
No solo en esto, sino en otras cosas, a veces no queda más que optar entre dos males, y el peor es del de los efectos del libertinaje actual. Luego de la importante discusión promovida por la ANFE sobre este tema en los salones de La Nación, hubo acuerdo general en que la censura previa procede para limitar el acceso a menores, en la forma prevista por la Convención Americana de Derechos Humanos. De modo que don Rigoberto se quedó sólo con sus condenas "liberticidas". En lo que difiero es que también cabe para mayores, en casos extremos de consecuencias socialmente dañosas, como espectáculos de pedofilia, de promoción del odio, de la guerra, del terrorismo, todo lo cual está prohibido en la citada Convención, y no puede ser calificado de liberticida porque no corresponde al ámbito de la libertad.