La televisión nos presenta todos los días un panorama desolador de Haití. El Estado y el sistema comercial, colapsados por la magnitud del desastre, envían una fuerte ayuda internacional que no llega a la población a pesar de un destacamento de casi tres mil soldados de la ONU y diez mil soldados norteamericanos.
La situación, por su magnitud no es fácil de resolver, pero podría mitigarse considerablemente si se transfiere la ayuda internacional en alimentos y ropa a las comunidades barriales y cooperativas organizadas o dispuestas a organizarse, utilizando la ayuda como “capital semilla”.
Se trata de creer en la capacidad de gente de resolver sus problemas locales y darles lo recursos para hacerlo. Pienso que es la única salida a un desastre de esa magnitud; de otra forma, el proceso será más lento y costoso, políticamente peligroso y, lo que es peor, se habrá perdido una gran oportunidad de generación de comunidad cívica y capital social, tan necesario en ese país de estructuras autoritarias producto de las dictaduras y ocupaciones externas.
Pensar que la solución vendrá de fuera es, además de irreal, producto de una mentalidad soberbia que le resta capacidad a los nativos por pobres de resolver sus problemas.
Capacitación masiva. Mi propuesta se basa en la experiencia que ha tenido la metodología de capacitación masiva, especializada en organización, tanto en los asentamientos de reforma agraria en Honduras en 1974, cuando el huracán Fifí , como en República Dominicana en 1979 después de los huracanes David y Federico .
En este último lugar me tocó participar conjuntamente con el ingeniero Hernán Mora Corrales en la región de Limón del Yuna, un asentamiento del Instituto Agrario Dominicano del tamaño de Parrita y Quepos, que había sido devastado por los huracanes y cuyos canales de desagüe habían quedado bloqueados, llenos de troncos y animales muertos .
El trabajo nuestro fue patrocinado por el programa PRACCA del IICA, de acuerdo con la UNA, y promovido activamente por el director del Instituto Agrario Dominicano en aquel entonces el ingeniero Frank Rodríguez, funcionario de gran visión y fe en las capacidades de su pueblo.
Se llamó a la comunidad a un Laboratorio Organizacional al que llegaron más de trescientas personas; ahí, una vez organizado, se le entregó a la Junta Directiva el manejo de la ayuda alimentaria internacional como capital semilla que sería entregado en primer lugar a los ancianos y heridos, pero cuya segunda entrega estaría condicionada a quienes podían trabajar al aporte en las tareas establecidas por la empresa organizada por el Laboratorio.
De tal manera, al mismo tiempo que la gente resolvía sus necesidades inmediatas y se capacitaba en organización los alimentos y ayuda, servían para despejar vías, reparar puentes y otras tareas prioritarias.
Poco después el IAD sacó una licitación para limpiar los canales de drenaje, la mejor oferta la presentó la empresa organizada por el Laboratorio y esto les permitió crecer, llegaron más de tres mil personas a solicitar ingreso, y transformarse en una cooperativa de servicios múltiples que funcionó durante más de 25 años elevando el nivel de ingreso de los agricultores locales.
Replicar experiencia. ¿Puede hacerse lo mismo en Haití? Pienso que sí, aunque por la magnitud del evento deba limitarse en cuanto a una parte de la población.
¿Qué lecciones debemos sacar de esta experiencia? Que nuestro país, aunque tenga mejores condiciones institucionales, no ha preparado en organización a su población para un desastre en zonas de alta densidad de población y es mejor que empiece cuanto antes a hacerlo.