El 27 de agosto, en La Nación , don Carlos A. Montaner sale con el artículo "¡Es la cultura, estúpido!". Ahí afirma que el problema del subdesarrollo latinoamericano radica en la cultura de la tolerancia hacia la mentira. Esta tolerancia, según Montaner, es lo que genera un estado de desconfianza generalizado, que inhibe el desarrollo del clima de confianza requerido por las economías.
Aunque estoy de acuerdo que sin clima de confianza y tolerancia no hay desarrollo, no solo económico sino tampoco social, político y cultural, difiero de Montaner en cuanto a las causas del atraso y en su interpretación de Max Weber. Si el problema de Latinoamérica estuviese determinado por la cultura, como él afirma, estaríamos ante una situación desesperada. O encontramos pronto un método para cambiarla, si es que existe tal poción mágica, o estaríamos condenados a seguir perdiendo posiciones en el desarrollo mundial. Pero pienso que el problema es más complejo y tiene carácter sistémico, donde las relaciones de poder cumplen un papel relevante. Aunque Weber le dio la gran importancia al papel de la cultura, no afirmó que su papel fuera determinante y, si así hubiera sido, el desarrollo reciente de países católicos como España, Italia o Irlanda (este último país supera a Inglaterra) serían una refutación de sus tesis.
Sin rendición de cuentas. Hay que buscar los orígenes de la desconfianza en las relaciones de poder internas y en nuestros sistemas de gobierno presidencialistas que, a diferencia del norteamericano o de los regímenes parlamentarios, carecen de mecanismos operativos de rendición de cuentas. Mientras que en Latinoamérica el parlamento ejerce solo un control formal sobre el poder Ejecutivo, que hace y deshace casi a su antojo, en los sistemas parlamentarios existe control sobre los programas, e incluso se destituye a los ministros en caso de incumplimiento. Esta diferencia no es gratuita, tiene raíces históricas importantes.
Mientras que en los orígenes de los Estados Unidos una masa de pequeños y medianos empresarios creaban instituciones locales y nacionales democráticas, para resolver sus problemas, en Latinoamérica, donde predominaba la servidumbre y la esclavitud, se creaban instituciones verticales sometidas al poder central. Mientras el trabajo creativo se convertía en una virtud en las 13 primeras colonias norteamericanas, en Latinoamérica era una maldición para los esclavos y un deshonor para los señores. No es por casualidad que El negrito del Batey podría ser considerado como el himno colonial de Latinoamérica. En nuestra América el privilegio y el lobby político, y recientemente el narcotráfico y el llamado capitalismo de casino, han canalizado por caminos desviados la iniciativa y creatividad, nada pequeña por cierto. Estas diferencias históricas y no el hecho de ser países católicos y no protestantes, no tener los ojos azules o hablar inglés han contribuido a definir nuestra realidad actual.
Foco de abuso y corrupción. La cultura cívica, como todos los valores, se genera en la práctica social. Ha sido la práctica institucional y política sin control la que ha contribuido substantivamente a crear la corrupción y la desconfianza. Mientras que para los norteamericanos el poder local era su empresa colectiva, a quienes piden cuentas y pueden destituir, para los latinos ha sido un foco de abuso y corrupción y, en el mejor de los casos, el sitio donde deben renunciar, de hecho, a su ciudadanía cívica.
Por eso la nueva cultura no puede construirse con sermones o discursos, debe generarse en una nueva práctica institucional y ciudadana que estimule la autoorganización ciudadana y empresarial. Implica revisar nuestra institucionalidad, mirar hacia adentro críticamente, más allá de los clichés políticos tradicionales, por instaurar la rendición de cuentas y sistemas de elección transparentes y directos, por descentralizar el Estado, dentro de políticas congruentes. Desde luego que esto conlleva transformar la cultura clientelista de la corrupción y del capitalismo de casino, pero esto no se producirá en un retiro espiritual de la clase política, sino por la actividad organizada de un nuevo tipo de empresario creativo y de las comunidades, que asuman el liderazgo y generen espacios para la transformación nacional. En otras palabras, el problema del subdesarrollo no reside en taras mentales, sino en estructuras y relaciones de poder que deben ser modificadas.