El pensamiento de la clase política que lamentablemente rige a Costa Rica, dentro o fuera del Gobierno, es plano y simplón. En él no existen longitudes, solo extremos; ni matices, solo dos colores o su ausencia; ni profundidad, solo dimensión plana, sin diferencias ni cambios. La originalidad y la creación se prohíben y se sancionan como peligrosas desviaciones. Los hechos deben adaptarse a las ideas, no estas a aquellos, como indica el sentido común, que por eso fue expulsado y sustituido en el discurso público por imágenes de propaganda, ante las que se inclinan reverentes los electores. Estos, cual víctimas de un conjuro, dejan que sus mentes sean habitadas por esas criaturas virtuales, que sustituyen al pensamiento propio y la realidad.
Tales ideas se toman y deforman de las que, por inercia y reflujo, llegan a nuestras costas mentales. Si son de origen liberal, el proceso deformador las transforma en fetiches reduccionistas que avergonzarían a Adam Smith, para quien las reglas del mercado se aplican solo a las cosas del mercado. Por eso, a la par de La riqueza de las naciones, escribió La teoría de los sentimientos morales , para buscar las reglas que rigen lo que, por no ser mercadería, no corresponde al mercado y sus reglas, a la que sus seguidores infieles, no obstante, lo mandan.
Falsos engendros. Karl Popper, lúcido y comprometido con la razón y la verdad hasta el fin de sus días, denunciaría, de estar vivo, la falsedad de esos engendros con la fuerza de un profeta bíblico. Porque se presentan como pensamiento liberal, dogmas y prejuicios que reducen el universo de las necesidades y valores humanos a unas cuantas recetas mágicas, a partir de las cuales supuestamente todo se arreglará. ¡Invocad el equilibrio presupuestario, la venta de activos del Estado, la concesión de obra pública; remitid todas las cosas y valores al mercado, que se arreglarán por sí solas, y todo lo demás se os dará por añadidura. Tal es la fe, no creída en ninguna otra parte, que mueve los corazones y las voluntades en esta parte del espectro político.
Si se originan en el pensamiento social o de izquierda, la transformación es igualmente deformante. La libertad y la responsabilidad personal no existen, fuera de la tutela sofocante del Estado. Todo requiere permiso, nada se puede hacer, pero tampoco existe responsabilidad para los que dirigen. La intervención, pensada originalmente contra los abusos, se convierte en la raíz de todo. Tras otros fetiches como "el pobre", "el trabajador" se oculta la voracidad de los que explotan y dirigen el Estado, y detrás de esa fachada está el monstruo burocrático el "ogro filantrópico" que ahoga el desarrollo. Tampoco valen aquí la razón y la realidad: a estos prejuicios ideáticos debe acomodarse todo, porque está prohibido pensar, crear e innovar. En la búsqueda del absoluto defecto común que ya señalara Popper los dos extremos caen en la misma trampa y no pueden aceptar que la realidad se escape de sus esquemas.
Manipulación interesada. Validos de que la sociedad de masas, que nació de las transformaciones políticas y sociales del siglo pasado, aún no ha consolidado cuerpos pensantes y mecanismos intermedios, la clase política manipula interesadamente la voluntad de las masas, con lugares comunes e imágenes de la publicidad y el mercadeo, para llevarla adonde le conviene. Por eso, la invasión de los partidos por quienes solo tienen voluntad de poder y tener y tampoco piensan, por lo que permiten su saqueo ideológico valientemente denunciada por don Alberto Cañas, es rechazada por don Rolando Araya, representante epónimo del sistema. Don Rolando califica de "disparates" lo que dijo don Alberto y lo acusa de "elitista", etiqueta muy gastada en estos casos. Se olvida, para eso, de todo lo que ha dicho en televisión sobre la "sociedad del conocimiento", como la vía que recomienda para el desarrollo del país. ¿Por qué su receta no vale como lo pide acertadamente don Alberto para la legislación y el gobierno, que es lo que requiere más conocimiento y sabiduría. ¿Por qué? Porque la irresoluble incongruencia y contradicción, entre ambas posiciones de don Rolando, no es lógica, sino consecuencia del interés de la clase política a la que responde. Pero ese interés está en colisión frontal con el del país.