De acuerdo con una encuesta de Unimer en marzo del 2001, el 96,7 por ciento de los ciudadanos quería mayor participación política, lo que hacía evidente la necesidad de las reformas electorales, planteadas con ese propósito por el Tribunal Supremo de Elecciones.
Ese sentir popular surge de la necesidad de intervenir en las cosas públicas para que funcionen, en vista del fracaso de la clase política. Fracaso que el electorado ya percibe como peligroso porque la acumulación de problemas sin resolver amenaza la organización y el tejido sociales.
Asimismo, un alto porcentaje manifestó que los cambios deben provenir del mismo pueblo porque ya no confía en los partidos. El pueblo sigue, no obstante y por ahora apoyando el sistema, aunque censure a los partidos tradicionales porque cree que el sistema institucional puede superar su ineficacia. Por eso pide cambios para que el sistema tenga oportunidad de sobrevivir. Negados oportunamente por los partidos prevalecientes en la Asamblea Legislativa, ha significado la firma de su acta de defunción.
Sin embargo, para que la participación deseada sea efectiva, se requiere además una mayor información sobre los asuntos públicos para que se pueda establecer la verdad con criterios propios y no depender de la propaganda, o de lo que dicen los funcionarios, primeros a los que se debe juzgar.
El poder del pueblo. Dicha mayor participación la percibe como necesidad el pueblo costarricense porque su educación política, aunque insuficiente en la medida en que se necesita, le permite entender que el pueblo debe ser el amo de los políticos, y no al revés, como pretenden estos.
Dicha educación debe desarrollarse mucho si queremos evitar los riesgos que afronta la democracia en toda América Latina. Porque el hombre común en la sociedad de masas actual debe asumir gran parte de la responsabilidad que antes competía a las élites tradicionales; y las nuevas y los grupos intermedios de opinión necesitan suficientes espacios públicos de discusión. El paso a un equilibrio político en la sociedad de masas requiere, por eso, la educación política generalizada para que el pueblo entienda adecuadamente los asuntos públicos y asuma sin ser manejado los instrumentos del gobierno.
Dicha educación específica y la vigencia de que el poder reside en el pueblo son esenciales. No basta la educación general. Pueblos muy educados caso de la Alemania nazi cayeron en la barbarie política y en el totalitarismo por ausencia de ellos. Por ejemplo, resulta inimaginable que un Adolfo Hitler hubiese podido hacer lo mismo en Inglaterra, nación a la que le sobran tales condiciones. Ahí no hubiese pasado de ser un ideático inofensivo en Hyde Park.
En ausencia de tales condiciones, las masas latinoamericanas caen ante los cantos de sirena de los demagogos como Chávez, Alan García y Fujimori.
La educación política debe provenir, por una parte, de la educación general y, por la otra, de la vivencia y la práctica. Pero esto requiere también espacios apropiados en los medios de comunicación de masas, que son su foro natural. Lo que sería también un éxito económico, además de político. Porque, como lo refleja la encuesta citada, hay una inmensa demanda insatisfecha de información y participación políticas. Si el secreto de la publicidad es congregar multitudes para vender, ese gran foro por que clama el pueblo para su salud política, de sobra se autofinanciaría con la publicidad.